Julio de 1983
No puedo dejar de comenzar estas palabras proclamando, y celebrando, mi buena suerte. Buena suerte, en primer lugar, por haber llegado a pertenecer a la Academia Chilena de la Lengua sin buscarlo, tal vez incluso sin atreverme perpetraron mi elección. Buena suerte, buenísima, porque al incorporarme, hace ya más de doce años, me recibió un valioso amigo y maestro ejemplar: Roque Esteban Scarpa, nuestro actual director, o presidente, o director-presidente, que en eso de los títulos, a veces es preferible tirar a la bandada.
Buena suerte también, quizá, porque continúo siendo miembro de número a pesar de haber dado muestras fidedignas de tenacidad, ya que no para otras cosas, para la inasistencia a sesiones.
Tanta fue, de hecho, esa tenacidad, y tan palpable mi ausencia durante el último tiempo, o penúltimo para ser justo, que no han faltado lenguas (¡y cómo habían de faltar, en su academia!) según las cuales en un principio surgieron serias dudas sobre quién recibiría hoy a quién: si yo a Roberto Guerrero o Roberto Guerrero a mí. Lo cual, supongo, introdujo un saludable toque de suspenso en los trabajos habituales de la docta corporación.
Pero no he terminado aún de hablar de los aspectos venturosos de mi pertenencia a ella. Por el contrario, me atrevo a pensar que el acto en que ahora nos encontramos, y el papel que me corresponde desempeñar en él, pueden considerarse como una hermosa coronación de aquella buena suerte a la cual he aludido. Coronación y rebalse, desborde conmovedor de privilegios.
Para explicar por qué, deseo invitar a ustedes a un doble retorno a la inocencia o, si lo prefieren, retorno a una inocencia por partida doble. Me gustaría que me acompañaran a retroceder, yo con la nostalgia y ustedes con la imaginación, al año 1935, que fue cuando conocí a Roberto Guerrero, ahora mi admirado y querido colega y por entonces algo muy terrible que se llamaba Profesor.
Yo acababa, casi, de llegar desde Talca, la metrópolis donde nací y me crie. Talca era en esa época una ciudad tranquila, de calles íntimas, donde hasta en el último de los rincones alcanzaba a sentirse olor a campo. Había lecheros que iban a caballo ofreciendo, no polvos ni untos, sino leche auténtica, a menudo tibia todavía con la tibieza de no menos auténticas vacas. Y uno podía ver cómo amasaban pan a la vuelta de la esquina, o caminar por las orillas del inmenso río Claro olfateando la identidad del agua o perdiéndose sin riesgo en los arbustos ribereños. Ah, sí, y caminar por la Alameda o jugar en sus anchas platabandas con los amigos, como si fuera un gran patio exterior.
Es cierto que no todo era perfecto: también teníamos que ir a clases. Ya a los seis años, mis padres me matricularon en el Colegio San Tarcisio, que regentaban (por no decir arrullaban) dos estupendas señoritas: Matilde e Isabel Insunza. La señorita Matilde, además de directora, era profesora de tercera y cuarta preparatorias. La señorita Isabel tenía a su cargo la primera y la segunda preparatorias.
La señorita Isabel era mayor que su hermana, muy blanda de carácter y le costaba terriblemente decir: “Guarden silencio” o bajar del bondadoso cinco en las calificaciones. La señorita Matilde era estricta. O sea, se atrevía a pedirnos que no molestáramos en exceso, y a veces llegaba a poner un cuatro.
De este panorama idílico, al que mi nostalgia aportará algo, pero juraría que no mucho, pasé a Santiago. Santiago era menos importante que Talca, claro, pero más grande, más bulliciosa. Llena, nos parecía entonces, de autos y unos buses que se llamaban góndolas, y carros, y gente, y unos cuan tos edificios altísimos, como de diez pisos algunos. No muchos todavía, pero imponentes. Y nada de olor a campo; y lecheros modernos, con carretones y todo. Una urbe.
