Revista Aisthesis, Santiago, 1971
Curiosa coincidencia: Aisthesis me pide testimonio de mis lecturas mientras preparo una mudanza. Mientras cojo uno a uno los libros que leí, y me han hecho en buena parte ser quien soy. Los que aún no leo, y que me esperan o yo espero. Los guardo en cajas, los caratulo. Trato de ser con ellos lo que nunca fui: sistemático. “Españoles”, les pongo. “Ingleses”, “Ensayo”, “Historia”. Pero hay en el proceso entero una rotulación diversa. Un íntimo recorrer — re-recorrer— de instantes, de personas, de lugares. Aquí encontré el amor, acá la duda. Acá el amor, de nuevo. Y allá. Aquí empecé a entender a España, a Dios hasta donde es posible. Y los personajes, y los conflictos, y…
Tratemos de ordenar. Caratulemos.
Mi primer libro fue un Ivanhoe, de la Colección Araluce. No era el de Walter Scott, sino un resumen. Difícil recordar si bueno o malo. Imposible olvidar que, leyendo, sintiéndome capaz de atravesar tantas páginas, me graduaba de algo. Vivía en Talca, en ese tiempo. Y muchas tardes las pasé en la biblioteca de mi abuelo. Mi abuelo era un hombre reposado, de hablar tranquilo y de pensar profundo. Escribía unos versos al estilo de ese tiempo, que tal vez no valgan, pero valen tanto. Español, rimó su amor a Chile. Mi madre me ha contado que, cuando llegaba alguna notabilidad a Talca, era él quien la presentaba en el Teatro Municipal. Y él quien —cada Doce de Octubre— pronunciaba unas palabras que, al revés de los versos, se perdieron para siempre.
Su biblioteca era como él. Había paz, invitación. Unos muebles muy sobrios y unos libros muy hermosos: La Divina Comedia ilustrada por Doré, la Biblia, Lope, Calderón: los clásicos. Y junto a ellos, ese inefable Madrid Cómico, el semanario en cuyas páginas la España ochocentista —derrotada, pero no vencida— reía del desastre de 1898 en las caricaturas de don Ramón Cilla. Mi abuelo murió ocho años antes de que yo naciera. Pero lo conocí. Lo conocí tan bien. Y ahora, en 1971, estaba guardando su alma en las cajas de cartón de la mudanza. Su inquietud por la historia, el drama, la novela. Su sed de saber, también, quizá, desordenadamente, como el nieto que no vio pero lo ve.
Heredé algunos de sus libros: lo heredé a él, entero. Podemos conversar. Me dice, desde los lomos, que es grande Quevedo. Me convida a charlar con sus amigos. Sus antepasados de la otra sangre: Cervantes, Tirso, Alarcón, Tirteo. Y de pronto algunos no tan grandes, algunos que —como sus palabras del Doce de Octubre— murieron con su época. Selgas, en parte Campoamor. Sonrío. Le digo con ternura:
—No, gracias.
Y pienso que él, también libre de modas, quizá responda “no, gracias” a mi Cortázar, mi Graham Greene, mi… Duele imaginarlo, pero mi abuelo y yo nos entendemos.
Sigo guardando. Acaricio. De vez en cuando, hojeo. Mi mujer se ríe.
—Así no vas a terminar nunca.
Sabe que sí, que voy a terminar. A mi manera. Y me la acepta, porque sabe que no hay otra manera. Que sería imposible embalar libros de otra forma. No los míos. No yo. Bendita ineficacia que me llena la pieza, el aire, de presencias fabulosas.
Hablaba de Ivanhoe. Después, ¿qué fue? Tal vez, con intervalos, don Benito Pérez Galdós. Ah, esos Episodios Nacionales. Cómo viví en ellos una etapa de la historia. Cómo ese pueblo irritado hasta la furia por la invasión francesa me vacunó para siempre contra el virus de Napoleón. Más tarde solo se trató de confirmar. En otros libros y otras lecturas, era lo mismo. No podía aceptar ni —puedo— la “grandeza” de un imperio que se edifica sobre la tropelía y la muerte. Jamás vi limpia la corona de Napoleón, ni caí en el garlito de sus “glorias” asesinas.
Gracias, don Benito. Y gracias, Goya por ratificar a don Benito en Los horrores de la guerra”, esos grabados tan confusos y tan claros, tan desgarrados y elocuentes y comprometedores, dibujos escritos en un glorioso y vivo castellano. Platero y yo fue otra experiencia. La hermosura del idioma, el sentir tan bellamente, el escarbar tan hondo en el alma de un hombre transferida —por vía del amor— a un burro. Cómo me iba encontrando. Cómo hallaba, en Platero, a mis animales. Los perros que conocí, una cabra que tuve de niño. El viejo caballo que en el campo nos prestaban a los más chicos, porque era viejo, porque era manso, y que una tarde desapareció rumbo al Matadero.
