Don Guillermo

Temas.cl 1 de septiembre de 2010 Por Liliam Calm Liliam Calm recuerda a Guillermo Blanco, su profesor de redacción en la Escuela de Periodismo de la UC. El “cuidado por el lenguaje era su preocupación primordial cuando el término multimedia creo que ni existía y las clases de Redacción eran verdaderamente importantes (espero que hoy lo sigan siendo… no digo lo contrario)”. Me remeció la noticia. Don Guillermo había muerto. Don Guillermo Blanco, a quien no le despintábamos el “don”, porque como profesor de Redacción, o más bien maestro, nos marcó en esos primeros años de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica, especialmente a quienes integramos las cuatro generaciones pioneras de la vetusta casona de San Isidro esquina Eyzaguirre. Sé que siguió haciendo clases, pero yo me circunscribo a ese lapso en que se completaron los cuatro cursos, y él llegaba muy temprano y puntual (no fallaba), con su semi sonrisa y su pipa algo ladeada. Era muy mayor, aunque ahora calculo que le faltaban años para cumplir los cuarenta y, como nadie, sabía imprimirnos a fuego el uso correcto de las palabras y siempre de la sintaxis. Porque a lo que fuera, hasta la cotidianeidad, sabía darle trascendencia con su estilo tan particular. Y no porque fuera grave. Muy por el contrario. Tenía un agudo sentido del humor. Si mal que mal fue el escritor que junto a Carlos Ruiz-Tagle, también fallecido, escribió “Revolución en Chile”, un libro de verdadero humor, fino y a la vez criollo, que hizo época y que supuestamente estaba estaba escrito por una gringa que describía Chile sin entenderlo. La autora, creada por la imaginación de ambos escritores y que las nuevas generaciones no han conocido, era Sillie Utternut, que puede traducirse libremente como… Tonta de Remate. Se supone que ella era una norteamericana que venía a cubrir las elecciones presidenciales de 1958. Después supe que era tanto lo que los dos verdaderos autores (que se identifican en el libro como “traductores” de Sillie) se reían al escribirlo, que avanzaban poco. En una entrevista Carlos Ruiz-Tagle me explicaba años más tarde la diferencia de estilos: “Guillermo es más explícito (…) Para mí constituye una gran satisfacción poder suprimir una palabra. Por eso él dice que yo soy astringente como un secante”. Puntualizaba que la iniciativa les permitió, por comparación, ver las características de sus estilos. “Guillermo Blanco tenía mucho miedo de que yo transformara ‘Revolución en Chile’ en un cuento de diez páginas. Además, él tiene un gran cuidado por el lenguaje, que yo no tengo. Sin embargo en el libro logramos un equilibrio. Además debíamos someternos al estilo de la gringa”. Ese cuidado por el lenguaje era su preocupación primordial cuando el término multimedia creo que ni existía y las clases de Redacción eran verdaderamente importantes (espero que hoy lo sigan siendo… no digo lo contrario). Guardo esos cuadernos para repasarlos algún día y, también, consejos suyos que se me quedaron grabados: “¿Quién les ha dicho que no se puede poner coma antes de la conjunción “y”? Si hay una enumeración anterior, hay que ponerla. No hay ninguna norma gramatical que sostenga lo contrario. Sería como determinar: “no debe ponerse coma antes de ‘gato’”. Nos prohibía usar la palabra blanda “cosa”, que puede servir para sustituir desde el alma hasta una betarraga pasando por una limousine o un papagayo. Una de las últimas veces que lo vi, hace ya varios años, le confesé ufana: “Don Guillermo, es tanto lo que me marcó que nunca he podido escribir la palabra ‘cosa’”, y ante mi estupor, yo que había sido tan fiel a sus enseñanzas, me contestó riendo: “No, pues, no sea exagerada. Había que hacerme caso pero hasta por ahí no más”. Mucho antes de “Gracia y el Forastero” y otros libros que vendrían después escribió “Sólo un hombre y el mar”, conjunto de cuentos donde a mi juicio y el de muchos hay una pieza maestra: “Adiós a Ruibarbo”. Lo encontré, dedicado, entre mis libros e, inevitablemente, algo entierrado. Ya está desempolvado, listo para releerse. Comienza así: “Mañana a mañana, casi al filo del alba, el chico llegaba a sentarse en la acera empedrada, frente al portón de la panadería”. Curiosamente Guillermo Blanco, académico de la Lengua, recibió el Premio Nacional de Periodismo. Curiosamente, porque a pesar de sus escritos en distintos medios, siempre preocupado del idioma, siempre maestro del lenguaje, por sus cuentos y novelas debió haber recibido el de Literatura. A ello se debe que cuando quería exhibir su inigualable ironía se presentaba como “Guillermo Blanco, escritor, Premio Nacional de Periodismo”. En tanto, parece que voy a pasar por alto mi última conversación con él. No creo que después de haber sido alumna suya pueda recurrir a la palabra “cosa”, por mucho que él me haya dicho que había que hacerle caso, pero hasta por ahí no...