Santiago fue para mí el nombre de diversos miedos. Miedo a una individualidad que se perdía, a una paz que se alejaba, a una muchedumbre que se venía encima. Y, sobre todo, en aquellos días, miedo concreto al inevitable cambio de colegio. La palabra Profesor, así, en masculino y con mayúscula, había sido en Talca algo que les sucedía a otros, igual que la viruela o la orfandad o la peste bubónica. Allá, los alumnos del Liceo Blanco Encalada, los pobres, tenían profesores, en masculino, y no suaves señoritas. Y el Liceo estaba sugestivamente cerca de la cárcel. Algo habría.
En esos tiempos remotos existía un refrán según el cual “no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague”. (Ignoro cómo habría que traducirlo ahora; si lo de plazo a metas, subrayar lo de no se cumpla, y lo de deuda pasarlo a cartera vencida).
Pero no renegociemos. Por entonces, ya digo, vivíamos en una época inocente, y los plazos solían cumplirse, las deudas eran para pagarse e incluso era honroso hacerlo: imagínense. Y así, no habiendo plazo que no se cumpliera ni metas con que emborrachar la perdiz, llegó un 12 o 13 de marzo, y era el año 1935, y yo cruzaba con piernas temblorosas la abrumadora puerta del Instituto de Humanidades Luis Campino, metido entre millones (me pareció) de alumnos, la mayoría de más edad que yo, algunos menores, ninguno más tímido, y muy pocos, si los había, más pavos.
Me habían asignado a la tercera preparatoria B. Y, claro, lo primero que hice fue equivocarme y meterme en la sala de la tercera A. Por supuesto que no “caí” hasta que el profesor pasó lista, preguntó si le había quedado alguien sin nombrar, yo susurré que a mí me… Y él… En fin: terminé entrando en la sala que correspondía, lo cual significó repetir, considerablemente aumentado, el susto que acababa de pasar. Porque ahora no solo era “pajarito nuevo” (tan nuevo, y tan, tan pájaro), sino que aparecía allí con cierto grado de espectacularidad por mi atraso y mi violento rubor. Y porque cuando llegué, ya a todos los demás les habían asignado sus bancos, daban la impresión de conocerse desde siempre y, para colmo, se habría dicho que no tenían por el momento otra cosa de qué ocuparse que no fuese mirarme.
Me recibió un muchacho extremadamente joven, que vestía terno gris claro con listas. Supuse que sería de esos alumnos de los cursos superiores que hacían las veces de guías para los novatos. Uno de ellos acababa de conducirme casi hasta la puerta misma de la tercera B, y solo mi insobornable sentido de la desorientación me había permitido desviarme.
Pero no: este no era alumno. Era el profesor. No me dio mucho la sensación de Profesor, con mayúscula y en masculino. Aparte de su escasa edad, distaba de corresponder a esa imagen que, desde la paz acogedora del Colegio San Tarcisio, nos forjáramos respecto a los profesores de quienes eran víctimas nuestros coetáneos en el Liceo Blanco Encalada. No tenía excesiva pinta de “estricto”. Estricto era de esas palabras misteriosas que constituían el vocabulario de la opresión adulta. Recuerdo que, desde el puro punto de vista fonético, a mí me sonaba bien, y hasta encontraba cierto agrado musical en repetirla. Estricto. Tenía aristas, no sé, armonía. Sin embargo, también infundía miedo.
Roberto Guerrero no me lo infundió en aquel momento inicial. Fue amable, comprensivo, trataba cordialmente de ayudarnos a sobrevivir —y ojalá en buenas condiciones— el drama que para tantos niños es su primer día de clases. Creo que él se estrenaba como maestro, igual que varios de nosotros nos iniciábamos como alumnos en un colegio de veras. Y a lo mejor no dejó de experimentar su propia dosis de temor.
Cuando volví a mi casa, había ansiedad. Para entenderla, conviene anotar que ya en esa época yo practicaba un hábito que aún hoy me acompaña: era hijo único. De modo que no representaba un mero interés académico la pregunta:
—¿Cómo te fue?
