Vivir, revivir, escribir

CLASE MAGISTRAL, UNIVERSIDAD DE TALCA En el acto de recepción De la medalla Abate molina Talca, 7 de abril de 2004. Por Guillermo Blanco A veces le preguntan a uno por qué escribe. El preguntado se sorprende, casi siempre. Escribir –piensa–  es un acto sin porque. Tampoco es fácil dar respuesta a ¿por qué vive? Ni razonar una sonrisa; ni explicar por qué A se enamoró de B y no de otra persona; o por qué a algunos nos gusta escuchar la música del agua en instrumentos como una cascada, un estero entre piedras, o la lluvia. ¿Por qué escribe? Si lo arrinconan, uno busca la ficción de una respuesta: “Como me cuesta abrirme a los demás, le hago mis confidencias al papel”. O: “Escribo porque siento”. O:  “Porque tengo la vocación de la palabra”.  Y/o: “Porque me importa lo que pasa” (y para evitar que pase, en el sentido de irse sin dejar un rastro). En fin, viene la tentación de contestar a la española: “Porque me da la gana” (que es más sabio de lo que aparenta, siempre que no sean ganas nacidas de soberbia o de capricho, sino esas ganas amables que nacen del anhelo, la energía interna; de no aguantarse los impulsos, de urgencia de parir lo que te crece dentro)… Todo esto es verdad, y sin embargo no contesta a lo que busca la pregunta. Contestaciones así dejan intacta la curiosidad que les dio origen. No era lo que el preguntador quería saber. Quizá ni él mismo sepa qué quería. Replicar sabiamente “porque sí” podría abrir algún resquicio para aclarar la parte que esto tenga de aclarable. Revivir las correhuelas En mi caso, escribo porque y cuando algo interior golpea a la puerta tratando de salir. El primer –no sé si llamarle intento–  lo hice a los nueve años, en la pieza de pensión donde vivía con mis padres. A esa edad se sueña cualquier cosa. Yo soñé unos versos. Muy malos: no hace falta decirlo. Los guardo para ejercitar la modestia: Yo tengo un hermoso caballo alazán… Nunca tuve un caballo alazán. ¿De dónde, entonces? ¿Por qué escribí eso? ¿Por qué escribí, siquiera? A los buscadores de porqués tal vez podría explicarles que viví un tiempo en el campo. Me asignaron un caballo; ajeno, por supuesto (no mi caballo). Era muy manso y muy viejo. En él salía a recorrer, simultáneamente, sitios reales y la aún real comarca de mis sueños. Esto me ocurrió en Talca. Ya en Santiago, en la ciudad hostil, eché de menos lugares, nombres, olores, el sabor íntimo del aire. De ahí habrán venido los versos. No evocaban “cosas de verdad”; sí contenían la verdad de la nostalgia, mal dicha, pero en fin. Lo que soñamos no es menos experiencia que “las cosas” que nos pasan. En parte, escribir es volver a soñar, pluma en mano (tecla en mano hoy día) algo que puede ser un sueño o un hecho que el tiempo ha vuelto sueño. En el caso de mi caballo, sería absurdo creer que conscientemente me haya dicho: “Voy a recrear esa imagen “. Era muy chico para usar palabras tan grandes. Pero podría llegar a los noventa y nunca escribiría un cuento por razones explicables. No son razones las que empujan: son motivos (motivo es lo que mueve). Desde entonces creo que escribir es el sencillo, casi autónomo encuentro de algo que vive en el interior de uno con una forma de decirlo. Una forma, no la forma, porque hay muchas posibles. También habré escrito aquella vez porque estaba y me sentía solo. Vivíamos en una pensión, ya dije. Mis padres llegaban tarde del trabajo. La timidez me impedía jugar con otros niños: En cambio me encerraba en una pieza donde apenas cabían tres camas, dos veladores, un ropero. Éramos familia pobre, aunque no me faltaron juguetes: durante años no solo fui hijo único: también sobrino, nieto y bisnieto único. Suena a metáfora barata –y lo es, pero es más que eso porque expresa una verdad–: hubo otro juguete, de esos que nadie le regala a uno y nadie, tampoco, sería capaz de quitarle: la imaginación. Jugaba con ella ya desde el tiempo que pasé en la afable Alameda de Talca. Ahí fui explorador, guerrillero de Manuel Rodríguez, cowboy… Y quizá si hasta dueño de un hermoso caballo alazán. Después emprendí unos vuelos parecidos a esos, cruzando paredes de la pensión santiaguina; y los mismos y otros sueños rompían un poco la soledad del cuarto triste. De cuando en cuando, mi imaginación y yo volvíamos a nuestra ciudad de origen. Revivíamos una Talca secreta en su sosiego. Repetíamos viajes por el Maule. Explorábamos las orillas de mi íntimo río Claro (ese sí que era mío). Éramos niños, mi imaginación y yo. No los niños que habíamos sido allá. Nadie se repite, nunca. Era distinta y la misma la mirada al mar crespo de Constitución, y al campo donde pasé algunas de mis primeras experiencias con la libertad. Experiencias, palabras forman parte del trío que es vivir, revivir, escribir. Recuerdo –revivo–  un hallazgo que jamás pierdo de vista. Caminando hacia el colegio (un poco a la rastra, al principio), me fijaba en unas flores blancas, silvestres. Crecían en esa Alameda ingenuamente tosca, sin jardinear ni urbanizar aún. Las veredas eran de alquitrán y el alquitrán se agrietaba, y entre las grietas vi con frecuencia aparecer alguna de...

