Un tímido que teme exponerse

El Mercurio
Revista de Libros
26 de noviembre de 1989
Por: Ana María Larraín

Con la misma sensibilidad de siempre, pero quizás con renovada firmeza, Guillermo Blanco (63, casado, 5 hijos) aborda, tras el espinudo tema de la Inquisición, un asunto para él intransable: el de la libertad humana o, como prefiere decir “en cristiano”, el del libre albedrío («Camisa Limpia», Edit. Pehuén, Stgo., 1989)

GBlanco004Su voz entrecortada y afable va llenando de sentido la mañana primaveral. Afuera cantan los pájaros y él detiene su charla para escucharlos. Algo parece cantar también en el interior de este hombre íntegro, que no teme reconocer sus debilidades, pero que evita detectarlas en los otros. Porque la vida, insiste, no es negra ni es blanca.

Conocido por la trasparencia de su estilo y por la afanosa búsqueda de la verdad en su escritura, su última novela habla serenamente de éstos, sus dos primordiales afanes.

“Siempre me ha fascinado el poder infinito de la palabra”.

Usted trata en su reciente novela, Camisa Limpia, de la persecución religiosa de los judíos a manos de la Inquisición. ¿Hay algún interés “racial” en el tema? Pienso que Blanco puede ser un apellido judío…

(Asintiendo) Efectivamente. Y también es judío el apellido Medina, que llevo por parte de mi abuela paterna… Pero a mí siempre me interesaron los judíos, aun antes de saber esto. Y guiado por este interés fue que descubrí, en una librería de viejo, un libro de Günter Bohm sobre los judíos en la Colonia. Allí parecía enterito el proceso que se le siguió por hereje a Francisco Núñez, personaje que me fascinó a las pocas páginas y que me llevó, finalmente, a escribir la novela.

¿En qué se basaba su fascinación, más allá de la mera “química”?

¡Ah, es que era un hombre que hacía cosas muy raras! Era dueño de una libertad fantástica: piensa que escapó de la prisión, donde estuvo 13 años, para volver libre y soberanamente a ella; descubiertos ya los poderes de la libertad interior sobre la externa, decidió permanecer en la cárcel para enseñar a los demás “la fe verdadera”.

¿Fue su manera de ser libre lo que lo llevó a seguirle la pista, entonces?

¡Claro! Era la materialización precisa de mi propio concepto de libertad, que por medio de ese acto salía mucho más enriquecido que antes. Desde el punto de vista del libro, esto puede o no ser vital, pero lo es absolutamente desde el punto de vista del autor… Con respecto a las pistas históricas, la cosa fue bien curiosa: después de ese primer libro, encontré por mera casualidad el tomo de José Toribio Medina sobre la Inquisición en Chile. Y apareció ante mis ojos el proceso que se le había seguido en Lima al padre de Francisco, por la misma causa. ¿Te das cuenta? Después, en un almuerzo me presentaron por pura coincidencia el propio Bohm, el autor del otro texto. Y él me ofreció todo su material para que yo verificara que se trataba de un caso rigurosamente histórico.

¿Hasta qué punto es la “verdad” de los hechos (p su posibilidad de tal) lo que a usted le atrae para novelar un tema?

Hasta un punto bien importante. Porque lo otro que me ha fascinado siempre es el poder inmenso de la palabra. Pero hay cosa que, además de ser verdaderas, son muy de uno. Y por eso escribir esta novela me gustó mucho: es muy mío todo lo que coloqué en ella. Por supuesto, no puedo decir si está o no bien escrita, pero sí que es ¡estupendo! lograr la anterior confluencia. Ahora… si alguien se da cuenta de esto, ¡mucho mejor todavía!

“Soy un hombre terriblemente porfiado. Si las razones ajenas no se han metido en el cuerpo ¡no le hago caso a nadie!”

¿A quién le muestra usted lo que escribe?