Hice un breve balance interior. El susto que pasara venía en el presupuesto, dada mi timidez. La confusión de salas de clase (mi desclasamiento) se había repetido en una sola oportunidad aquel día. Y todavía no empezaban a pasarnos materia.
—Bien —dije.
—¿Y qué tal el profesor?
—Estricto, pero buena persona —contesté, repitiendo lo que desde mi rinconísimo rincón le escuchara a un compañero en el recreo.
La verdad es que en el Instituto de Humanidades de aquellos tiempos imperaba una suerte de estrictez ambiente, una ecología de la severidad, y Roberto Guerrero, por el simple hecho de sentarse sobre la tarima, aspiraba, respiraba e inspiraba adustez. No le era necesario ejercerla: estaba ahí, en el aire.
Antes de explicar en qué consistía este problema de contaminación por el rigor, debo declarar que muy pronto yo me encariñé con el colegio, y que este cariño permanece y es profundo. Pero no es tan ciego como para no percibir que cometían errores con nosotros. La disciplina, por ejemplo, solía entenderse poco en alguna de las primeras acepciones que nos da el diccionario: “Doctrina, instrucción de una persona”; o bien: “Arte, facultad o ciencia”; o incluso: “Observancia de las leyes”, etcétera. Más a menudo tendía a la cuarta acepción: “Azote”.
Por favor, no es que nos azotaran en el sentido físico. Es que se hacían mayores esfuerzos para avasallar que para desarrollar nuestra personalidad, o así lo sentíamos nosotros. Nos obligaban a formar filas al ir a la capilla, entrar a clases, al salir del colegio. Filas, filas, filas…
En el ramo de gimnasia hacíamos escasa gimnasia: nos formábamos, de nuevo, y evolucionábamos por el patio practicando una serie de giros y algo que tenía nombre religioso pero no lo era: conversiones. Conversión a la derecha, conversión a la izquierda, con compás mar, alto…
Quizá deba agradecer a estas experiencias involuntariamente vacunatorias el fortalecimiento en mí de una inclaudicable vocación civil, y también el nacimiento de mis primeras rebeldías. Yo era un bicho raro: me gustaba que me dieran razones. Prefería eso a que me mandaran. En mi casa, la discusión era un hábito, y se lo cultivaba a la española, con fuego, libertad, fuego, lógica, fuego e inmoderado deleite. Y acá, en el colegio, querían enseñarnos a obedecer, frecuentemente sin aclarar causas o motivos.
Roberto Guerrero estaba en el sistema, pero no era del sistema. Debía mantener ese riguroso “orden” que se le exigía mantener, y que mantuvo ciertamente; pero nunca, que yo recuerde, rechazó entrar en debate con sus alumnos. Su autoridad era de las auténticas, y no consistía en evitar el diálogo sino en abordarlo con inteligencia, respeto y equilibrio. Jamás temió a explicar por qué nos ordenaba tal o cual cosa o por qué no nos permitía tal otra.
Ah, Roberto Guerrero fue siempre un magnífico explicador, y quizá cueste encontrar algún testigo más fehaciente que yo de su admirable, casi instintiva, capacidad pedagógica. Porque, debo reconocerlo, tuve el privilegio de experimentarla incluso en situaciones de conflicto. Mejor: a lo largo de un prolongado conflicto subterráneo entre él y yo, que duró lo que su calidad de profesor mío en el Instituto.
¿Origen de este conflicto? Una especie de capricho suyo, bastante peregrino me atrevería a decir, con el mayor respeto. Se le había puesto entre ceja y ceja que, además de ir clases y de atender en ellas, además de hacer ciertas tareas, además de todo eso, ¡estudiáramos! A mí, aquello me parecía excesivo, entre sádico y barroco, y aunque nunca le reproché explícitamente su inmoderación, opuse a ella toda mi precoz capacidad de resistencia pasiva.