Memoria y nostalgia en Guillermo Blanco

Presentación de “El humor brujo” 23 de junio de 2006 Por Sol Serrano Tengo que partir por confesar la sorpresa y el honor de encontrarme sentada aquí esta mañana. Sorpresa porque solo a un escritor muy loco o muy inocente puede ocurrírsele que un historiador (una historiadora) comente su obra. No es por azar que los historiadores nos hemos ganado la fama de ser unos seres más bien aburridos, que ante la incapacidad de imaginarnos historias, damos vueltas los archivos para que otros nos las cuenten. Como ustedes podrán imaginar, no tengo más autoridad que la generosidad del autor para abrir mi boca. Reconozco en “El humor brujo” algunos trazos biográficos del autor. Quizás el más evidente sea ese amor testarudo por la libertad, sin agravantes ni atenuantes, sin explicaciones y desnuda de toda funcionalidad, y también algunos rasgos de novelas anteriores que buscan las huellas de esa libertad en nuestra historia, seguramente con el secreto deseo, o quizás con la convicción, de             que ella forma parte de nuestra identidad. Pero si en “Camisa limpia”, por ejemplo, la historia era el soporte del desgarro de la libertad conculcada del presente. “El humor brujo” es una mirada dulce, empática, llena de calidez hacia un grupo de contertulios que forman parte de un Ateneo, en un pueblo provinciano chileno de la década del treinta. Con una asombrosa economía del lenguaje, con una pulcritud castiza apabullante, con ironía y humor, esta novela corta, entretenida, que uno saborea como un coñac, recrea un período de nuestra historia, pero sobre todo a unos protagonistas de nuestra historia con una mirada que a mí me pareció nueva y distinta. El período de entreguerras fue lleno de fervor ideológico –una década platónica y no aristotélica, como lo ha dicho un escritor mexicano-, en que la fe optimista y ciega en el progreso del liberalismo decimonónico había hecho agua después de la Primera Guerra; en que la democracia era contestada por el fascismo y el nazismo; en que el comunismo mostraba unas garras todavía invisibles para ese socialismo libertario de matriz republicana , y en que el sueño anarquista del mundo obrero e intelectual se disipaba ante la fuerza de la organización de las internacionales. En Chile la contienda era más suave, pero efectivamente estábamos ante un despertar popular. En esa década se forma un ciclo de nuestra historia que termina en 1973, caracterizado principalmente por un sistema político que ahora sí representaba a todos los sectores sociales urbanos (el campesinado seguiría ausente) y que articula formas de compromiso a través de un Estado que extiende cada vez más sus funciones hacia lo económico y lo social. Pero no intento una clase de historia. Lo que quiero señalar es que ese período, política y culturalmente tan rico, ha sido en general visto desde las perspectivas de sus grandes figuras o de sus grandes organizaciones. Si se trata del mundo popular, por ejemplo, son los partidos y los sindicatos o los dirigentes de la República Socialista los que suelen aparecer, pero no aquellos que desde la periferia son protagonistas laterales. En la novela, la caída de Ibáñez, la Guerra Civil Española, la formación del Frente Popular, la elección de Pedro Aguirre Cerda, la ruptura del Frente popular con González Videla, son vividos no solo desde este pequeño pueblo donde llegan los ecos –que es la forma tradicional de verlo-, sino desde el sustrato cultural que es en realidad el soporte de esos procesos