Mmm, yo siempre he sido muy púdico con respecto a lo que escribo… A mi señora le he mostrado las cosas, no en borrado, sino ya a máquina. Y a mis hijos… ni siquiera les di a leer mis libros; preferí que los descubrieran solos. Pero ahora último me he ido atreviendo a mostrar más lo que escribo en mi casa, ellos me ayudan a no olvidar. Con respecto a esta novela, hubo dos lectores importantes: José Manuel Vergara, escritor y editor, y Alejandro Magnet, el diplomático.

¿Es usted muy porfiado con respecto a lo suyo?

(Se ríe, con un gesto de medida elocuencia) ¡Ufff, sumamente porfiado! Si las observaciones ajenas no se me han metido en el cuerpo, no le hago caso a nadie… ¡aunque les encuentre toda la razón!

En su misma novela, a pesar de los cuatro siglos que nos separan de los hechos narrados, hay una serie de paralelos y alusiones a la actualidad…

¡Bueno! En la obra hay unos despotricamientos horribles contra la “unidad nacional” como ejemplo de opresión, y no de lo contrario. Y todo eso es parte de la experiencia personal y colectiva. Yo empecé a escribir la novela en los años 73-74, pasaba todo lo que pasaba. ¡Y eso es muy decisivo! La traspolación de experiencias y épocas surgió así en forma natural, como un resultado directo de la imaginación.

Tengo entendido que en los últimos 15 años usted no publicó nada. ¿A qué se debió su silencio? ¿Cree que fue negativo para usted?

No publiqué mientras hubo censura, y me dediqué a elaborar “el dilema de blanco” (jugando con las palabras). No sé qué es peor, si la rabia a que me rechacen o la vergüenza a que me aprueben. Y ante la duda, abstente, me dije… Pero sucede que mientras no publico, sufro un proceso de revisión. Vuelvo a pulir, a ordenar. Y eso es siempre positivo, aunque mucho más positivo aún en el caso de Camisa Limpia; justo antes de publicarla, la rescribí entera, lo que fue una suerte.

Y después de la reelaboración, ¿se dio cuenta en forma consciente de que religión y política no son aquí dos asuntos distintos, sino una sola gran lucha por la libertad?

Ahí… (con un gesto decidido) Esto es algo que mi iglesia le hizo a un señor… Además, uno de los problemas más gordos que se me presentaron fue tener que meterme en el pellejo de un hombre que creía, y que no creía en cosas en las que yo creía. Pero no fue tan difícil, porque está el factor común de la libertad. La libertad es el elemento clave y me refiero a la hermosa palabra cristiana en desuso, pero tan precisa, que es el “libre albedrío”. El problema está en dialogar con los de mi propia fe, ahora… Porque yo creo que la Inquisición es una mancha terrible en la historia de la humanidad, pero no es tan blanco y negro como la pintan. En todo caso, yo tenía que ser leal a mi personaje y concordar con él, y mirar mi propia iglesia con todos los defectos que él le encontraba. Eso fue mi gran desafío.

¿Y tuvo que ser muy cuidadoso al escribir, para no rebatir los fundamentos de su fe?

No. Yo no anduve con cuidado en eso, porque tengo mucha confianza en que lo fundamental de la fe no sufre. Incluso aprendí que esa iglesia autoritaria y triunfalista, condenatoria, fue una cuestión de época: la ley divina visita con criterios humanos. Es decir, a) no hay nada más importante que la salvación del hombre; b) a la gente que roba, mata, etc., se la condena por el daño que hace a la sociedad. Raciocinio formalmente impecable, claro; pero más daño hizo, a mi juicio, todo el aparato defensivo de la verdad, por la forma en que la defendía.

“Estamos pensando la realidad no como realidad, sino como epopeya, ¡y eso es muy peligroso!”

Truman Capote dice que un novelista “no” es sus personajes. Pero yo creo que un novelista es “también” sus personajes y concretamente lo veo a usted “sobre todo” en el protagonista.

Sí. Creo que de alguna manera o de diferentes maneras uno está, como dices, en todos los personajes. Un tiene que ponerse en el pellejo de cada uno para entenderlos… La verdad es que no creo en las descripciones externas, hechas desde afuera. Ahora… en muchos momentos me siento identificado con las rarezas de Francisco, que no sé si son reales o inventadas por mí.

¿Cuáles “rarezas” de él son suyas, por ejemplo?