Me ayudaban unas cuantas cosas. Desde la tarima, por ejemplo, debo de haberme visto como un alumno poco menos que modelo: vívida imagen del mateo, permanecía inclinado sobre el cuaderno, lápiz o pluma en mano; tomando apuntes, pensaría Roberto Guerrero: pintando monos era la estricta realidad. Además, seguía siendo pavo, y en los colegios suele tenderse a establecer una identificación implícita entre aplicado y pavo. Pero, lo más importante: muchas veces yo sabía la materia, por haberla aprendido oyendo la clase.
Es que Roberto Guerrero posee ese don supremo de un maestro, que es llegar, llegar de veras, no solo a la memoria sino también, y sobre todo, a la inteligencia del alumno. Entendíamos lo que nos enseñaba, nos lo apropiábamos imperceptiblemente. Incluso yo, que recibía sus enseñanzas entre los monos que salían de mi clandestina inclinación artística.
Hay que ver cómo enseñaba Roberto Guerrero, cómo nos sigue enseñando, en la memoria, a los que alguna vez fuimos acompañantes suyos en la exploración de la palabra humana. Qué cordial tenacidad la suya, qué auténtico amor por cada tema. Se ponía al nivel nuestro, y para adentrarnos en el arcano de la gramática recurría a imágenes, como la del chofer que se quedó sin taxi. Después de oír la historia, quién iba a olvidar la sintaxis. O el caballero del tongo, que hacía malabarismos ilustrativos con él, en beneficio nuestro: “Me lo saco y me lo pongo” era el diptongo; y “Me lo saco, me lo quito y me lo pongo”, el triptongo.
No era solo cuestión de nemotecnia: era, en especial, una especial pasión de transmitir, o de ayudar a descubrir el saber. No los conocimientos; el saber, que pone al ser humano en algún peldaño hacia la sabiduría. Las partes de la oración, sí, se estudiaban, pero antes, por encima de eso, Roberto Guerrero nos contaba qué significaban, cuál era realmente su sentido, y cuál su lógica interior. Nos ayudaba a hacerlas parte de nuestro ser.
Uno es capaz de aprender ciertos ejercicios corporales y de practicarlos y, cada vez que lo hace, tiene conciencia de que lo hace. Usa su cuerpo igual que si operara y una maquinaria. Yo puedo declarar que básicamente toda la gramática que sé, la sé a través de Roberto Guerrero, de quien la recibí por una especie de osmosis, pues fui mediocre alumno suyo. Y no la adquirí como quien aprende a realizar los ejercicios esos, sino como quien adquiere un modo de andar, que es hijo de genuina experiencia, no de relativa ciencia, y que una vez adquirido le es propio, forma parte de la propia identidad y lo acompaña para siempre, sin esfuerzo y como algo natural y simple.
Esto ocurrió entre aquella tercera preparatoria que comenzaba el 12 o 13 de marzo de 1935, y el tercer año de humanidades, que terminó a mediados de diciembre de 1940.
Durante esos cursos, porfiadamente traté de retratarlo. Era uno de los temas de mis dibujos clandestinos. Debo reconocer que nunca logré darle el parecido suficiente ni siquiera para merecer castigo por faltar el respeto a un profesor. Era (y es, me temo, hoy que trato de retratarlo a través de las palabras) un rostro para mí incaptable. No: irreproducible.
Porque de veras lo recuerdo, y no es ahora muy diferente de entonces. Claro, se le descubren algunas canas y quizá algunas arrugas, respecto a las cuales tal vez me quepa una cuota de responsabilidad. También algunos kilos que no estaban, y sobre los que proclamo mi inocencia. Pero en el resto, es el mismo: los ojos negros y jóvenes, la mirada joven, el pelo irreductible en su tiesura, la voz que acompañó algunos de los mejores momentos de mi infancia.