políticos. Entonces, la época que nos muestra el “Humor brujo” no es tanto la de esos grandes acontecimientos, sino la de ese mundo ilustrado, con sus sellos claves de identidad: sus protagonistas son profesores de escuela y de liceo, son tipógrafos, tienen sus diarios sus centros de reunión. El Ateneo, sus tipos de discusiones antes literarias que políticas y sus antagonistas (los curas, los militares y los ricos); en fin, un mundo en que la ilustración y la sociabilidad que de él se derivan son simbólicas y recreativas más que funcionales.   Personas concretas e historia chilena Guillermo Blanco hizo una opción literaria y no historiográfica. Pero me parece interesante destacar –porque revela un cierto clima o sensibilidad de época- que la historia política en los últimos años ha dado un giro radical, abandonando el estudio de las ideologías puras o de las estrategias partidarias y electorales y de su expresión en el Estado, aun el estudio de los grandes sucesos, para investigar precisamente el sustrato social que los sostenía. A su vez, éste no es visto ya como una estructura de clases abstracta, sino como prácticas culturales que se dan en espacios de sociabilidad en la sociedad civil. Para decirlo en dos palabras, hoy la historia estudia la política desde la sociología cultural, a través de personas concretas que piensan lo público creando espacios propios donde esas ideas se encarnan, espacios que precisamente conforman nuevas sociabilidades en las cuales el pensamiento o valores como la libertad, la democracia y la igualdad son efectivamente vividos. Es desde esta perspectiva que ha nacido uno de los campos más novedosos de la historiografía política en la última década: la historia de las sociabilidades modernas. Desde ellas se postula que el nacimiento de la política moderna, del concepto de soberanía popular, de igualdad de derechos, de ciudadanía, no nacieron solo de la teoría política, sino también de prácticas igualitarias. Lo que quiero destacar, en síntesis, es que...

Homenaje a los 80 años de Guillermo Blanco

Universidad de Talca, Campus Santiago 17 de agosto 2006 Por Paulina Urrutia, ministra de Cultura En nombre del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes quiero agradecer la oportunidad que tenemos de estar reunidos hoy, para celebrar y homenajear en un nuevo cumpleaños a Don Guillermo Blanco. Homenajeamos hoy día a un gran escritor y Premio Nacional de Periodismo. Durante su vida nos ha entregado maravillosos cuentos, novelas, ensayos y crónicas. Conocemos la gran obra de don Guillermo, desde su monumental e imprescindible Gracia y el Forastero, a las columnas periodísticas que lo hicieron acreedor del Premio Nacional de Periodismo en el año 1999, ámbitos desde los cuales ha realizado, sin duda alguna, un aporte invaluable al desarrollo cultural de nuestro país. Quiero destacar sin embargo, aquel aspecto menos conocido de su trayectoria profesional, un ámbito que nos relaciona estrechamente y que transforma a don Guillermo en un hombre fundamental en el nacimiento de la institucionalidad cultural que hoy nos cobija. Convencido que el escritor tiene una misión, un deber con su comunidad, don Guillermo presidió, con mucho éxito, el Consejo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, entre los años 1997 y 2000. Como lo consigna la Memoria de dicho Consejo, éste se encontraba en una etapa de estabilidad cuando asumió su presidencia: “Es viernes, y en uno de los salones de la Casa Central de la Universidad de