Otra vez la crisis

Se ha hecho un lugar común decir que la lectura está en crisis. “Se lee menos que antes”, comentan padres y maestros. Más maestros que padres, y eso es parte del problema. No faltan estadísticas que den validez mundial a esta afirmación. Hay quienes atenúan su alcance restringiéndolo a un acusatorio: “los jóvenes leen poco” (nosotros no: ellos). Y para redondear el cuadro de optimismo, recordemos una verdad no menos importante: “se lee poco, pero mal”. De hecho, quizá tendríamos que enfrentar un doble desafío al leer un libro:  a) leer lo que está; y b) no leer lo que no está. Recuerdo una experiencia personal. Hace años, en plena fiebre del estructuralismo, ofrecí en mi Universidad, y me aceptaron, hacer un curso cuya idea era propiciar la lectura inocente de cuentos o novelas que los propios alumnos elegían según sus intereses. Por lectura inocente entiendo, precisamente, leer lo que está, sin preconceptos. Nada de investigar, como tanto se usaba entonces, motivos centrales o secundarios; protagonistas, antagonistas, deuteragonistas; clímaxes, metalenguajes, intertextualidades y otras formas de anatomía literaria. La anatomía trabaja sobre cadáveres. Al despresar a un ser vivo –y esto es un texto literario–, lo único de él que no se explica es lo más importante: la vida. Sobre estas premisas basé la asignatura. En una de las clases, ningún alumno supo qué proponer que leyéramos para la semana siguiente. Recurrí a un truco: “Si no se les ocurre a ustedes, se exponen a lo que se me está ocurriendo a mí”. La curiosidad pudo más que la tenacidad: “Ya, señor, diga usted”. Dije: “El Lazarillo de Tormes”. Una chiquilla gimió: “¡Me lo han hecho leer en siete ramos!”. Le sugerí suponer que lo había hallado por azar, que no tenía otro libro a mano y lo leyera sin más fin que leer. A la clase siguiente, la chica llegó a contarme: “¡Señor, descubrí el Lazarillo!”. Es decir, leyó lo que había escrito el autor. A mi modesto entender, de eso se trata. Apostaría a que ni Cervantes ni Balzac, ni Charles Dickens supieron nunca de motivos o intextualidades. Los componentes de ese tipo que algunos atribuyen a sus novelas no los pusieron ellos: se los encuentran otros. Uno de esos investigadores de cosas que están en una obra pero que no son la obra, hizo hace tiempo una estadística del porcentaje de veces en que cada una de las cinco vocales aparece en el Quijote. Como curiosidad, pase. Sin embargo, saber eso no le ayuda a nadie a apreciar el libro en lo que es su índole. Ni se comprenderá mejor, ni se esclarecerá ninguna duda. La pregunta nace espontánea: Si esto es leer lo que no está, ¿qué es leer lo que sí está? Quiero sugerir algunas reflexiones. El acto de escribir ficción tiene dosis de encuentro y de mentira. El encuentro creativo de ideas o imágenes con palabras se da en forma espontánea. La conciencia –la conciencia consciente, podríamos decir–  interviene muy poco. A veces ni siquiera percibe el proceso. Si me perdonan usar una figura fácil, en la obra literaria el lenguaje viene a ser un espejo de agua viva capaz de reflejar seres, lugares u objetos externos. Todos ellos asoman en la superficie y adquieren una forma que es y no es la real; que está, sin estar, en el agua que espejea. Hablar de espejo podría resultar equívoco. Vale la pena precisar el alcance de la figura. Cuando en los cuentos medievales aparecía un dragón, era un ser inexistente. El narrador lo construía, por decirlo así, de manera arbitraria. Pero sus materiales de construcción venían de su experiencia real: escamas, garras, llamaradas… En la ciencia ficción los extraterrestres suelen ser enanos verdes, con los ojos en unas especies de antenas… De nuevo: enanos, el color verde (la idea de color, incluso), ojos, antenas, ¿de dónde los saca el autor sino de lo que él ha vivido? No es, entonces, que una realidad remede a la otra. Son reales y distintas, y es esencial comprenderlo. Vivimos en la realidad real, sujetos a normas que rigen lo que llamamos mundo. En él necesitamos, por ejemplo, respirar, comer, beber. Si dejamos un objeto pesado en el aire, se cae. Si hace calor acá y frío allá, sopla viento. Las materias opacas impiden ver a través de ellas. Nacemos con una sola certeza: la muerte… En este mundo exterior a la obra de arte, no hay relojes derritiéndose, como en un cuadro de Dalí. Ni se resuelven problemas con varitas de virtud, como en los cuentos de Andersen o los de los hermanos Grimm. Tampoco es todo racional entre nosotros. Al revés. Nos rodea un espacio amplio (demasiado amplio) para lo irracional. En él caben la violencia, la injusticia, el absurdo. Y caben, curiosamente, coincidencias disparatadas que serían inaceptables puestas en una novela o en un cuento. La realidad real es múltiple, compleja, a menudo literalmente increíble, y con frecuencia, arbitraria. Además de lo racional y lo irracional contiene un seductor espacio que, para entenderlo y entenderme, yo llamo a-racional; un microclima donde existen cosas como el amor, la música, el silencio, y sobre todo, los misterios que a veces nos atraen y otras nos angustian sin que ningún discurso racional logre explicarlos. Obviamente, los habitantes de una obra literaria son ajenos a la realidad real. Viven solo en el texto, y por eso están sometidos a...

