Ser Periodista

Por Guillermo Blanco Ser periodista es ser testigo activo de la vida. Ser capaz de mirarla y oírla con ojos y oídos siempre nuevos. Percibir, en los rostros y voces de otra gente, la expresión de su angustia, su amor o su esperanza. Acercarse con respeto al dolor, a la alegría, al entusiasmo o al silencio. Ser periodista no solo es ser testigo que presencia sucesos y procesos: es, además, reflexionar sobre ellos, analizar, traducir la realidad en palabra e imagen. Palabra fresca, viva, leal a la verdad, e imagen clara, fiel, sin distorsiones. Ser periodista es ser testigo de la vida desde dentro de la vida. Es emplear los medios de la técnica y la ciencia para compartir, entre todos, lo que aportan el esfuerzo, la imaginación, la inteligencia, la generosidad o la emoción. Es ayudar a hacer comunidad con la diversidad que se comparte. Ser periodista es saber que el presente es historia que vivimos y construimos entre todos, y ayudar a que la hagamos más lúcida y...

Premio Nacional de Periodismo 1999, Discurso de Agradecimiento

Discurso de Agradecimiento Guillermo Blanco Quiero compartir con ustedes algunas reflexiones en torno a dos puntos que me conmovieron, y me conmueven, muy especialmente desde que leí el fallo del jurado. Al fundar su decisión de darme el premio, se alude a mi labor docente y a mi defensa de la libertad y los valores democráticos. Habría sido difícil encontrar otra mención capaz de llegarme tan adentro y de echar a volar, juntas, mi gratitud, mi imaginación, la raíz misma de mi condición humana. Sobre esos ingredientes del fallo pretendo hablar ahora. Primero, la libertad. Siempre primero la libertad. En este tiempo nuestro, en que la vida en común parece convertirse en un juego de egoísmos conjugados, no es raro que se considere la libertad de expresión como una especie de privilegio individual que recibe, más o menos, por gracia, el periodista. Así, de algún modo, la sociedad a cuyo servicio trabajamos, nos dejaría hablar de puro amable que es. “Diga no más. Esta es su casa”. Falso. Un país se forma, entre otras cosas, de opiniones, visiones, sueños de su gente. Empezamos a ser y a hacer país al compartir algunos fundamentos esenciales. El amor a la tierra, por ejemplo, está al principio y empapa nuestra historia. También reconocemos huellas que el pasado nos lega, y sin sentirlo, y de nuevo con amor, vamos aguachando las que han de convertirse en tradiciones y raíces. Por dentro, o por debajo, el proceso de hacer país es obra del amor, aunque a veces pueda pasársenos por alto y solo percibamos la epopeya. Muy en el fondo, uno ama a su país por instinto, con esa maravillosa motivación no razonada, ni racional –tampoco irracional- de los amores grandes. ¿Por qué quieres a Chile? Porque sí. Pero, ¿por qué? Porque Chile es Chile y yo soy yo. No hay otros argumentos, y de haberlos, jamás serían mejores. Quizás si el ser humano nazca con el instinto de amar más allá de lo obvio. ¿Amar qué? En la patria se ama un algo donde se siente que hay algo de uno mismo, que podrá ser una forma semejante de mirar la