“No Escribo para Vender”

Revista Qué Pasa
11 de mayo de 1996
Por: Marcelo Soto

El autor de Gracia y el forastero dice que no se explica por qué esa vieja novela ha tenido tanto éxito y habla de su nuevo libro, El humor brujo, un retrato nostálgico de los años 30.

GBlanco004Cuando estaba en el liceo, un profesor le pidió que escribiera un comentario sobre Martín Rivas, la romántica novela de Alberto Blest Gana. Guillermo Blanco, entre cuyos compañeros se encontraba José Donoso, dijo que era un libro “pésimo y aburrido”. Fue uno de sus primeros actos de rebeldía.

Hoy, a los 70 años, Blanco sigue siendo un personaje que escapa a los moldes. Su obra tiene poco que ver con la de los compañeros de su generación, como Lafourcade y el mismo Donoso. Y, a diferencia de ellos, se mantiene alejado del primer plano, pese a ser un autor de una de las novelas más exitosas de la literatura nacional.

“No es que le haga el quite a los cócteles, pero prefiero concentrarme en el trabajo literario”, dice el creador de Gracia y el forastero, novela que hace rato superó los 600.000 libros vendidos. Publicada por primera vez hace más de tres décadas, la historia de dos adolescentes que se aman al margen de las instituciones aún entusiasma a los lectores. “El año pasado se vendieron 100.000 ejemplares”, asegura.

Miembro de la Academia Chilena de la Lengua, Blanco –autor de una veintena de títulos- acaba de publicar una nueva novela, El humor brujo. (Planeta). Se trata de un nostálgico viaje por los años 30 y 40, que tiene su punto de partida en una ciudad imaginaria, San Millán, donde un grupo de idealistas funda una sociedad, el Ateneo, para luchar por las causas perdidas.

El héroe de la historia es un anarquista, Antenor Guerrero, quien desafía a la autoridad militar en un mítico conflicto conocido como Duelo del ala azul. “Hubo muchos Ateneos, pero mi Ateneo no pretende reproducir uno específico. En cambio, si hubo un Antenor real. Sucedió realmente, casi igual. El resto de los personajes los inventé”, dice el escritor.

–          ¿Cuál es el secreto del éxito de Gracia y el forastero?

–          ¡Uf, si yo lo supiera! Para mí ha sido sorpresivo, porque este libro ha ido teniendo más éxito a medida que pasa el tiempo. Cosa que es rara, porque lo que yo describo s cómo era la gente joven de mi generación y resulta que hay gente joven de esta generación que lo lee. Me sorprende. Pero los muchachos lo eligen. Probablemente es porque todavía tiene vigencia el amor.

–          ¿Es difícil encarar un libro tan exitoso? ¿No ha sentido presión por superar o, al menos, igualar su acogida?

–          No. Cuando uno escribe un libro, lo termina; o sea, es como quien dice “si subí ese peldaño…”, pero peldaño no es la palabra porque implica estar subiendo. Cerré esa etapa: cumplí los 25 años y no quiero cumplirlos de nuevo. Es un poco eso. Uno vive un libro. Ese libro ya lo viví, lo escribí y ahora ahí está. No escribo para vender. Uno escribe un libro porque lo lleva adentro y quiere contarlo. Entonces, cada libro es individual. En algún momento tuve la tentación de escribir “mi” libro importante. Un amigo me dijo: “Eso te está complicando la vida”. Tenía toda la razón.

–          En otras palabras, como ya tenía un best-seller en ese momento quiso escribir un  libro que fuera aplaudido por la crítica.

–          No, no era eso. Sino que a mí me dejara muy satisfecho. Estaba escribiendo ese libro y leyó una parte José Manuel Vergara. Y me dijo: “No te enredes, estás tratando de hacer una obra maestra. Haz el libro”. Fue un consejo muy sabio y gracias a eso lo terminé. Se llamó Camisa limpia.

–          Su nuevo libro tiene un tono de nostalgia muy fuerte.

–          Sí, siento una gran nostalgia de esa época. Me emociona ver fotos de ese tiempo. Pero es una nostalgia buena, no triste sino alegre.

–          ¿Cree que la vida era mejor entonces?

–          No. No hay épocas mejores que otras, depende mucho de cómo las viva la gente. La gente que vivió la época que describo en mi libro la vivió bien. Además, yo quise recoger de alguna manera el trabajo heroico de los profesores. De los buenos profesores.

–          ¿Por qué usó frases de Alonso de Ercilla como epígrafes de cada capítulo?

–          Todas las cosas que se cuentan en el libro son irreverentes y entonces una irreverencia más es colocar citas de La araucana en algo que no tiene nada que ver con epopeya. En el fondo es una epopeya de los que no tienen epopeya. Me entretuve mucho buscando una frase que se ajustara a lo que pasaba en cada capítulo. No era fácil. No soy tan admirador de su obra. Tiene una sonoridad fantástica. Lo hice por joder.

–          ¿Cree que hace falta idealismo de esos años?

–          Sí. Siempre hace falta y yo creo que la gente lo está echando más de menos que antes.