El acto de leer

Por Guillermo Blanco 1. Leer es un acto de amor. No en lenguaje figurado. Se ama lo que se conoce y se conoce lo que se ama. El ejemplo del amor humano. Un proceso sin comienzo ni fin, y sin causas racionales. Se aprende (aprehende) mejor lo que nos gusta. Ámbitos del encuentro humano: Racional Irracional Arracional En la tradición, conocer se liga a amar (“una mujer que no conocía varón” no era una que nunca hubiera visto uno, sino una que no hubiera amado, con un amor tan concreto que nacían hijos. El conocimiento literario (artístico en general) es arracional. No hay modo lógico de convencerse de que un paisaje es hermoso, o un cuadro es bello. Lo único que nos aproxima es el amor que nos provocan. Y el amor no se enseña ni se racionaliza. Hay libros sobre los guisos que aparecen en el Quijote. No agregan nada a la apreciación. Hay censos de vocales con mayor o menor frecuencia. Tampoco ayudan a comprender nada. Entender no = comprender. El que escribe, pinta, esculpe, compone, no busca que le entiendan sino que lo comprendan. Con seguridad, Cervantes no tuvo idea de lo que es un motivo central o secun-dario, probablemente nunca oyó hablar de clímax ni de deuteragonistas. Tampo-co es acusable de haber puesto un moti-vo general en una situación particular. ¿Diremos que a pesar de eso produjo una obra maestra? No: yo diría que por eso, no a pesar de. 2. Escribir es también un acto de amor. La literatura no pertenece al ámbito de lo racional sino de al de lo arracional. El papel decisivo lo tiene la imaginación: la capacidad de generar imágenes. En la mente de un novelista, por ejem-plo, surgen personajes. Se imagina una relación entre ellos. Es el conflicto. Todo esto ocurre en su imaginación, no en su voluntad. No es que él quiera contar lo que fue la dictadura: es que su sensibilidad lo lleva a imaginar ahí a sus personajes. Ingrediente clave: la libertad. Un rasgo de la imaginación es su liber-tad. No hace lo que nosotros queremos, sino –casi literalmente– lo que ella quiere. No se nos ocurre lo que nos da la gana: se nos ocurre lo que se nos ocurre. Casi podría decirse ocurre que se nos ocurre algo. No lo sucedemos: sucede. Imaginación: la loca de la casa. Sentimos cuando un autor maneja a sus personajes y los hace hacer lo que a él le da la gana. O los transforma en portado-res de mensajes. El protagonista de una novela, un cuen-to, una otra de teatro no es un recadero: es un ser humano. Nació libre porque es hijo de la imagina-ción, que es ingobernable. Ponerlo a hacer lo que el autor quiere que haga es forzarlo. Pero además fuerza la obra. Es como una programa que se pasa en la televisión y se le intercalan avisos. Eso es, en buenas cuentas, la literatura pan-fletaria. No se trata de que no tenga ideas. Inclu-so las del autor: es que fluyen natural-mente. Cada quien habla de la feria se-gún le haya ido en ella. Es distinta la visión del amor de un niño que vivió viendo pelear a sus padres, de la de otro que siempre los vio amarse. Pero el autor no pone eso: le nace. ¿Cómo construimos marcianos en la ciencia ficción: son enanitos verdes, con los ojos en unas antenas y las manos así o asá. Los construimos con los materiales que conocemos. 3.Realidad real, realidad literaria. Leer es un acto de amor y además, es entrar en un mundo sui generis. La obra literaria tiene una lógica propia. En La Ilíada y La Odisea no sorprende que actúen dioses. En un cuento de ha-das, el príncipe puede usar una espada mágica. En una novela policial, no su-frimos por el muerto. El María, un mo-mento de intensa emoción es cuando él toca el pañuelo que ella tocó. Cada obra es un mundo, con leyes pro-pias. La magia en la escena del encuen-tro, en Crónicas marcianas. Los encan-tadores personajes ociosos, amorales, bebedores, irresponsables, de P.G. Wodehouse. Cada obra tiene su lógica interna. En la realidad real, las