vida o de sentirla, o quizá de ser un indefinible modo de ser que compartimos. Frente a lo inexplicable de este amor y de este modo de ser, la facilería engendra cúmulos de lugares comunes: da título de chilenidad al hecho de necesitar cordillera, o al de experimentar nostalgias si no la tienes frente; a la picardía típica del criollo (que no es menos típica del español, del francés, del vietnamita: que es picardía típica del ser humano). Y sigue la facilería describiendo al chileno como un valiente inevitable, ingenioso, y por cierto hospitalario, además de venir provisto de una estupenda virtud: lo “sufrido” que es… Creemos en todo eso, aunque no sea enteramente cierto. De algún modo, por creerlo, comienza a estar menos lejos de ser cierto. Vamos haciéndolo verdad al responder nosotros, en los actos, a la idea que en los mitos cultivamos de nosotros mismos. ¿Cómo se forman las “Imágenes”? ¿Cómo hicimos nación de lo que solo era un territorio y grupos de personas? La opinión libre es, más que todo, lo que hace hacer país. Un río no es lo mismo visto con ojos de agricultor que de ingeniero, o de poeta o de ecologista. Sí, esa agua puede usarse en el riego. Y tal vez convenga construir un puente para cruzar de una ribera a la otra. Pero a cambio del puente o del riego, ¿vamos a perder la belleza que discierne la visión del poeta? ¿O vamos a desoír al ecologista y a perder aquella agua, consumiéndola como si fuera eterna? Chile se ha ido haciendo país por y en la libertad de intercambiar ideas y de sabernos unos a otros. Un país siempre será producto de información que se trasmite y opiniones que se cruzan. In formación y opiniones que deben circular libres, como circula libre el aire que respiramos todos. Nadie posee la verdad: la construimos en común. El periodista, cuando comprende y ejerce bien su oficio, es eficaz intermediario de las ideas que luego de enfrentarse en el debate, pasarán a construir la manifiesta voluntad de su nación. Ni la bandera ni otros emblemas o entidades abstractas podrán jamás reflexionar por nosotros. Tampoco los abanderados. Acaso simbolicen lo que sentimos, pero ¿cómo podrían traducir lo que pensamos o lo que deseamos? Tampoco existen concesionarios de la patria, capaces de interpretar la casi infinita variedad de ideas que enriquecen el espíritu de un pueblo, a fuerza –y a causa: nunca es sano olvidarlo- de la diversidad de quienes le dan forma. Un país es hijo de sus hijos, realmente. Entonces no es porque sí, ni para sí, que el periodista ha de ejercer en libertad: su libertad está en la base del servicio que presta. Lejos de ser un privilegio personal, el que sea libre es garantía de eficacia de un servicio que presta. Para que el país pueda saber, reflexionar y decidir por sí mismo –para que ejerza su soberanía, y no que se la ejerzan-, no deberían interponerse trabas en el acceso a la información, ni deberían existir opiniones proscritas. Si el mundo de hoy acepta que la oferta y la demanda regulen los precios y los sueldos, ¿por qué no permitir que las ideas se ofrezcan con igual libertad, para que...

