Sobre la generación del 50:
Un triunfo de la libertad y el ocio

Santiago, 10 de setiembre de 1990

Me resulta difícil discernir “qué rasgos definen a la Generación del 50”. Suele discutirse tanto en torno a puntos como el hecho mismo de si ella existe o existió alguna vez. Incluso hay quienes aceptan la presencia innegable y más o menos coetánea de un grupo de autores chilenos a los cuales habitualmente se acoge bajo ese “paraguas” colectivo; pero, a pesar de esto, objetan el que sean algo más que una simple coincidencia en el tiempo, niegan que sus miembros alcancen a constituir una real generación y la impugnan, en cuanto tal, ya sea desde el punto de vista cronológico-humano, ya desde el literario, cuando no desde ambos. Por suerte no me corresponde resolver este problema.

Sin embargo, aun cuando mi papel en el asunto es más testimonial que académico, creo indispensable advertir que al hablar de Generación del 50 no tomo partido ni a favor ni en contra de las hipótesis que se barajan (si es que se las sigue barajando). Para mí, Generación del 50 sugiere una serie de autores más o menos próximos en sus edades —no necesariamente en sus ideas— y cuya primera “salida” tuvo lugar en momentos también cercanos.

Alrededor del año 1950. (Lo de 1957 me parece un rebuscamiento preciosista). Habíamos nacido y comenzamos a publicar en la misma época. Algunos nos conocemos desde antes. Varios fueron compañeros de estudio en el antiguo Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. José Donoso y yo nos encontramos en quinto y sexto años de humanidades, en el Instituto Luis Campino. A Enrique Lafourcade lo conocí para el “estreno” de la Generación: cuando él preparaba su Antología del Nuevo Cuento Chileno, a la que se entraba, como quien dice, por concurso. Presenté dos cuentos y se aceptó uno.

No doy estos datos por su valor anecdótico: pienso que hay, dentro del grupo, dos subgrupos. Uno, el de los que ya convivían y se interleían, y otro el de los que llegamos por la ventana que abrió Enrique. Tal vez por una cuestión de perspectiva que he tratado de explicitar, más que de “rasgos que definen” siento que podría hablar de cómo creo que fuimos perfilándonos. Y esto ocurrió por distintas vías y motivos; “directos, indirectos o circunstanciales”, para citar las viejas preceptivas.

Nacimos alrededor de los años 30. Nos criamos (o por lo menos yo me crie) con las huellas de la dictadura de Ibáñez, que nuestros padres sufrieron y combatieron (el mío) o quizá respaldaron o aceptaron. Pero, para nosotros o en torno a nosotros, hubo la exigencia de una definición frente a la libertad, ya desde niños. Hacia 1938, vino otra definición: entre el Frente Popular y la derecha (Frente Popular en el caso de mis padres y, a mi nivel, en el mío). Esta definición electoral se proyectó más allá: o liberalismo o conciencia social, o continuidad o reformas, etc. Hasta donde yo sé, estas definiciones (muy vitales) ocurrieron en forma personal para los futuros miembros de aquella Generación.

La Guerra Civil española y la segunda Guerra Mundial se vivieron con particular intensidad en Chile. Se discutía, se tomaban posiciones, se adquirían pasiones. En mi caso, claro compromiso con la República (no solo la de España) e identificación definitiva con la democracia. La historia, la historia nacional y la internacional, tuvieron presencia activa en el Chile de aquel tiempo. Nos desinsularizamos con vehemencia y entusiasmo, abanderizándonos ante el fascismo, la invasión de Etiopia, Franco, Oliveira Salazar, Stalin… Lo cual me parece que tiene relación con un posible “sesgo” generacional: la actitud de mirar al país un poco desde fuera. Sentirlo miembro de una comunidad más amplia.

Acaso así se explique en parte la mentada “reacción contra el criollismo”. En parte. El resto es el viejo y saludable cansancio de las formas. Se busca despertar el interés. Y el interés no despierta ofreciendo lo mismo, contando las mismas cosas de nuevo, hablando el mismo lenguaje. No es simple afán de novedad el que mueve al rechazo de lo previo y a la búsqueda: es deseo de contacto. Habíamos estudiado el criollismo por obligación escolar, ¿iba a querer alguno de nosotros practicarlo cuando ya era libre de escoger? Por lo demás, recordemos que el criollismo no fue criollo en su origen: lo recibimos de fuera, como casi todo lo “nuestro”.

Antes que Latorre fue “criollista” Pereda. Lo propio vale para gran parte por lo menos de los autores de la Generación del 50. Aprendimos a escribir viviendo y leyendo. Aparte de eso, de vivir y leer, y, por cierto, de escribir, no conozco otro aprendizaje de este oficio. Vivimos situaciones mundiales que se hacían nacionales: las guerras de España y Etiopia sublevaron nuestro sentido de la justicia; la segunda Guerra Mundial nos impuso la toma de partido, pero además se tradujo en restricciones, escasez, peligros; las ofertas del marxismo, el fascismo, el franquismo, nos invitaban a pronunciarnos; la Iglesia Católica adoptó lenguajes, actitudes, posiciones nuevas.