cosas deben ser verdaderas. En la realidad literaria (artís-tica), deben ser verosímiles. Un cuadro de Picasso no es mentira. Uno de Ve-lázquez no es verdad. Nadie se moja con el agua de un cuadro ni con La tempestad de Shakespeare. Cada uno de ellos es verosímil en su ámbito. Por la primacía de la verosimilitud, en la realidad literaria se rechazan las coinci-dencias, y en la real se las recopila como curiosidades. La belleza misma es distinta en ambas realidades: lo bello de los leprosos, en Del vivir. Vuelve a aparecer la libertad: si el autor respeta la coherencia del mundo que ha creado, debe acatar la libertad de los personajes. Ellos son como son. Como a la loca de la casa se le ocurrió que fue-ran. En la realidad real no podemos detener el tiempo. En la literaria sí: basta comen-zar a leer de nuevo. Todo vuelve a co-menzar. Jugamos un poco a dioses. El autor crea seres –conviene repetirlo– libres, en un mundo que es de ellos y que él describe, más que construye. Esta creación se hace con palabras. Na-die metería preso al asesino de una nove-la policial. Sin embargo, hay personajes leídos más reales que muchos conocidos. Paradoja de Sócrates. Fue real pero su...

El amor a la palabra

Fuente: El Mercurio. Fecha: 6 de junio de 1971 Discurso de incorporación de Guillermo Blanco a la Academia Chilena de la Lengua Empezaré con un lugar común, imposible de evitar porque la verdad va envuelta en él: estimo un alto honor que la Academia Chilena de la Lengua me eligiera como uno de sus miembros de número. Me habría gustado decirlo en otra forma. De un modo penetrante, original, único, capaz de traducir con fidelidad la hondura de mi agradecimiento y de mi personal satisfacción. No me refiero al honor de siempre, no a un honor de cáscara genérico e impersonal. No hablo –y esto muy especialmente- del honor que prescribe el protocolo. Es un honor mío, vivo, intenso. Se me perdonará que supla con sinceridad la ninguna originalidad para expresarlo. Les ruego que me crean: es así. Aunque sea lo que corresponde y se estila, hay para mí en este lugar común una grande y real verdad. No sé si el rito indicará, también que debo declarar la distinción merecida. Sin vanidad ninguna, voy a omitir esa parte. Sé bien de mis múltiples vacíos en las disciplinas, las especialidades del idioma. No tengo trabajos de lingüística, de filología, de semántica, que exhibir como avales. Pero poseo, en cambio, un título, tal vez el único que en cierta forma legitime mi elección: desde muy niño aprendí a amar las palabras, a escarbar en su espíritu, a sentir en ellas. Con ese sentimiento llego, a la falta de otra credencial, a la Academia de la Lengua. Ser y nombrar ¿Por qué, cómo, de dónde nace el amor a la palabra? Al igual que en todo lo humano, una parte pertenece al misterio. Nunca sabrá por qué se me negó la música. Por qué frente a una montaña noble, al mar, a una mujer hermosa, jamás podrán botar de mí armonías. Ni quizás colores, ni las formas de la greda o la piedra o el metal. A los pocos años de edad, sin embargo, ya tendía a nombrar mis experiencias. Las contaba mentalmente a mi madre, a mi padre, a un pariente, aun amigo. Buscaba el interlocutor y le decía –antes de estar con él- lo que estaba viviendo. Mientras lo estaba viviendo. Tal vez en todos mis momentos importantes se dio esta simultaneidad de la palabra y la vida. Más que simultaneidad: era –y es hoy- una especie de co-ser, un ser lo mismo al mismo tiempo, o un no ser enteras, ni la palabra ni la vida, si no existían juntas, si una no asía a la otra y la precisaba, la definía, le daba significación perdurable, para que la memoria no fuese una simple nebulosa de imágenes anónimas. Podría decirse tanto. No sé si bastante en ejemplo. Cuando niño, al caminar por la Alameda de Talca, mi ciudad provinciana, me atraían unas flores blancas que crecían –supongo que con tenaz