Por ejemplo, él sale a recoger hierbas y de repente se echa a correr, tal como yo lo hago ¡todavía! (se ríe) cuando estoy alegre. Y esa relación humana con el perro, con los pájaros de la mañana… ¿Escuchas ése que canta afuera en el árbol? Bueno, siempre se instala a la misma hora; ya lo conozco.

¿También es suya la fuga reiterada hacia la soledad?

Fíjese que siempre he tenido cierta tendencia a la soledad. A Dios gracias, nunca la he necesitado mucho, pero… Ahora, en cuanto a ocultar cosas, sólo empecé a hacerlo durante la dictadura, para que en mi casa no se asustaran.

¿Ha sentido usted esa especie de miedo que lleva a su personaje a decir: “Soy sólo un hijo de la sombra que tampoco me atrevo a desear la luz”?

Hay una cosa que… la sensación de la propia cobardía es muy tremenda. Y eso tiene que ver con mi experiencia: recuerdo cuando iba a publicar un artículo y aparece el director de la revista a decirme que me meterían preso si lo hacía… Y yo había escrito el artículo con miedo, tenía miedo de que lo publicaran y… bueno, había hecho un esfuerzo de valentía para decir apenas el 10 por ciento de lo que realmente había que decir. Entonces… esa insuficiencia de uno es lo que a uno lo aproblema. Y creo que algunas sombras del libro tienen que ver con eso.

¿En su vida tiene contemplada la debilidad humana?

Claro, ésas son espadas de doble filo. Yo creo que las debilidades están en la raíz de los méritos, justamente. Mantener el miedo, pero esconderlo en la batalla es muy humano, ¿no? Lo otro es heroísmo. Mi personaje no es un héroe tampoco, sino un hombre.

Nunca hay héroes en su narrativa. ¿Cree que no es ésta una época para héroes?

Históricamente, el héroe era un semidiós, no un ser humano; hasta que a alguien se le ocurrió decir como metáfora que Leonidas, por ejemplo, era un héroe, y la cosa pasó a lo literario, hasta que se llegó a dividir a los hombres entre “héroes” y personajes comunes y corrientes. Con eso estamos despidiéndonos de pensar la realidad como realidad, la estamos pensando como epopeya, lo que es muy peligroso. ¡Eso sí que tiene que ver con la luz y la sombra!

Para no dejar su perfil “franciscano” a medias, también aquí, como en otras de sus obras, hay un grito de exultación ante la naturaleza: Adonai, dice Francisco, en un acto de adoración algo primitivo. ¿Hay raigambres autobiográficas en esto?

Sí, es cierto. Se trata en verdad de un acto primitivo que, en mi caso personal, fue una experiencia de adolescencia relacionada con la recuperación de mi fe, momentáneamente perdida. En algún momento, mirando los álamos y escuchando cantar los pájaros, me di cuenta que todo eso estaba a nuestro servicio, ¡qué maravilla, “adonai”! Ese fue el punto de partida, algo irracional. Y después me metí en los demás caminos, que incluyen el camino de la razón.

“No creo en la técnica ni en los recursos: las cosas deben salir espontáneamente”

En esta novela se nota un cambio perceptible en su estilo “telegráfico”, del cual se hacía uso y abuso en Dulces Chilenos (1977). ¿Hubo una recuperación consciente del periodo de frase más extenso?

Sí, en parte. Estaba escribiendo demasiado telegráficamente, parece. Pero es que tengo una manera de hablar que es como entrecortada, así es que hay algo de natural en esto. En Dulces Chilenos, particularmente, quise hacer “pesar” ciertas palabras, y para eso había que alisarlas… Sé que la crítica tenía razón, pero a mí me salió así espontáneamente. Y yo no creo ni en la técnica ni en los recursos; para mí escribir es un acto de amor. Cuando un muchacho quiere declararle su amor a una muchacha, no caben las técnicas, sino sólo un “te quiero”. Ahora… ¡claro! Se supone que si llevo 18 años “hablando”, no ha sido para aprender a decir eso, no más (se ríe).