Todo esto nos “deslocalizaba”, nos convidaba a ser universales. Por muchas razones, se empezó a leer más, y a leer más literatura extranjera. Basta recordar ediciones como las de Ercilla, Letras, Zig-Zag, o, desde el otro lado de la Cordillera, Tor y Calomino. Algunos eran piratas en cuestión de derechos e impuestos, ¡pero qué modo de abrirnos puertas! Un helado Noel Smack costaba igual que una novela de Knut Hamsun, y a veces no ganaba el helado en la pelea interna de nuestra voluntad. Además, por cursilería o por cultura, se puso en boga aprender idiomas. Varios de nosotros logramos leer en los suyos a autores como William Faulkner, Ernest Hemingway, Sherwood Anderson, Graham Greene, Evelyn Waugh, Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Paul Claudel, François Mauriac…

Y si leer es una de las formas de aprender a escribir, es muy posible que este aprendizaje en lengua ajena tuviese que ver con nuestra formación literaria. En mi caso —y sé que no es el corriente— las lecturas en francés y en inglés se unieron a otras, apasionadas, de autores españoles que no estaban de moda en absoluto. Juan Ramón Jiménez, Gabriel Miró, Ramón del Valle Inclán, son fundamentales. Con ellos y otros “aprendí el idioma”: su profundidad, su riqueza, lo múltiple de sus dimensiones. No solo sentido: música, matices semánticos, armonía de la frase, color de las palabras. En cuanto a qué lugar o importancia tenga o llegue a tener la Generación del 50 en la historia literaria chilena, no me pronuncio. Creo que a nosotros nos corresponde escribir, que es lo nuestro. Otros podrán juzgar. Y me parece demasiado temprano incluso para que esos otros emitan juicios definitivos. Sí existe un “aporte histórico” (aunque en cierto modo extraliterario) que hizo la Generación.

Hasta el estallido de la polémica, la literatura chilena se editaba con cierta dificultad. No se hablaba demasiado de ella fuera de las salas de clases o las páginas de crítica. Para los jóvenes, publicar entraba en una especie de circulo vicioso: a uno lo editaban si era conocido, pero ¿cómo llegar a eso sin publicar? El fenómeno Generación del 50 provocó foros, debates por la prensa y la radio (no había televisión), curiosidad del público… Y de repente, un libro de autor chileno, y para colmo joven, ¡era negocio! Fue, desde este punto de vista, un “periodo de oro”. Y sucedió lo que con la riqueza del salitre o el oro de Chañarcillo: vino el derroche.

Cuando uno relee algunas de las cosas que se publicaron al alero de esa bonanza hija de la polémica, siente verdaderos espasmos de vergüenza ajena. Bastaba ser “uno de los coléricos” para encontrar abiertas una o más puertas editoriales. Lo cual terminó por traer el inevitable cansancio y cierto equilibrio, que duró varios años. Vino a romperlo la dictadura militar, con su miedo instintivo ante la palabra humana.

A propósito de “colérico”: el término, ¡tan característicamente! es un mote importado que se empleó para explicarles a los chilenos un fenómeno chileno. Así somos. Los coléricos originales eran los angry young men británicos, y no sé qué relación tuvieron, si la tuvieron, con alguno de los del 50. Pero daba igual. Eso “sonaba” en el extranjero, olía a fino, y se vendió acá. En una revista, incluso, clasificaron a los “coléricos” locales y fueron colocándole a cada uno un adjetivo extra. Yo quedé en un contrasentido: “colérico manso”. Con todo, creo que pudo haber cierto aporte, no sé si muy fuerte.

Visión nueva: la posibilidad de ser chileno sin tener que blandir guitarras y tranqueras. Intento de percibir lo universal en lo nuestro. Incorporación de otras influencias, más frescas. En fin, el toque personal de cada uno. Y a propósito: desde mi punto de vista, es muchísimo más fácil percibir diferencias que semejanzas. Yo soy cristiano, y la mayor parte de los demás, no. Y es diferencia de fondo.

Yo creo en que es posible llegar a lo universal desde dentro, a la vieja manera tolstoyana: describiendo lo que tenemos cerca (nuestra experiencia, a nuestra gente, nuestros conflictos y esperanzas). No creo que debamos chilenizar gringos, rebautizar productos importados. No me saldría a mí, por lo menos. Cada vez descubro mayor atracción, vitalidad, magia incluso, en los seres comunes y corrientes que uno se topa en la calle, al viajar en micro, al hacer las cosas diarias. Alguien podrá pensar que es una vuelta al criollismo, o por lo menos al localismo. Pero creo que existe una diferencia fundamental: para mí no sería una vuelta (o una llegada) desde tal o cual posición teórica.

No es por doctrina. Es porque eso bebo, respiro, veo, palpo, siento, en la vida. Cada vez me fascina más, y con más sencillez, lo vivo de la vida. El enorme valor de una sonrisa. La poesía de un gesto. El drama que puede haber en un silencio o en una mirada. El milagro de la risa. La ternura de los perros. Nunca fui partidario de escribir partiendo de teorías o escuelas literarias. Creo, por ejemplo, que Emile Zola solo pudo sobrevivir a sus doctrinas porque a pesar de ellas, y antes de ellas, era un gran novelista. Sin embargo, en parte lo aplastó el adobe doctrinario que les echó encima a sus obras. Se me ocurre que, en esto, no estoy muy cerca de algunos por lo menos de mis compañeros de Generación… si es que somos Generación, si es que importa que lo seamos, si es que valía la pena preguntarme lo que ustedes me han preguntado, si es que sirve de algo lo que trato de contestar con toda espontaneidad y con la mejor de las voluntades.

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