–          ¿Aunque ese idealismo haya desembocado en sistemas monstruosos?

–          Eso es lo que pasa cuando exageran las cosas. Los griegos tenían una teoría muy bonita que decía “nada en exceso”. A este país se le pasó la mano. Empiezo por mí. Fuimos muy intransigentes. Todo el período anterior al golpe militar, diría por lo menos diez años antes. Era un clima de locura.

–          ¿Por qué decidió convertirse en escritor?

–          Uno se va metiendo de a poco, Es lo mismo que preguntarle a alguien por qué decidió ser alcohólico: “Empecé tomando un traguito y después tomé otro poco y me fue gustando”. Recibí influencias muy claras de algunos profesores, de mis padres. En mi casa no se vía como un desastre que alguien se dedicara a escribir. Al contrario, era bien mirado.

–          ¿Se siente parte de la generación del 50?

–          Yo sé que estoy ahí. Pero esto no es como quien se inscribe en un club. Tengo la edad que tienen los otros, la misma que Lafourcade, que Arteche, dos años menos que Donoso. Bueno y así… pero no era como una escuela literaria. En términos personales, sí hay una cercanía: soy amigo de varios de ellos, con Pepe fuimos compañeros de curso. Lafourcade tiene una faceta que se conoce poco: es muy amigo de los escritores.

–          ¿Y el fallecido Jorge Teillier?

–          No éramos muy amigos, pero nos simpatizábamos. La útlima vez que lo vi, en un cóctel, me acerqué a saludarlo y le dije: “¿Cómo estás, Jorge?”. “Bien. Mejor ahora por estar contigo”. No lo cuento por vanagloriarme, él tenía la finura de decir cosas así. Bueno, era un poeta.

–          Ud. es profesor y por eso tiene bastante contacto con los jóvenes. ¿Cree que son apáticos?

–          Para nada. A mí me indigna esa visión de la juventud. Tengo una estupenda opinión de lo que es la generación actual. Y no en el aire: dicen que la gente joven no lee. Bueno, y ¿cómo diablos escriben tan bien? Lo veo en los trabajos de mis alumnos. Eso no puede salir de gente que no ha leído; a lo mejor han leído poco pero han leído bien. Después, que no tienen ideales. Mentira: ellos tienen ideales. Lo que pasa es que no se encasillan en ninguno de los casilleros que nosotros queremos ponerles. Pero eso es problema nuestro, no de ellos. Que son apáticos, eso es absurdo, son lo menos apáticos que hay. Yo le pedí una vez a un curso que escribiera sobre la magia en la vida diaria y nadie me preguntó “¿qué es eso?”. Son macanudos: captaron altiro lo que estaba pidiendo.

–          Como miembro de la Academia Chilena de la Lengua, ¿cuál es su opinión del español que se usa en el país?

–          A ver yo no lo diría como miembro… tengo una visión muy crítica de cómo se habla, pero no en la misma línea en que suele ir esta gente. Por ejemplo: me molesta mucho que alguien diga sofisticado cuando quiere decir complejo. Sofisticado es malintencionado, chueco. Me molesta, no porque no sea como se dice en el diccionario sino porque estamos repitiendo un error que cometen los estadounidenses. Ellos dicen sophisticated. Porque no saben que su origen es griego: sofisma. A mucha gente le choca la falta de corrección, pero la obligación nuestra no es hablar como españoles. A lo mejor estamos inventando un idioma nuevo. El otro día me tocó escuchar a un periodista: “ayer en Concepción logró ser capturado un delincuente”. O sea, el ladrón iba siguiendo a los policías para que lo capturaran. Eso me molesta más que la genta no diga la s final.

–          ¿Hablan mal los jóvenes?

–          El idioma se crea. Hay expresiones que van a quedar y otras van a pasar, Hay expresiones que yo no las eliminaría por ningún motivo y voy a poner dos ejemplos. Fome, una palabra que se inventó aquí en Chile, y que yo diría debería usarse en todo el mundo de habla hispana. No hay palabra más fome que fome. La otra es altiro. Es una expresión lo más gráfica que hay y no viene de afuera, viene de aquí. Cada chileno que iba a España a estudiar, comprobaba que al cabo de unos días estaban todos diciendo altiro en vez de decir de inmediato.

–          ¿Cuál es el estado de la literatura chilena?

–          Hay gente que está escribiendo y eso no pasa en vano. Luego hay una selección natural que termina por producir pequeñas costumbres y pequeñas quebradas. Neruda es la cumbre de la pirámide, pero para que exista Neruda hay mucha gente debajo. Me ha tocado participar en varios concursos y el nivel medio es muy bueno. Nunca me ha tocado decir: “démosle el premio a este” por dárselo a alguien. Más bien me ha tocado al revés: “Pucha, qué ganas de dárselo a dos”.

–          Pronto se dará el Premio Nacional, ¿tiene un candidato?

–          Varios, pero prefiero no nombrar. Uno que habría estado muy bien es Teillier.

–          ¿Cree que se lo debieron de haber dado antes?

–          Sí. Jorge es uno de esos poetas que uno cree que no van a pasar. Hay otros que pasan.

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