Lenguaje en TV

Por Guillermo Blanco Pregunta:¿Son los medios audiovisuales los grandes acusados del deterioro idiomático? Para responder a la pregunta, quizá habría que cambiar lo de acusados por responsables. Creo que ahí está el tema. Acusar es una especie de deporte nacional hoy día, y se lanzan acusaciones con o sin motivo. Si hablamos de responsabilidad, tendríamos que partir configurando la falta: ¿A qué vamos a llamar deterioro idiomático? Hay opciones. Se podría considerar que existe deterioro en el hábito de comerse letras. O en el uso desenfrenado de palabras extranjeras (a un chileno medio le costaría expresarse si no existieran floppy, compact disc, picí –no pecé–  o show). También podría provocar deterioro el uso de esos vocablos que en Chile llamamos garabatos. Empecemos por lo de comerse letras. La s final es uno de nuestros guisos predilectos. Sin embargo, devoradores de eses y de otros sonidos hay muchos en el mundo de habla hispana. Centroamericanos, andaluces, extremeños lo hacen tan bien como los chilenos. Podría ser solo un paso más –aunque no un paso alarmante–  en la sana evolución del idioma. No olvidemos que en sus comienzos, el castellano, el catalán, el gallego, fueron “latines mal hablados”. Igual que el francés, el italiano, el rumano. Cada pueblo adaptó la lengua madre a su propia idiosincrasia. Y lo hicieron en forma tan coherente y creativa que lograron crear idiomas nuevos. Creo que sí provoca deterioro el uso indiscriminado de términos ajenos (más por ser ajenos que por ser extranjeros). Solemos llamar switches a los botones, compramos hojas de afeitar stainless, reservamos tickets para el teatro. No sabremos inglés, pero nombramos cosas en inglés. Hay un asomo de esperanza: el tiempo suele ayudar a que el lenguaje, que es organismo vivo, absorba esos cuerpos extraños. Un ejemplo es la palabra guachamán, que viene del inglés watchman, y nombra a los serenos y vigilantes de los puertos. No respondía al espíritu del castellano y el instinto popular lo amoldó. Cuando se habla de deterioro, sin embargo, suele tenerse en mente más que nada el garabato. Sobre esto convendría hacer algunas precisiones. ¿Por qué se considera malhablados a los garabateros? Una de las causas que se dan es que introducen coprolalia el idioma. Coprolalia viene del griego copros: excremento, y lalein: charlar, hablar. La coprolalia –garabateo–  tendría ahí una de sus especialidades. Si quisiéramos evitarla a toda costa, no podríamos gritar ¡Viva Chile! Pero ¿quién diría que hay coprolalia y no entusiasmo en el apellido que agregamos espontáneamente? Otra línea de acción del garabato es la que se funda en evocar –sin gran nostalgia, por supuesto–  la parentela o la anatomía del interlocutor. Es una referencia cada vez más frecuente. Un pasajero de metro o un desaprensivo caminante por la calle creería que el país está habitado por una tribu de ones y onas. Diálogo típico es: “Hola, guón, costái?”.“Como las güea, guón. ¿Ti acordái de la guá del arriendo? Cagué”. El guón es un fantasma que recorre Chile. ¿Estaremos por eso sometidos a un régimen de coprolalia o sexolalia? Creo que al revés. El uso excesivo de esos términos los ha desactivado. Ya no aluden a partes pudendas reales, ni a detritus verdaderos. Incluso la figura materna reviste un carácter altamente abstracto. Igual que las referencias a las antes llamadas mujeres de la noche. Si a alguien lo tratan de guón, ya no se siente insultado (o el país viviría en feroz guerra civil). Tampoco se podría decir que es un lenguaje sucio, si pensamos en la imagen que estos términos despertaban tiempo atrás. Sin embargo, en lo que toca a los medios audiovisuales, parece que la principal acusación de maltrato al idioma se basa en la abundancia de garabatos. Es cierto que hace diez o veinte años resultaba inaudito escuchar palabras feas en algún programa. Por lo excepcional fue célebre una de las escasas excepciones. Durante la elección presidencial de 1970, un político cabreado con los argumentos de otro, le espetó: “¡No sea guón!”. Lo grave de los garabatos no está, de hecho, en su presunto contenido. El contenido original ya se esfumó. Lo que debería inquietarnos es precisamente la falta de contenido de esas expresiones de uso diario. Puta, cresta, carajo, ya no dicen lo que decían aunque lo sigan diciendo en el diccionario. Equivalen a una curiosa puntuación oral. Son signos sin significado. En el fondo, al usarlos no estamos queriendo decir nada: estamos hablando para no decir. Ni siquiera son tonterías: son lo huero. El problema está en el vacío de ideas de esas cáscaras sin fruta. Si el deterioro idiomático está ahí, los medios audiovisuales tienen cierto tejado de vidrio. Lo que cuesta es imaginar quién puede tirar la primera piedra. En un país tan lleno de ones y onas sería injusto pedir a la gente de la tele que se exprese con el exquisito fraseo del maestro Peñaloza. Serían tan excepcionales que correrían peligro de que no les entendieran. ¿Significa esto que no se habla mal en televisión? Nada de eso. Si uno oye los noticiarios –pero los oye, no se limita a dejarlos sonar simplemente–, se encuentra con uno de los peores fenómenos de deterioro. Hay derecho a pedir que las noticias den cuenta de hechos reales,  hechos que ocurren en el mundo en que vivimos. Si uno las oye, sin embargo, parecen ocurrir en un planeta muy distinto del nuestro. Se ha impuesto un lenguaje...