esfuerzo- entre las grietas de la cera de alquitrán. En algún momento supe que se llamaban corregüelas, y también supe que al saber su nombre las conocía de otro modo. Más profundo, no sólo más preciso. Había bautizado un recuerdo. Sería capaz de conservarlo hasta hoy, sin recorres esa estampa con el desamparo de no poder nombrarla. Toma de posesión Muchos años después, creo haber descubierto el significado más hondo de este acto tan simple. En un hermoso ensayo del poeta español Pedro Salinas está la clave. Dice Salinas que cuando un niño que recién aprende a hablar nombra un objeto, está tomando posesión de él. No adquiere sólo una palabra nueva: se adueña de un trozo del mundo. Y luego, al repetirla, al ver a un gato y murmurar “gato” –sin dirigirse a nadie y aunque nadie lo acompañe-, cumple el rito de reafirmación de su dominio. Posee el concepto, la imagen, lo que de ambos fluye. La idea podría llevarse más lejos, más atrás. ¿No subyace el mismo sentido en el gesto de los conquistadores de América cuando se apoderan de la geografía del continente a través de la palabra, cuando después de penetrarla, después de establecerse en ella, se la apropian –y con mayor perdurabilidad- al vestirla en la recia tela de los nombres castellanos? Hincaron su emoción primigenia, sus tradiciones , su nostalgia, sembrando nuestras tierras de Santiagos y Monterreyes, de Concepciones y Méridas, de Valdivias y Serenas. Trajeron más que sus objetos y sus personas: sus raíces de alma y carne venían en la lengua, en el nombre, y se clavaron para siempre en este suelo. La toponimia es testigo de la firme vertebración interior que a los hispanoamericanos nos da el idioma. Y al decir idioma si dice tanto. Tanto, incluso, que trasciende el hecho ya fabuloso de entendernos sin esfuerzo mejicanos y chilenos, argentinos y españoles, costarricenses y paraguayos. La lengua cala a mayor profundidad que el mero intercambio de palabras. Es el vehículo de captación del universo, el ojo con el cual la mente coge una realidad y la define. Sí, el proceso que parte con el niño se prolonga en el hombre y se expande en el pueblo. Al aprender a hablar aprendemos a ser. Y jamás puede afirmarse que uno haya terminado el aprendizaje, que ya posea -inamovible- su vocabulario. Permítanme que explique cómo entiendo esta verdad. Palabra y vida En los primeros años, se aprenden ideas concretas. Es sobre todo un inventario de objetos y seres lo que penetra en...

Lector y Lectura

Por Guillermo Blanco * “¡Se lee tan poco!” En cuanto asoma en la conversación el tema de los libros, no suele faltar quien eche el balde de agua fría: –¡Se lee tan poco! –¿Quién lee, ahora? –La juventud actual… La juventud y sus defectos son moda muy antigua. Quizá venga desde que Adán y Eva empezaron a sen­tir que ellos deja­ban de ser jóvenes y a escu­dri­ñar con estrictez los actos de sus hijos. –¡Ah, los jóvenes! –se quejan muchos adultos no necesariamente lectores ellos mismos–. Los jóvenes no leen. Otros críticos más entusiastas amplían el campo: –¡Es que hoy nadie lee! ¿Será verdad que no se lee? Según lo que uno entienda por leer. Usted des­pierta, desayuna, probablemente lee el diario. Sale a la calle, va a tomar un bus y lee para saber el que le sirve. Lee letreros de tiendas y de calles, publici­dad. Lee los pisos que marca un ascen­sor. En su ofici­na, lee pape­les, informes, cifras. Quizá traba­je en un computa­dor, y lee. O se aventura en Internet, ¿y qué hace?             