Chile, bibliotecarios, profesores, escritores y algunos hombres y mujeres del mundo de las letras y la cultura escuchan las palabras de Guillermo Blanco. Las palabras del presidente del Consejo rebotan contra los enormes muros de la sala y caen sobre aquellos despistados que, por un momento, se habían olvidado de dónde estaban: ‘Estamos celebrando cinco años de la fecha que se creó el Fondo. Nacía de una serie de carencias, como suelen nacer tantas de las cosas buenas en Chile’, sentenció Guillermo.” Algunos años después, reconocerá que en el Consejo aprendió cosas que ni se imaginaba. En efecto, antes de ser Presidente había participado como jurado en algunos concursos, sin embargo, dijo “no tenía idea de la amplitud del trabajo que se hace. Mi hipótesis es que, de las inversiones del Fisco, ésta es una de las mejores”. Durante sus años de Presidente del Consejo se involucró activamente en distintos temas relacionados con el libro y la lectura: la creación de nuevos concursos y programas; el establecimiento de Becas para profesores, bibliotecarios y curadores; el desarrollo de encuentros entre profesores y escritores; la suscripción de numerosos Convenios internacionales, entre los que destaca el Convenio de Florencia, que ha permitido la libre circulación de bienes culturales, ente ellos el libro. Por eso hemos querido estar hoy presentes en este homenaje. Queremos decirle don Guillermo, muchas gracias por su talento y por su generosa obra, que trascendió las fronteras del arte y ya es parte fundamental en la educación de nuestro país. Muchas gracias también al servidor público, que logró a través de innumerables empeños hacer del libro y la lectura un bien que hoy distingue y honra a nuestro país. Muchísimas...

Un colérico manso

Homenaje 1926-2010 El Mercurio Domingo 29 de agosto de 2010 Por María Teresa Cárdenas Trabajador incansable de la palabra, el autor de Gracia y el forastero y Camisa limpia, entre otras novelas, cuentos y ensayos, deja inédita “Pájaros de la tarde”, una vuelta a sus raíces españolas y talquinas. En agosto de 2009, el embajador de España en Chile le entregó a Guillermo Blanco, junto con esa ciudadanía, la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica, concedida por el rey Juan Carlos “en reconocimiento a su vasta trayectoria literaria y periodística muy vinculada con las letras españolas”. “Pasé media vida sin haber llegado a pisar suelo español. Media vida en que España fue raíz y anhelo, desafío y quimera”, recordó en sus palabras de agradecimiento. Sin saberlo -o tal vez sí-, empezaba a cerrarse el ciclo de su vida. “En estos momentos no puedo dejar de pensar en lo fabulosa que habríamos sentido esta condecoración mis padres, mis abuelos y el yo que fui cuando chico y del cual queda mucho, a pesar de los años”, dijo en esa oportunidad. Nieto de españoles “por los cuatro costados”, su primera patria fue Talca, donde nació hace 84 años, un 15 de agosto. Y aunque lamentaba no haber conocido a sus abuelos, los llevaba a ambos, “algo camuflados”, en su nombre completo: Guillermo Santos Eleuterio. “Según la tradición familiar, Eleuterio Blanco cultivó tierras en la que ahora es la Séptima Región, y fue el primer cándido a quien se le ocurrió el disparate de plantar arroz en lugares donde hoy prosperan fértiles arrozales. No los de él -recordaba con humor-. Don Eleuterio tenía algo de Quijote y casi nada de Sancho”. El nombre marca, dicen. Y Guillermo Blanco sabía muy bien que Eleuterio significa “hombre libre”. El abuelo materno, Santos