Ocurrieron muchas cosas en el período que abarcó mi amistad con Roberto Guerrero. Se fue estableciendo, diría yo, una relación… doméstica entre el maestro y su curso. Vivíamos largo tiempo juntos, porque él nos enseñaba la mayor parte de los ramos hasta la quinta preparatoria, y luego fue nuestro inspector, no solo nuestro profesor de castellano. Lo vimos en momentos buenos, regulares y malos. Lo vimos alegre y quizá, sin percatarnos, también lo habremos visto triste.
Recuerdo que en ocasiones se le ocurría leernos algo, porque sí, que es el mejor motivo para leer. Podía ser una novela, que nos daba por entregas, o un poema de Federico García Lorca:
El lagarto está llorando,
la lagarta está llorando,
el lagarto y la lagarta con delantalitos blancos…
Empezábamos a tomarles cariño a las lecturas, al comienzo solo por una razón algo ramplona: no eran materia de estudio. Después descubríamos en estos textos atisbos de belleza, o de humor, o de suspenso, intriga. De vida. Uno que otro de esos libros pertenecía al orden abominable de las narraciones edificantes, y debíamos seguir las peripecias de unos muchachos más bien heroicos, inflexiblemente virtuosos, valientes, nobles, que nos habrían repugnado sin atenuantes si no nos ayudaran a capear clase.
Recuerdo los versos de Vital Aza, donde figuraba “Un doctor muy afamado, que jamás cazado había”, u otros sobre una perra vieja, vieja, que salió a acompañar a unos cazadores (más cazadores), en busca de un jabalí, Y cuando ninguno de los miembros del equipo joven de la jauría logró seguir la pista de la fiera, alguien, a la desesperada, recurrió a la pobre perra chuñusca, y esa venerable anciana, achacosa como estaba, endeble y quebradiza, esa pobre que se caía a pedazos, “tampoco cazó al jabalí”.
Final wagneriano para nuestro toscote sentido del humor
Después de salir del colegio, durante años me he empeñado en encontrar el texto de otro de aquellos poemas: “El eco y el borracho”. Ratoneé en mil librerías de viejos, compré no sé cuántas de las sabrosas obras de Vital Aza (entre ellas, Pamplinas, Bagatelas, Frivolidades, Todo en broma) y nada: no venía ahí “El eco y el borracho”. Mal podía venir. Hará un año, o menos, el azar me lo puso entre las manos. No era de Vital Aza, claro, sino de Francisco de Añón.
Usted tiene que acordarse, don Roberto, del pobre Antón ese, que llega zigzagueando por la acera de un convento con más copas de las que conviene, y exclama:
—¡Qué noche oscura y brumosa!
¡Y qué acera resbalosa!
(Tropieza, cae).
¡Cuidado!
—¿Quién se cayó?
Y el eco responde:
—Yo.
—¡Mientes!, fui yo que caí y si el casco me rompí tendré que gastar pelucas…
—Lucas.
Y así. Nos partíamos de la risa con las contestaciones que daba el eco cada vez que terminaba una frase del intranquilo Antón. Con todos los años que han pasado, sigo creyendo que Francisco de Añón hizo una verdadera obrita maestra de ingenio en ese diálogo. Digno de Vital Aza.
De este modo, creo que sin darnos cuenta, aprendíamos a amar la lectura, tomándola por el lado grato. Platero y yo fue una experiencia mucho antes de ser “materia”. Una experiencia real, profunda, con huellas. O Los motivos del Lobo, o ese inolvidable Boy, de Luis Coloma.
Nada de desmenuzar una obra para explicarla por sus componentes, como quien asesina, abre el cadáver y comienza a extraer del muerto vísceras muertas, mientras diserta: motivo central, motivos secundarios, clímax… Pero, ¿y dónde está la vida? ¿Y la magia? Alguien dijo que la semilla no explica la flor. Tampoco el inventario explica la obra. Lo valioso muere en la arqueología de las partes, que hoy se inflige con tal encarnizamiento a los muchachos.