No sé si se me entiende: era la vida encontrándose con la literatura. Eran las dos haciéndose una. Era lo que viví fundiéndose con lo que leía y con lo que seguiría viviendo, leyendo y hasta escribiendo. Juan Ramón Jiménez me hizo ciudadano de Moguer.
Saltemos, saltemos: sigamos adelante. A la adolescencia. ¿Dieciséis, diecisiete años? A una edad como esa, con todo mi ser en los poros, viví a Knut Hamsun. Victoria, Hambre, Tierra Nueva, ¡qué hallazgos! Qué mundo el de Knut Hamsun. Y qué tensa, dramática identificación con sus personajes, tan distintos de mí y a pesar de eso —o por eso— tan abrumadoramente idénticos. Pensaban y hacían locuras. Yo las pensaba sin atreverme a ir más allá. Sin cortar el cordón umbilical. Pero en el fondo no importaba.
Cambió el punto de vista. La experiencia no variaba quizá. No el acto. Sí el juicio. O sea, la experiencia variaba. Experimentaba otra cosa al experimentar lo mismo. Podré aprender mucho sobre el amor: jamás dejará de estar allí la raíz que en mí echó Victoria. Haciendo una frase nerudiana, “amé el amor de Victoria”, su dolor bueno, su nobleza.
Y desde Victoria salí a buscar mi Victoria. Habría tanto que agregar de Knut Hamsun. En él conocí a Dostoiewski, que dicen que lo influyó. Que dicen que era más grande. Tal vez. No hace falta negarlo, ni discutirlo. Basta confesar con humildad: apenas en algunos momentos lo he vivido como a Knut Hamsun. ¿Cuestión de tiempo, de oportunidad, de azar? Sin duda. Tan pocas cosas no dependen del tiempo, de la oportunidad, del azar.
Y luego Gabriel Miró, el indescriptible. Indescriptible porque se lo siente sentir el idioma. Escribir acariciando cada palabra. Y ya decir esto es precario: cada palabra. Pero es que las palabras tienen alma: no son solo la musiquita, el sonido. Miró sentía el objeto, el ser—¡y se sentía él mismo! — en el acto de nombrarlo hermosamente. Cómo construye, de qué modo ama al anotar sus frases. Imposible no evocar el Génesis: a Dios amando y nombrando, amando al y en el nombrar: todo junto, inseparable.
Objetan que no fue un buen novelista, y Ortega —esa otra torre— lo demuestra por sobre cualquier objeción. Conforme. Es cierto. Sus relatos, con pocas excepciones, padecen de lentitud. El mismo amor los atasca. Conforme. Pero tampoco Ortega negaría que Gabriel Miró escribió el más bello, el más hondo castellano. Y algunas narraciones eficaces. Recuerdo “Del vivir”. Es una historia de leprosos. Transcurre en Parcent, un pueblo pequeño de Levante, donde los apestados sufren sus dos llagas. Alma y cuerpo. Lo leí con una exaltación, un entusiasmo, una alegría física incluso. Y luego me hice la pregunta:
—¿Por qué? ¿Por qué, si lo que muestra es mugre, laceria, asco? ¿Por qué gozo, por qué cierro las tapas con ganas de volver a abrirlas, con la impresión de una enorme limpieza?
Sin saberlo, sin sistema, sin estética, acababa de descubrir el goce estético. No venía en el tema, venía en todo el resto. Queda tanto. En el fondo, podría escribir muchos libros sobre mis libros. No crítica. No análisis: vida. La autobiografía de las lecturas puede ser más dramática —y más “vida”— que la otra. Hemingway, García Márquez, Huxley, Greene, Unamuno, Platón, son tanto más personajes del ser uno mismo que las personas con quienes nos cruzamos.
—¿Dije Platón?
Platón fue quizá el más fabuloso novelista, y Sócrates el más grande personaje literario de todos los tiempos. Sí, existió. Sí, habló. Sí, pensaba. Sí, murió, antes de Cristo, la muerte de Cristo. Pero ¿qué fue? ¿El enemigo de los sofistas, el más grande de ellos, o ambas cosas a la vez? ¿Quién era este preguntón inagotable? ¿Un profeta, un cínico de increíble astucia, un profeta cínico de increíble astucia? ¿Un mártir de su convicción? ¿Un desvergonzado que llevó su insolencia hasta el martirio?