Martínez, “quijoteó a su manera”. Dueño de una tienda de artículos importados a la que llamó la Villa de Madrid, parte de sus ganancias se convirtieron en libros y su biblioteca fue considerada por años la mejor de Talca. “Yo alcancé a jugar en ella, vi su retrato pintado por mi madre, y fue un modo inicial de entablar una frágil forma de relación con él”, evocaba. Talca, el paraíso perdido A sus abuelas sí que las conoció bien. Siendo muy distintas, María Cruz Medina y Susana Martín de Martínez dejaron sus propias huellas en este nieto único. El niño solitario que a los ocho años perdió el paraíso talquino y llegó a vivir con sus padres a la capital. Pero Talca siguió siendo su patria, y su fidelidad fue ampliamente retribuida por esta ciudad que lo declaró hijo ilustre en 2006, y cuya universidad le otorgó en 2004 la medalla al mérito Abate Juan Ignacio Molina, máxima distinción que también recibieron José Donoso y Nicanor Parra, entre otras altas figuras del ambiente cultural. Ese año, mientras el centenario de Pablo Neruda ponía a prueba la creatividad para encontrar nuevas formas de conmemorar, el bajo perfil que cultivó y defendió Guillermo Blanco ni siquiera le permitió reparar en dos importantes aniversarios: cincuenta años de la Antología del nuevo cuento chileno (Ed. Zig-Zag, 1954), con la que Enrique Lafourcade dio forma a la generación del cincuenta y lo incluyó con su relato “Pesadilla”. Y cuarenta desde la publicación de la novela Gracia y el forastero, la que, pese a la reticencia de su autor -quien la mantuvo inédita durante siete años-, se ha convertido en un clásico de nuestra literatura y ha vendido más de un millón de ejemplares. Novelas, cuentos y ensayos publicados no eran suficientes para que Guillermo Blanco se llamara a sí mismo escritor. Sólo el tiempo, según él, podía atribuirle esta categoría a “un señor que escribe”. No los premios ni los cargos -por los que nunca peleó, y los tuvo merecidamente-, sino la vigencia de su obra. Para expresar con claridad esta postura, y tácitamente otras, desde los años setenta en sus tarjetas de visita se leía “Guillermo Blanco Martínez. Civil”. “Trabajador” del lenguaje, se divertía extrayéndole el máximo sentido a las palabras. Ciudadano, sin título, no militar ni religioso. Un civil, en definitiva, que dedicó su vida a la literatura y que enseñó y ejerció el periodismo, participando además en la creación de medios, como TVN, y en la fundación de la Escuela de Periodismo de la UC. Miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua y correspondiente de la Real Academia Española, fue también presidente del Consejo del Libro e integrante del Consejo Nacional de Televisión, pero sobre todo se convirtió en un incansable luchador por el buen uso del idioma, promoviendo, sobre todo entre las nuevas generaciones de periodistas, la naturalidad por sobre lo sofisticado. Por más diversos que fueran sus temas, e incluso los géneros a los que acudía, su sello era la palabra viva, esa palabra en la que siempre habla el hombre. Eso le dio coherencia y libertad para seguir un camino propio desde que su nombre se empezó a oír en el ambiente literario. Así, a pesar de estar inserto en una generación influida por autores norteamericanos, alemanes e ingleses, no tuvo complejos en admitir también la huella de los españoles, Azorín, Juan Ramón Jiménez y su querido Gabriel Miró. Tal vez algo de ese camino propio fue intuido también por los críticos de los años cincuenta. En medio de la polémica que desató el lanzamiento de...