No, Roberto Guerrero iba a la vida de lo escrito. Amaba y ama las palabras en su sentido profundo, en sus múltiples dimensiones: musical, semántica, poética… en su sentido humano. No se ha perdido ese amor suyo: lo contagió con la generosidad con que contagian los maestros cuando enseñan.
Hay una diferencia clave entre un maestro y un domador de niños o jóvenes. Con mucho afecto, yo le critico al Instituto de Humanidades de aquel tiempo el haber estado diseñado prioritariamente para la doma de voluntades. A cada paso, invirtiendo el aforismo jurídico, se nos suponía culpables (no sé de qué, ¿de existir?), y debíamos probar nuestra inocencia. Los niños, ¡probando su inocencia!
¿Qué salvaba al Instituto? Lo de siempre: que las personas son más fuertes, en definitiva, que las rigideces y los “órdenes”. La bondad de los profesores rebasaba a menudo la dureza del reglamento.
Roberto Guerrero fue estricto, ¿cómo negarlo? Había que aprender, en ese clima. Y sin embargo, es curioso… Yo le tenía miedo. Creo que él lo sabe. Me costaba atreverme a hablarle, fíjense, aunque me imaginaba que él estaba muy dispuesto a oírme. En una ocasión, fuimos a excursionar por el cerro San Cristóbal y nos sorprendió la puesta de sol. El me llamó (no me dijo: “Señor Blanco”, como se estilaba; me dijo: “Ven”) y me mostró el espectáculo y me preguntó qué me parecía, o algo así. Yo me puse más rojo que el sol y contesté alguna imbecilidad como:
—Bonito.
Y nada más. Cada cual siguió en su propia soledad.
Sin desmedro de su justicia (era terriblemente justo), llegué a sospechar por momentos que hasta, hasta, me tenía una cierta “buena barra”. Ah, pero qué miedo me producía. Qué indeseada distancia.
Reflexionando sobre esto, ahora, tantos años después, y ya por fin sin miedo, llego a pensar que ese sentimiento mío, que convivía con el amor y la admiración, se asemeja a uno de los misterios de la fe: el temor de Dios. Uno teme y ama a Dios, y amor y temor no son allí enemigos. Quizá el temor sea una forma de abismarse en la grandeza, un reconocimiento de que la distancia existe, pero no es insalvable ni tampoco se desea mantenerla.
Podrá extrañar, en alguna forma, este discurso “académico” tan poco académico, tan desprovisto de datos, tan testimonial y subjetivo. No es error mío. Ni es (ahora no, don Roberto) flojera para cumplir con la más difícil de mis tareas en relación con usted. Es que tengo el convencimiento de que, cuando se habla de un maestro, una parte esencial de su biografía es la que se prolonga en el corazón de los discípulos.
Después del tiempo transcurrido, me costaría imaginarme a mí mismo sin la experiencia de Roberto Guerrero. ¿Cómo sería, qué yo sería? No sé. Sé que distinto. ¿Habría escrito las mismas cosas? ¿Habría escrito? ¿Qué habría leído? ¿Habría vivido los libros que he leído? No sé, no sé. Creo que sí, pero es difícil olvidarse de sus comentarios, de sus críticas, del estímulo implícito en la mirada o el gesto del maestro a quien se admira.
A alguna edad, por allá por los doce o trece años supongo, traté de “inventarme una firma”. Casi inevitablemente remedé la rúbrica de Roberto Guerrero, que conocía a la perfección a través de las papeletas de castigo. Pasaron los años y, sin proponérmelo, fui simplificando esa rúbrica, como si la estilizara. Y desemboqué en mi actual firma, que se asemeja de un modo extraordinario a la de mi padre. No sabría explicar qué símbolo hay ahí, pero ahí está.
Y ahora, entre las muchas suertes que me han correspondido en la Academia, me corresponde esta, hermosísima, de recibir como colega a mi maestro. No puedo sino dar las gracias antes de decir, desde muy adentro: Bienvenido, bienvenido, don Roberto.