Comunicación y Cultura: Modos de ver, modos de ser

Exposición en la Feria Internacional del Libro de Santiago Por Guillermo Blanco Esta feria ha elegido recordar tres nombres emblemáticos. A simple vista podría pensarse que se trata de “sacarlos de la historia” para traerlos al presente. Sería un doble error: primero, porque ni Cervantes, ni Andersen ni Gabriela Mistral han estado nunca fuera de la historia. Segundo –y es lo que yo quisiera centrar estas reflexiones–: la historia no es puro pasado. No se para en algún punto a distancia del presente. Sigue. Hoy día estamos dentro de ella tanto como estuvieron los próceres que aparecen en los libros. Theodore White, un grande entre los grandes periodistas norteamericanos, escribió hace tiempo su autobiografía. Le dio un título que yo siento como una declaración de principios, un lema de su oficio: In search of history (literalmente, En busca de la historia). White fue testigo de batallas, bombardeos, ruindades, heroísmos. De la invasión japonesa a China, la segunda guerra mundial, el hambre y los destrozos. Entrevistó a personajes que, según  suele decirse, “acaparaban las noticias”. Y supo entender que aquello era historia. Las anécdotas, para él, no valían en sí: valían por lo que significaban. La anécdota sola es insignificante. No significa. El general que bautizaba en masa a sus rociándolas con agua de manguera no es solo pintoresco: es sintomático de una mentalidad, y por eso lo cuenta Theodore White. Se dedicó a perseguir lo importante, fuera impactante o no. Quizá cuántas generaciones se habrán educado en la creencia de que la historia son batallas. Batallas y fechas que el alumno debe guardar en la memoria y el profesor, a veces con una cuota de sadismo docente, le va a cobrar en pruebas y exámenes. En esa concepción un poco sensacionalista, que hilvana hechos de sangre y poco más, el pasado es el lugar donde ocurrieron cosas. Cosas. De qué modo vivieron las personas interesa menos que la forma en que se lucieron determinados personajes. Si la historia es experiencia de los pueblos, ¿por qué centrarla en lo inaudito? Aprender los nombres de quienes mandaron en Lepanto o Waterloo y de los que exhibieron valor excepcional, ¿no es, literalmente, contar los hechos por las excepciones? Y eso, ¿podría dar idea efectiva de lo real? Si observamos lo que nos ocurre hoy día, veremos que, en buena parte por influjo de quienes manejan la televisión, son miles los periodistas que no van en busca de la historia sino de la peripecia, la pirueta, lo vistoso. Crean un olimpo de sub-héroes que, o provienen de la farándula o se incorporan a ella gracias a su protagonismo en las pantallas. Se presentan rarezas tan sostenidamente, que llega a parecer que ese es el medio en que vivimos. Cuando la historia anterior nos muestra solo lo extraordinario y omite o diluye lo ordinario, lo que hace es presentar una caricatura patas arriba, con solo héroes y villanos. Sin matices. Mucho más esenciales para la humanidad son las invasiones de los bárbaros que la batalla de Omdurman. Omdurman fue un suceso, llamativo por lo insólito. La entrada de los bárbaros fue un largo proceso que transformó radicalmente a la Europa de su tiempo. No tienen fecha. Sus protagonistas son millones. Atila, apenas uno de ellos. Quisiera invitarlos a sentirnos en la historia. La que está moviéndose. El verdadero río no es película ni foto: es agua que corre. Voy a plantear varias provocaciones. Ojalá los fenómenos que percibo sugieran ideas a otros. Para entender la aventura de los libros que entre nosotros aparecen y circulan, hay que empezar por preguntarse qué significa esa palabra que no nos saca sino nos pone dentro de la historia: hoy. 1. Dejar ver para esconder Cuando estalló la primera Guerra del Golfo, la televisión por cable era una rareza en Chile. Quienes podían recibir transmisiones desde el extranjero solían captarlas directamente desde el satélite. A la semana de empezar los bombardeos, una de esas personas, hablando con un viejo periodista, le describió lo que había visto de la guerra. La tomaba como si fuera algún objeto de su propiedad, o un desastre doméstico que estaba sucediendo en su barrio. –Es impactante –se entre extasiaba y horrorizaba–. ¡Con la CNN lo ves todo! –¿Qué todo? –Toda la guerra. El periodista seguía de cerca las noticias. Trataba de entender qué ocurría y a dónde podría conducirnos (a nosotros, el sector pasivo del planeta, excluidos de tantas decisiones que sin embargo nos afecten). Después de analizar diarios, revistas y conversaciones, si algo tenía claro es que el asunto no era claro. Y esa persona, “a pura CNN”, sabía todo lo que pasaba en Irak. Por acercarla un poco a tierra, el periodista le hizo, adrede, una pregunta infantil: –¿Quién va ganando? –¿Cómo quién va ganando? –Quién va ganando –insistió él. –Bueno… Eh… –no supo contestar. Quizá nadie o casi nadie habría sido capaz, a esas alturas, de responder algo más que “Eh”. Hasta aquel momento –fuera, quizá, de expertos estrategas–  no parecía haber quién pudiera resumir la situación en forma más exacta que ““eh…” y puntos suspensivos. El Golfo y sus alrededores hervían de periodistas, cámaras, micrófonos. Por primera vez en la historia, cualquier espectador podía contar bengalas, explosiones, incendios. Pero no por eso salía de su ignorancia en lo esencial. En el segundo ataque a Irak sucedió igual, corregido y aumentado: las pantallas se llenaron de aviones despegando; soldados en...