Discurso de incorporación a la Academia Chilena de la Lengua

4 de junio de 1971 Por Roque Esteban Scarpa En esta tierra de escritores con alguna conciencia responsable del hombre en ellos y de varones que escriben con cierta responsabilidad consciente de su oficio de escritor, pocos son los que, sabiendo que han de partir del ser, del ser propio que, ahondado, abarca todo lo humano, se exigen autenticidad, respeto por ella, y conjuntamente el dominio del medio de expresión que le han escogido poderes misteriosos en que parecen aunarse voluntad ingenua y destino. Guillermo Blanco es uno de ellos. Basta leer en forma sucesiva y casi simultánea toda su obra, no muy numerosa, o cualquiera parte aislada de ella, para que se advierta junto a su madurez maestra, a su densidad escalofriante en claroscuro, a su luminosidad amante en los detalles, al destello irónico, a la piedad por la frustración inocente o culpable del hombre, la presencia agónica del tiempo que, haciendo vivir, conduce a la muerte. Hay una entraña española en esta concepción de la vida-muerte, una nostalgia de paraíso en plenitud perdido, un sentimiento quevedesco-senequista de que vivir es “nada, que siendo, es poco, y será nada en poco tiempo, que ambiciosa envidia”, que corrige, también, a la manera de Quevedo, con la certeza de que cada acción del hombre va esculpiendo su figura final, su monumento –“cavo con mi vivir mi monumento”-, su definición, su eternidad. Por eso Guillermo Blanco se encuentra siempre al hombre en un momento decisivo o decisorio, sea niño, sea adolescente, sea en sazón o término –a veces sabiamente soslayado- de su definición salvadora o de su pérdida. El niño a quién le traen el plato de avena, después de la medicina amarga; la puerta que se abre lentamente ante el sacerdote de “Misa de Réquiem”; el autor que sabe que debe hacer su cuento, pero hoy no; el padre y el hijo que continúan caminando por calles de braseros que no existen, sin poder comunicarse; e Medio Pueta, que parecía vivir en las nubes, pero que vuelve a adquirir en la muerte su verdadero nombre de Mañungo, Mañungo Requena, o, a la inversa, Manuel Chaparro, el portero, de quien callarán la muerte, porque es su muerte sola ante muchas otras muertes, aunque sea la única para él, irreversible, callada y sin sentido. El modo esencial de comunicación que le ha sido otorgado es la palabra escrita, la frase suya con fuego interno. Y esto proviene, misteriosamente por su natural acogida, desde la infancia y desde antes, desde el abuelo Santos Martínez que “hablaba y pensaba hermosamente”. Si su madre le entrega a Guillermo Blanco la palabra, porque le hace entender que “había palabras tan profundas que en cada una cabe uno entero” y le enseña a mirar las cosas dos veces “y ver lo que llevan dentro”, hasta la concepción de que un perro no es sólo eso que se contempla fuera de uno como existente, sino además “un mundo de ternura” y un reflejo de uno mismo. Esta contemplación va abarcando en el juego del niño el valor de cada ser y objeto distinto de él, que lo hace suyo y, para tenerla, ha de traducir su triple peculiaridad en palabras lo que muestra, lo que es y aquello que es para uno mismo. De ese ejercicio le nace la virtud de saber dar el mundo originalmente como se ve en sus cuentos. Para Guillermo Blanco cada obra es una individualidad, hecha del brote espontáneo, del saber no sabiendo, de la libertad tremenda y fascinante con que se mueven los protagonistas y no pueden reducirse a priori, más allá de la propia necesidad originaria de la obra, a estructuras útiles, sistemas, técnicas, porque no existe técnica querida donde el hombre actúa con todo dramatismo exultante de su libre albedrío; no existe técnica para realizar obra de arte así, así como no existe para enamorarse, para creer en Dios o para ser joven, escribe en un ensayo sobre “¿Crisis de la novela?” La medida de todas las cosas y de las obras es el hombre con sus creencias, con su ser mutilado o pleno de esperanzas en medida de la tormenta o la noche oscura, con su respeto por ciertos valores y la claridad insobornable de su visión. En este sentido, Guillermo Blanco es ejemplar, auténtico, valioso. Sarcasmo, seriedad; humor y sentido trágico; dominio del oficio sin triquiñuelas periodísticas; sentido cabal de la medida; respeto por la palabra que hace al hombre que lo define, que lo deja viviendo más allá de la muerte, podrían ser algunos de los elementos visibles en la obra de Guillermo Blanco. Pero, ¿la ternura soterrada, la piedad por la libertad humana que lleva al hombre a traicionarse a sí mismo, a sentirla como un peso en vez de riqueza y responsabilidad, no están en su obra? Todo ello y mucho más, pero no quiero ser lucubrador en el objeto de lucubraciones. La obra está allí límpida y abierta, castellana y chilena, llamándonos para que cada uno seamos los testigos de su verdad humana y su belleza intelectual. La Academia Chilena nos ha confiado el honor de recibir al nuevo miembro de número, el que colaborará en sus tareas después de demostrar su amor por la verdad y riqueza del idioma, y que puede ayudar plenamente porque es...