Si Buffon tuviera razón y el estilo fuera el hombre, entonces lo que habría detrás de su laconismo sería… ¿la timidez?

(Pensando)… Nunca me lo había planteado, pero… sí, creo que por ahí va la cosa. Una reticencia a decirlo todo, por temor a… exponerme. De las pesadillas terribles que he tenido en este último tiempo –y ha sido un periodo de muchas pesadillas- está una en la que me veo en pijama en la calle (se ríe). ¡Es… terrible! Cuando una tiene un temperamento como el mío, hay una frontera de pudor de lo que uno siente, piensa… Yo no podría escribir confesiones a lo Rousseau.

¿Reconoce influencias en su estilo?

Sí. ¡Por supuesto! Y muchas. Gabriel Miró, primero, contra quien tuve que pelear durante años. Hoy no se lee mucho, tal vez precisamente porque se queda mucho en el estilo.

Otra influencia fue Knut Hamsun: él es muy nietzscheano y yo, en realidad, muy poco, pero me influyó en cuanto a reivindicar lo que en sus personajes es orgullo y en los míos… dignidad. Al menos, es lo que creo: entre el orgullo y la dignidad está el camino cristiano.

Usted es considerado como un buen estilista. ¿Hay reglas de oro en este buen escribir?

No hay reglas generales. Y si son generales, no son tan reglas. En los talleres que dirijo, me preocupo de que cada uno haga lo suyo. Los estilos de cada cual son distintos, de hecho: no existe un “estilo Taller Tal”… Ahora, lo principal es entender que la literatura es el arte de la palabra. Y que en la medida en que uno va excavando, descubre más en profundidad lo que es una palabra y lo que hay en ella, como en la arqueología.

¿Sería capaz de elaborar, como Horacio Quiroga, el Decálogo del Perfecto Cuentista? El cuento es un género que se le da a usted con gran brillo…

(Sin acoger el elogio). No creo que haya reglas tampoco para eso. Yo mismo he escrito un cuento de diversas maneras. No hay, pues, una manera; lo que hay es una actitud. Y la mía es vivir la situación, la cual es muy precaria, y no caer en la mera descripción, que, por lo demás, han asumido mucho mejor otros medios, como la TV o el cine… Tampoco sería capaz de hacer un esquema. No, yo soy el primero que tengo que ver lo que pasa y dejarme envolver por el suspenso, que funciona independiente de mí. Yo nunca sé en mis cuentos lo que viene después. Y así, me emociono y me sorprendo igual que el lector…

“El acto de escribir es para mí de una gran alegría”

Gabriela Mistral le aconsejaba a Ciro Alegría: “defiéndase de los artículos cuando le sea dable”. ¿Qué opina de eso el periodista Guillermo Blanco?

Hay que ser capaz de delimitar… Yo separo bastante bien las cosas. En un cuento, no se me ocurre usar términos periodísticos, así como cuando juego ajedrez o converso con mis nietos no hablo periodísticamente A ellos les hablo en su lenguaje, en lo posible. Estas divisiones no son artificiales.

¿Cuál es el punto de equilibrio en usted como periodista y escritor? Porque si la energía es una sola, alguien gana y alguien pierde. ¿O no?

(Muy serio) Sí. Hay una pérdida muy específica en estos 16 años… No, desde antes, desde la UP. Me carga plantearme como político, pero aquí viene al caso, recurrir a subterfugios para decir algo, como ocurrió sobre todo al principio de este gobierno, es muy desgastador. Y gravita en lo que es escribir literatura. Pero no fue culpa del ejercicio periodístico, sino de los factores externos: yo no estaba acostumbrado a que en la política se le fuera literalmente la vida a las personas.

¿Y cómo enfrenta sus períodos de bloqueo literario?

Ahí… (suspira) ahí ya no tiene sentido seguir escribiendo. Entonces cierro la maquinita, mejor. Para escribir Camisa Limpia tuve que sobreponerme a un periodo de desgano, de estar a la deriva, y me salió todo muy lento. Y no tan alegre. Para mí es de una alegría inmensa el acto de escribir… ¡Pero me ganó la porfía! Si yo fuera poeta, le escribiría una oda a la porfía.

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