Acerca del Periodistés: Estilo, Jerga, Manera

Por Guillermo Blanco Cuando uno ha visto un choque en una esquina, es probable que después llegue a su casa y comente: “Vi un choque en una esquina”. No será lo que lea en el diario al otro día, ni lo que oiga esa noche en la televisión o en la radio. Casi con seguridad, le informarán que “…dos vehículos colisionaron en la intersección de las arterias Tal y Cual”. Quien quiera conocer detalles, podrá enterarse de que esta colisión “se produjo” debido a que uno de los conductores “se encontraba en manifiesto estado de intemperancia, de acuerdo a (no con) la versión que entregó Carabineros”. El presunto responsable “procedió a darse a la fuga, según señaló un testigo visiblemente conmovido”. El otro conductor “fue identificado como…” Fulano Zutánez. Si quiere comprender, el receptor deberá destraducir. “Se produjo una colisión” sustituye a chocaron. Las colisiones no son productos. El “manifiesto estado de intemperancia” quiere decir que el tipo iba borracho. “Darse a la fuga” no implica donación: es que arrancó, huyó. “Visiblemente alterado” nada agrega a “alterado” a secas. Para que se supiera que estaba alterado es obvio que era visible y alguien debió verlo. No es menos obvio que el nombre del otro conductor se conoce porque en algún momento fue identificado. (El redactor de la información no diría que “se dirigió al país un presidente identificado como Ricardo Lagos”). Lo de “entregó Carabineros” es una mini prueba gramatical de alto riesgo. Sujeto plural (Carabineros), verbo singular (entregó), y no hay incorrección, porque “Carabineros” es aquí el Cuerpo de Carabineros; uno aunque lo formen miles. La aparente falta de concordancia es evitable la mayoría de las veces, pero ¿quién resiste al hechizo de exhibir erudición? Quizá debamos agradecer que no extiendan el mismo criterio y nos digan: “ejército fue hospitalizado por neumonía”, o “Iglesia Católica resbaló con cáscara de plátano”. Siguiendo el proceso de destraducción, lo de “el testigo señaló”, no indica que hizo señas: es, simplemente, que dijo. Los que recurren a esta gastadísima metáfora parecen considerar inculto el que la gente que dice en la realidad diga también en el papel. No vale la pena detenerse en el hecho de que la gracia –si no la razón de ser usual–  de una metáfora radica en su originalidad. Un viejo refrán advierte que “del dicho al hecho hay mucho trecho”. A algunos periodistas les resulta más difícil transitar la misma distancia a la inversa. El paso del hecho al dicho Habrá quienes sostengan que las versiones del diario, la televisión o la radio  son así porque están en estilo periodístico. Eso revela una noción muy pobre del periodismo y más pobre aún del estilo. ¿Qué ha ocurrido al pasar del hecho al dicho, en estos casos? Al parecer, el autor partió del falso axioma de que lo escrito debe sonar lo menos semejante posible a lo oral; y cuando se escribe deben usarse palabras más caras que cuando se habla. Sesquipedalia verba (palabras de pie y medio) les llamaban en la antigua Roma. El estilo periodístico no permitiría, por ejemplo, decir decir. Hay que acudir a sinónimos. Cualquier programa de computación los ofrece a galeradas: expresar, indicar, manifestar, señalar, declarar, especificar, aseverar, observar, recalcar, reiterar destacar, enfatizar, especificar, explicar, exponer; y algunos heroicamente traídos de los cabellos, como subrayar (otra metáfora en lata), o ser claro en sostener… Cualquiera de esos términos sería periodístico por no ser coloquial. Igual rango tendría “en horas de la tarde de ayer”, por ayer en la tarde (o incluso por ayer tarde), que suenan inicuamente sencillas. Otros logros del rebuscamiento: “Se produjo una interrupción en el suministro de energía eléctrica”, por: Se cortó la electricidad; “Hizo su ingreso” y no el proletario entró. Las universidades pasan a ser “casas de estudios superiores”, donde no se enseña, investiga y aprende: “se imparte docencia”. Las informaciones sobre Colonia Dignidad gozan de un privilegio no exclusivo, pero permanente y sin excepciones conocidas: nada lo que ocurre en ella ocurre en ella; todo es “al interior de”. En el país de papel o en la pantalla, la administración pública está llena de “altos funcionarios”, independientemente de su estatura real. El más modesto estadio asciende allí a “campo deportivo”, y escuálidas postas o policlínicas se encaraman a “establecimientos asistenciales”. Este tipo de giros sugiere un afán de meter la noticia en una jerga artificiosa, para dar prueba de cultura o distinción. Quizá sea signo justamente de lo opuesto. Si en la vida se toma desayuno a las ocho y media, ¿por qué en la prensa se va a tomar a “las ocho treinta horas A. M.”? ¿Alguien podría no entender que las horas son horas? ¿Y quién toma desayuno a las ocho treinta P. M.? A un periodista norteamericano de los años 60 le irritó ese afán de artificializar lo natural que también asolaba entonces a la prensa, la radio y la televisión de su país. Escribió un ensayo donde describía la jerga que algunos porencimistas llaman estilo, y la bautizaba journalese, que en castellano podría traducirse por periodistés. Una persona normal que ve un caballo genera en su mente la palabra caballo. Nombra la realidad en forma espontánea, sin siquiera proponérselo. Casi con igual automatismo –no espontaneidad: cuidado–, los practicantes del periodistés traducen ciertos datos en palabras rebuscadas. Gracias a esto, un médico se vuelve “facultativo”; un abogado, por lego que sea, entra en la...