Leemos resultados del fútbol, cotizaciones del dólar, precios del super­merca­do. Hay prospectos que nos interesa conocer. Otros que no, y leemos unas líneas para botarlos a sabiendas. Nombres de medi­camentos, instruc­cio­nes de uso para tal o cual produc­to, conteni­do de este, duración de aquel, adver­ten­cias… El problema no está, ciertamente, en que leamos poco. Está en qué pocos son los que leemos, entre los muchos que podríamos leer. Y, si se quiere, en qué pocos –o qué muchos– desdeñamos. Perdón: para cuáles “no tenemos tiempo”, que es la excusa consagrada. * ¿Cuáles son los pocos que se leen? Sí, es un hecho que leemos. Y un hecho, también, que no se está hablando de eso cuando se habla de lo poco que leemos. Es que hay lecturas y lecturas. Si tuviéramos que clasificarlas de algún modo, po­dríamos dividirlas en dos grandes grupos. En el primero entrarían aquellas cuyo  propó­si­to se limita a indagar ciertos datos, conceptos, informaciones que alguien escri­bió antes. Nada literario, artístico. Lenguaje y comunicación. Esas lecturas van desde el libro de filosofía hasta el manual de uso de una cámara fotográfica, y son miles. Miles de veces leemos inconscientemente. ¿Quie­res saber el precio de un pro­ducto?: lees la etique­ta. ¿Los resul­tados de una elec­ción, una confe­ren­cia de paz, o una rueda de la bolsa?: los buscas en el diario. Pasas frente a un reloj y lees la hora. Igual los letreros del tránsito. Lo haces con el piloto automático: la forma, la disposición de las palabras, el hábito, te indi­can lo que dice sin necesi­dad de una acción deliberada, ni menos de un deleite. La mayoría de estas lecturas es más bien mecánica. Equivalen, por lo demás, a las “lecturas” que hacían los hombres primitivos, o hacen aún los animales, cuando interpretan (en cierto modo, leen) indicios en su entorno. “Sa­ber leer” la huella de un depredador, la presencia del agua, el riesgo de arena movediza, puede constituir la diferencia entre la vida y la muerte. A falta de selva y signos naturales, la humanidad ha creado una enorme cantidad de avisos, advertencias, que nos ayudan a mantenernos vivos o a vivir mejor.  Estas lecturas responden, con mayor o menor intensidad, a un para qué con­creto. Busco algo: interrogo a lo escrito (igual que mis ancestros olfateaban el aire o escru­taban la espesura). La tenta­ción sería llamarles lec­tu­ras úti­les. Pero eso –por simple oposi­ción– situa­ría a las otras en la ca­tegoría de inúti­les, lo cual sería falso. Más exacto sería lectu­ras de utili­dad inme­diata, o direc­ta. O, en términos algo rebuscados, lectu­ras prag­má­ti­cas. Despidámosnos de ellas, por ahora, y pasemos al otro gran grupo, que es del que se habla cuando se habla de que se lee poco.   * ¿Y qué nombre le pondremos? Sí: ¿qué nombre le pondremos a este grupo en que, o se lee para nada o se lee para un  algo que es difícil precisar, o que tememos precisar, porque podríamos destruir su hechizo. Sería fácil, y no injusto, referirse a ellas como Lecturas Desinteresadas, siem­pre que entendamos que aquí el desinterés no es falta de interés. El factor desinterés es importante. Hay padres de familia que toman a sus hijas clases de ballet “para que tengan buena figura y se muevan con gracia”. No es ese el ser del ballet. Esbel­tez y soltura podrían considerarse –a lo bestia– subproduc­tos. La índole de la danza es armonía de forma y sonido, de músi­ca y movimientos; esa complicidad maravi­llosa entre el arte y la figura humana. En otras palabras, no es gimnasia reductiva. Y una de las cosas que distinguen a los ejercicios de adelgazamiento de la danza es el desin­te­rés. O un interés distinto. Digámoslo, a riesgo de que haya quien no entien­da: un interés desin­te­re­sa­do. Como el del amor, por lo demás. Cuando alguien se enamora de alguien, no iremos a negar que ese alguien le interesa. Pero no se interesa en él, o en ella, por causas razo­na­das, como las que obran en el caso del ba­llet y los papás utilitarios (“To­mé­mosle clases, a ver si baja unos ki­los”). El amor no sólo no es razonado: a veces, ni siquie­ra es razo­na­ble. Casi nunca tiene causas, en el sentido tradi­cio­nal y prácti­co de la pala­bra. Aunque suene a para­doja, sería absurdo que la gente tuviera razones para enamorarse. No. Se enamora por...