Esa es la maravilla: leer a Platón, oír cómo nos cuenta a Sócrates y no saber de este nada definitivo. O sea, saber lo esencial. Qué es un hombre, que por eso no cabe en definiciones, que su “mensaje” es tan potente que resulta intraducible, inasible. Es la vida. En la literatura y en la realidad. No: yo me di mi respuesta. Forjé una imagen de Sócrates. Pero sabía que era mi imagen, y punto. Que debía respetar otras. Que cabían otras. Sócrates me hizo ser cristiano antes de serlo. O después, pero mejor.
Y cuando vino Cristo, la había pasado por mí a través de Platón, pagano, y en el pagano Sócrates el imprescindible Juan Bautista. Sócrates, que no escribió una palabra —¿por humildad, por satánico orgullo? —me llegaba en los libros. Latiendo. Siendo. Tuve buenos maestros de carne y hueso. Inolvidables algunos. Ninguno tan tangible, tan metido en mis huesos y en mi carne, como él.
Y ahora —¡ahora! semicalvo—, semicano y cuarentón, descubro a Unamuno. La aventura de seguir su pensamiento, su ira generosa, su pasión hecha idea. Verlo pensar en castellano. Sentir que, a diferencia de Platón, es un novelista desastroso, pero un gigante del ensayo. Ensayo: tanteo, búsqueda, filosofía-no-filosofía, el desgarro del mundo hecho palabra: “Me llega al alma el oír decir una tontería a un prójimo, y quisiera ir a él y quitarle esa tontería de la cabeza”. ¿No es, acaso, el tábano socrático, dispuesto a picar, a insistir hasta el martirio? Pero no: no hay tiempo de comentar a Unamuno. Se cumple aquí, por fuerza, el mandato de León Felipe, que otras veces se cumplió por instinto o convicción: “Pasar por todo una vez, una vez solo y ligero”. No era superficialidad en el poeta: era el deseo de descubrir, descubrir, descubrir, sin rutina: “Ser en la vida romero, romero solo que cruza siempre por caminos nuevos.” Y luego: “Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo/ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos/ para que nunca recemos como el sacristán los rezos/ ni como el cómico viejo digamos los versos”.
Pasar por todo una vez, y que esa vez sea invariable, vitalmente, primera. Es, casi, un milagro. He releído por primera vez Victoria, de Knut Hamsun, siete, ocho veces. Y cada lectura es nueva, cada encuentro el inicial. ¡Está escribiendo delante de mí, no se le seca la tinta, aunque pasen años! Knut Hansun, Gironella, Quevedo, ¡cómo no se mustian! Con qué lozanía “empiezan” a hablarme en cuanto abro las tapas de algunos de sus textos. Directo, al oído. Ni al oído: al corazón, no sé, a las entrañas. ¿En qué está? ¿Y en qué está que, de cuando en cuando, con otros autores, eso se pierde?
María se marchitó, no sé si hasta nunca o hasta otra juventud. La magia se escapó de las palabras. El espíritu se desvaneció de la letra. Se des-vaneció: se hizo vano: vacío. Apenas sí queda el concepto, como un resto de carne apegado al esqueletos raro.
Y es raro, a la inversa, cómo la mayoría de los libros guardan el soplo aun cuando no los abra. Basta observar sus lomos para palpar el latido. Eugenio D’Ors lo ha dicho tan bien. Se refería a no sé qué biblioteca, excesiva para alguno de esos prácticos que nunca faltan. Y el ensayista le replica en una amable glosa: “L’aigua no sols es H2O/es H2O i una cançó”. En castellano: “El agua no solo es H20: es H2O y una canción”. Resulta casi un milagro, pero en la misma frase está su verdad. Traducido a nuestro idioma, algo se pierde, ¿no es cierto? Hace falta la música del catalán para que los versos adquieran su “cançó”. La “cançó” de una biblioteca es el contexto: lo que acompaña a los textos. Lo que flota desde ellos y entre ellos. Lo que penetra en uno apenas se asoma con cierta, cierta calma.
Aunque sea para encajonar volúmenes. Detrás de un lomo —yo sé— está ese poeta babilonio del siglo XII antes de Cristo—, que se lamentaba porque ya no había temas nuevos por tocar. Y luego, cada lomo una tribuna: la humanidad le responde por boca de Esquilo y Shakespeare, de John Donne y de Rodrigo Caro, de Neruda y T.S. Eliott. Quedan temas. Hay tanta vida en una biblioteca. Tanta H20 y tanta, tanta “cançó”.