Adiós a Guillermo

Revista Sábado El Mercurio 4 de septiembre de 2010 Por Ascanio Cavallo En 1997, Carlos Flores estrenó su memorable documental Pepe Donoso, filmado durante un regreso del escritor a Chile. En una de las escenas centrales, filmada en un bar algo piojoso, Donoso conversa y fuma con otras tres figuras de la “generación del 50”. Junto, en un mismo espacio que hoy se vuelve fantasmal, la elocuencia de Donoso, la agudeza de Enrique Lihn, el silencio bello y elegante de María Elena Gertner. Y la modestia de Guillermo Blanco, que se confiesa “miedoso” a la hora de publicar, pero que enseguida declara: “Frente a la cartilla en blanco, no había cobardía posible”. Retuve esa frase. Intrigante, casi confidencial. Un año después, entré a hacer la práctica en la sección cultura de la revista Hoy. El editor era Guillermo Blanco. Primer jefe. ¿Cómo decirlo? Es extraño que alguien a quien uno viene leyendo desde la primaria –los cuentos: Cuero de Diablo, Adiós a Ruibarbo-, la secundaria –Gracia y el forastero- y hasta la universidad sea justo el primer jefe. Un tótem dándote las primeras órdenes. Estuve bajo su mando un par de años, quizás menos. Y me he sorprendido muchas veces amplificando ese período hasta la fantasía, como esos momentos que se expanden mucho más allá de sí mismos. Debo a Guillermo el cariño por la palabra, el respeto a su solemnidad y la gracia de su irreverencia. Le debo la noción de que las palabras son habitadas por la gente, y no al revés. Le debo la comprensión de que la palabra escrita también suena, que las frases tienen su propia música. Le debo una cierta idea –imprecisa, de mal alumno- del vínculo entre la escritura y la moral. Y muchas otras cosas. Unas discusiones sobre ciertos asuntos (el uso de la coma antes o después de la y, el empleo arrojadizo de la palabra siútico, la ferocidad de los cuentos de Pablo García, la etimología de la palabra ingenuo) que resultarán fósiles para la cultura twitter. Unas lecciones sobre la libertad, Unamuno, la conciencia, Vietnam. Unas ideas sobre la escritura ejercida en tiempos confusos y violentos. En fin: las luces de un maestro. ¿Qué es un maestro? En la definición no dicha de Guillermo, un hombre que encuentra el diamante donde otros sólo ven el carbón. Un hombre que hace lo que los padres no pueden, por incondicionales o por provectos. Ignoro si los cientos de alumnos que tuvo en distintas universidades habrán sentido lo mismo; pero sé que fue una de las figuras propiamente magisteriales del periodismo chileno. ¿Lo esencial? Guillermo no era un filósofo o un intelectual en el sentido francés. Era un hombre bueno. No es fácil entender a los hombres realmente buenos, a los que no hablan mal de nadie, a los que solo tienen enemigos abstractos, a los que nunca producen una sombra de odio. Causan desazón, y a veces uno se agarra de una ironía, de una broma, para creer que ahí, uf, por fin, asomó la perversidad. Y no, no era así. Me costaba decidir si el origen de esa bondad estaba en su timidez, en su cristianismo o en su ingenuidad. Tiempo después, leyendo Dulces chilenos, una de las novelas más despiadadas de la literatura chilena, creí entender que en Guillermo la bondad –quizás la forma más perfecta de la duda- era el contrapeso necesario de la lucidez. El 25 de agosto, a los 84 años, este hombre bueno sucumbió ante un paro cardiorrespiratorio, una excusa tan válida como cualquier otra para cerrar la última carilla. El periodismo, la literatura, el mundo fueron un poco mejores mientras estuvo aquí. Ojalá que no sean peores ahora que se ha...