El escritor, la imagen, la palabra

Por Guillermo Blanco Este texto fue leído por el autor como ponencia en el Encuentro de Escritores argentinos y chilenos, realizado en Buenos Aires los días 25, 26 y 27 de setiembre de 1990, con el patrocinio de las Universidades Católicas de Buenos Aires y de Santiago. En él se plantean respuestas a dos preguntas: ¿Cuáles son las “Potencialidades, problemas y perspectivas del escritor latinoamericano” con miras al futuro próximo? y ¿qué futuro puede preverse a “La imagen y la palabra en el nuevo siglo”? Participaron siete escritores de ambas nacionalidades, razón por la cual cada uno escogió un punto de vista, sin pretender abarcar la totalidad de su tema. En este caso, la ponencia se centró en la relación entre autor y realidad latinoamericana, y luego entre autor y lenguaje, descartando el presunto conflicto entre imagen y palabra y apuntando hacia un nuevo y fresco “descubrimiento de América”, ahora por parte de los americanos. Este sería el comienzo de un proceso tendiente a construir nuestra convivencia no al revés, como hasta hoy, sino al derecho: desde las raíces y en busca de la altura. América, continente al revés Me instalo a pensar en mi escritorio, aquí en Santiago (o sea, allá); leo con algo muy próximo a un santo temor, el título que deberá llevar esta ponencia: “Potencialidades, problemas y perspectivas del escritor latinoamericano”… Me pregunto varias cosas. Me pregunto, por ejemplo, ¿qué podrá interesar que diga sobre esto, en Buenos Aires, un chileno a quien nadie conoce? O me pregunto si es posible abordar un tema tan complejo, y tan amplio, sin caer en una de dos trampas obvias: la que lo lleva a uno a enredarse en los detalles o, peor, la que lo arrastra a generalizar hasta el extremo. ¡Con el horror que siente un escritor de nuestro continente a la sola voz de generalizar! Me pregunto, en fin, si no será mejor echarse a nado, ir dejando que las palabras saquen palabras, con toda libertad, y ver qué sale… Me contesto que sí, que voy a hacer la prueba, y me pongo a hilvanar, sin planes previos, unas reflexiones que no sé con exactitud cuáles serán, para entregárselas a ustedes, de quienes tampoco sé demasiado en el momento de escribir aquí en Santiago (o sea, allá) lo que ahora leo. Pero empiezo: ¿Condenados a futuro perpetuo? Quizá no sea malo partir por el final, por lo de ese “escritor latinoamericano” del cual nos habla el programa. ¿Qué es un “escritor latinoamericano”? ¿Uno que nació en este sector del continente? Y entonces los chicanos, los portorriqueños que nacieron no aquí, sino en la América del Norte, ¿serán latinos y americanos y no latinoamericanos? o bien, ¿qué pasa con los canadienses de ascendencia y habla francesas? Latinos son, y también americanos. ¿Serán más “latinoamericanos” que ellos los descendientes de mayas o quechas o aymaraes[R1]  que escriben? ¿Será, en fin, “escritor latinoamericano” el que, nacido acá, se va muy joven a otras tierras y en ellas recibe sus influencias, cosecha sus temas, trabaja, publica, forma familia? Podrán seguir acumulándose preguntas, y calculo que, al hacerlo, quedarían más y más arrinconadas las respuestas. Dejémoslo ahí, al menos por ahora. Digamos que hay gente de estos pueblos que ejerce el oficio de la literatura, y desde ese punto de vista –desde el ejercicio del arte de la palabra humana- veamos muy modestamente qué alcanza uno a divisar, si algo divisa, en cuanto a “potencialidades, problemas y perspectivas”. Me paro (acá en Santiago), voy por si acaso donde ese viejo sabihondo, el diccionario, lo abro, paso unas hojas, leo: “Potencialidad. Capacidad de la potencia, independiente del acto”. Aun cuando la ironía sea casual, no deja de resultar certera: también aquí, una vez más, el poder hacer, y en cierta forma y por lo mismo el poder ser de nuestros “latinoamericanos” aparecen “independientes del acto”. La potencialidad vendría a consistir en una suerte de capacidad allá en el aire, una promesa no sometida a la prueba de las obras. ¡Qué cosa tan “latinoamericana”! Y cómo resistir a la tentación de percibir en eso un peligro real: que nuestras potencialidades sigan conservando su insobornable independencia frente a nuestros actos. O, como alguien dijo, que nos hayamos condenado a no dejar nunca de ser “el continente del futuro”. Tal vez estoy sonando pesimista. No es la intención. Si encaramos el asunto de un modo más casero y tomamos, muy sencillamente, las potencialidades como aquello de lo que somos o podríamos ser capaces, entonces a uno se le ocurre que la respuesta es: dejando casos especiales aparte, somos capaces de lo mismo de que es capaz cualquier otro ser humano en iguales condiciones. No padecemos de ninguna inferioridad congénita e incurable (“continental”), en lo tocante a las potencialidades. De existir limitaciones, ellas no están en nuestro ser; solo están en nuestro estar. Derivan de factores, por decirlo así, no intrínsecos, y por eso mismo ajenos a nuestras potencialidades. Y son esos factores los que nos limitan a la hora de convertir las potencialidades en actos. Escritores pobres, por ejemplo, hay y ha habido, desde que el tiempo es tiempo, en todos los continentes. Igual, escritores que sufren enfermedad, incomprensión, desgarros, amor o desamor… En materia de limitaciones a nuestras potencialidades, yo sugeriría que no nos sugestionemos con la idea de un monopolio; ya tenemos otros por los cuales inquietarnos. Y yo sugeriría, con énfasis...