Literatura y periodismo

Exposición en la Universidad Adolfo Ibáñez 28 de agosto de 2008 Por Guillermo Blanco Periodismo y literatura abarcan campos vastos, no siempre fáciles de deslindar. A veces parece que se disputaran derechos sobre los mismos territorios. Hay reportajes de calidad literaria suficiente para leerlos por agrado y no solo por enterarse de los hechos; y hay relatos literarios que, si “fueran verdad”, podrían publicarse en la sección informativa de algún diario. A sangre fría, de Truman Capote, suele encabezar una lista de clásicos que, entre muchos, incluye El día más largo, de Cornelius Ryan; Ensayo general de Quentin Reynolds; Esta noche de libertad, de Dominique Lapierre y Larry Collins; Todos los hombres del Presidente, de Bob Woodward y Carl Bernstein; o los cuatro libros definitivos de Theodore White sobre las elecciones presidenciales norteamericanas de los años 1960 a 1972. En su autobiografía, In search of History (“En busca de la historia”), White pisa la frontera –si existe alguna- que separaría a ambos géneros. El título trasunta su modo de trabajo: una primera etapa, en la cual busca la historia-suceso: y una segunda, que es ya la historia-texto. Para él las anécdotas no valen porque sean amenas: se ganan un lugar en el relato gracias a lo que significan y a que ayudan a entender ciertos puntos esenciales. En In search of history, White cuenta que, durante una de las guerras que debió cubrir, un general “bautizó” en masa a sus soldados haciéndolos regar con manguera en vez de agua bendita. Este manguereo litúrgico sintetiza el respeto del jefe hacia sus tropas. Pero el episodio en sí, ¿será periodístico o histórico? Las dos cosas: la historia es vida y el periodismo, historia actual, no es algo distinto, ni viene después sino dentro de esa vida que comparte con la historia. Desde el big bang a ahora, el tiempo es uno. Ni los minutos ni los segundos ni las horas se detienen. Al aludir a su carrera, White jamás discrimina entre ayer y hoy: la contemporaneidad de un hecho no excluye su historicidad. Cuando conoció a Mao Tse Tung, el despacho sobre su encuentro con aquel líder huidizo y nimbado de misterio dio la vuelta al mundo. Pero nunca hubo un corte en que dejara de ser noticia y empezara a ser historia. Suele inculcarse a los niños que la idea de que historia “son batallas”, fechas, cifras remotas, que un profesor les cobrará en pruebas o exámenes. A esta docencia, el modo de vivir de cada época le importa menos que las hazañas de tal o cual prócer fuera de lo común. ¿Por qué? ¿Por qué cifrar lo histórico en seres o actos extraordinarios? ¿Qué aporta ese sensacionalismo en pretérito? Muchos medios de comunicación, sin embargo, envían periodistas no en busca de la historia, como White, sino de lo vistoso, la peripecia, la pirueta. Van al lugar de los hechos y a menudo solo narran lo inusitado que logran escarbar. El diccionario de la lengua, al incorporar la voz show, reconoce, aun indirectamente, la mentalidad de espectáculo que rige a menudo en las noticias. A fuerza de buscar, exhibir y destacar rarezas, este tipo de periodismo le da a lo anormal un pasaporte falso a la normalidad. La prensa es poderosa, pero sus recursos tienen límites. La batalla de Omdurman fue ampliamente cubierta. No así, al comienzo, los campos de concentración de Hitler. Omdurman fue un suceso, llamativo por lo insólito pero sin proyecciones comparables a las del antisemitismo, que desencadenó un proceso sin fecha específica. El horror que vivieron millones a lo ancho y lo largo del mundo fue ininterrumpido y cotidiano. A la historia que se mueve dentro de la realidad e, igual que un río, es agua viva se une la historia viva, que narra en el papel. A través de la prensa, las batallas pasan der ser vida a ser texto. Alguien las reportea y transmite. Luego aparecerán libros. Ninguna de las dos versiones nos saca de, sino, cada cual con sus medios, nos sitúan en la historia. Para la primera Guerra del Golfo, la televisión satelital recién empezaba a captarse en Chile. Una feliz poseedora le contó a un viejo periodista cómo ahora se pasaba viendo la guerra. Todos los días y el día entero –se extasiaba horrorizada-. ¡Es impactante! A su amigo le pareció que todo tal vez fuera mucho. -¿Qué todo?- preguntó. -Lo que pasa. -¿Quién va ganando? –quiso saber el periodista. -¿Cómo quien va ganando? -Quién va ganando –insistió él. -Eh… A esas alturas, acaso nadie habría sido capaz de contestar mejor. La zona de guerra hervía de periodistas y de puntos suspensivos. Por primera vez desde que el mundo es mundo, se podía ver y relatar bengalas, explosiones, incendios, bombardeos. En el segundo ataque a Irak fue igual: pistas llenas de aviones; soldados vistiendo uniformes de campaña (no combatiendo); y cohetes en vuelo, o –lo más impactante– destruyendo blancos indistinguibles en Bagdad o en  Basora. Nunca existió una guerra con tantos testigos simultáneos. Rara vez los árboles impidieron tan bien captar el bosque. Ya durante la matanza de Vietnam, sin salir de su casa, los norteamericanos vieron caer a jóvenes compatriotas suyos. La televisión distribuía atrocidades de combates recién librados o aún en curso. La gente común, fuera de presenciar la guerra, vio a su país perderla sin remedio. Nacía lo que los idólatras de la redundancia llaman transmisión “en vivo...