Acerca del Periodistés: Estilo, Jerga, Manera

Por Guillermo Blanco

GBlanco004Cuando uno ha visto un choque en una esquina, es probable que después llegue a su casa y comente: “Vi un choque en una esquina”. No será lo que lea en el diario al otro día, ni lo que oiga esa noche en la televisión o en la radio. Casi con seguridad, le informarán que “…dos vehículos colisionaron en la intersección de las arterias Tal y Cual”.

Quien quiera conocer detalles, podrá enterarse de que esta colisión “se produjo” debido a que uno de los conductores “se encontraba en manifiesto estado de intemperancia, de acuerdo a (no con) la versión que entregó Carabineros”. El presunto responsable “procedió a darse a la fuga, según señaló un testigo visiblemente conmovido”. El otro conductor “fue identificado como…” Fulano Zutánez.

Si quiere comprender, el receptor deberá destraducir.

“Se produjo una colisión” sustituye a chocaron. Las colisiones no son productos. El “manifiesto estado de intemperancia” quiere decir que el tipo iba borracho. “Darse a la fuga” no implica donación: es que arrancó, huyó. “Visiblemente alterado” nada agrega a “alterado” a secas. Para que se supiera que estaba alterado es obvio que era visible y alguien debió verlo.

No es menos obvio que el nombre del otro conductor se conoce porque en algún momento fue identificado. (El redactor de la información no diría que “se dirigió al país un presidente identificado como Ricardo Lagos”).

Lo de “entregó Carabineros” es una mini prueba gramatical de alto riesgo. Sujeto plural (Carabineros), verbo singular (entregó), y no hay incorrección, porque “Carabineros” es aquí el Cuerpo de Carabineros; uno aunque lo formen miles. La aparente falta de concordancia es evitable la mayoría de las veces, pero ¿quién resiste al hechizo de exhibir erudición?

Quizá debamos agradecer que no extiendan el mismo criterio y nos digan: “ejército fue hospitalizado por neumonía”, o “Iglesia Católica resbaló con cáscara de plátano”.

Siguiendo el proceso de destraducción, lo de “el testigo señaló”, no indica que hizo señas: es, simplemente, que dijo. Los que recurren a esta gastadísima metáfora parecen considerar inculto el que la gente que dice en la realidad diga también en el papel. No vale la pena detenerse en el hecho de que la gracia –si no la razón de ser usual–  de una metáfora radica en su originalidad.

Un viejo refrán advierte que “del dicho al hecho hay mucho trecho”. A algunos periodistas les resulta más difícil transitar la misma distancia a la inversa.

El paso del hecho al dicho

Habrá quienes sostengan que las versiones del diario, la televisión o la radio  son así porque están en estilo periodístico. Eso revela una noción muy pobre del periodismo y más pobre aún del estilo.

¿Qué ha ocurrido al pasar del hecho al dicho, en estos casos?

Al parecer, el autor partió del falso axioma de que lo escrito debe sonar lo menos semejante posible a lo oral; y cuando se escribe deben usarse palabras más caras que cuando se habla. Sesquipedalia verba (palabras de pie y medio) les llamaban en la antigua Roma.

El estilo periodístico no permitiría, por ejemplo, decir decir. Hay que acudir a sinónimos. Cualquier programa de computación los ofrece a galeradas: expresar, indicar, manifestar, señalar, declarar, especificar, aseverar, observar, recalcar, reiterar destacar, enfatizar, especificar, explicar, exponer; y algunos heroicamente traídos de los cabellos, como subrayar (otra metáfora en lata), o ser claro en sostener…

Cualquiera de esos términos sería periodístico por no ser coloquial.

Igual rango tendría “en horas de la tarde de ayer”, por ayer en la tarde (o incluso por ayer tarde), que suenan inicuamente sencillas. Otros logros del rebuscamiento: “Se produjo una interrupción en el suministro de energía eléctrica”, por: Se cortó la electricidad; “Hizo su ingreso” y no el proletario entró. Las universidades pasan a ser “casas de estudios superiores”, donde no se enseña, investiga y aprende: “se imparte docencia”.

Las informaciones sobre Colonia Dignidad gozan de un privilegio no exclusivo, pero permanente y sin excepciones conocidas: nada lo que ocurre en ella ocurre en ella; todo es “al interior de”.

En el país de papel o en la pantalla, la administración pública está llena de “altos funcionarios”, independientemente de su estatura real. El más modesto estadio asciende allí a “campo deportivo”, y escuálidas postas o policlínicas se encaraman a “establecimientos asistenciales”.

Este tipo de giros sugiere un afán de meter la noticia en una jerga artificiosa, para dar prueba de cultura o distinción. Quizá sea signo justamente de lo opuesto. Si en la vida se toma desayuno a las ocho y media, ¿por qué en la prensa se va a tomar a “las ocho treinta horas A. M.”? ¿Alguien podría no entender que las horas son horas? ¿Y quién toma desayuno a las ocho treinta P. M.?

A un periodista norteamericano de los años 60 le irritó ese afán de artificializar lo natural que también asolaba entonces a la prensa, la radio y la televisión de su país. Escribió un ensayo donde describía la jerga que algunos porencimistas llaman estilo, y la bautizaba journalese, que en castellano podría traducirse por periodistés.

Una persona normal que ve un caballo genera en su mente la palabra caballo. Nombra la realidad en forma espontánea, sin siquiera proponérselo. Casi con igual automatismo –no espontaneidad: cuidado–, los practicantes del periodistés traducen ciertos datos en palabras rebuscadas. Gracias a esto, un médico se vuelve “facultativo”; un abogado, por lego que sea, entra en la categoría de “jurista”, cuando no “jurisconsulto”; y los accidentes no pasan: “se registran”.

El texto contra la vida

Al definir la función del periodismo, mal se podría omitir que su objeto está en la vida. En indagarla y en dar cuenta de ella. En ayudar a la comunidad a saber en qué mundo vive, y a vivir con mayor lucidez. En contribuir a que cada uno elija con conocimiento de causa, ya que la vida vive planteando opciones.

Si esa es la índole del oficio, resulta absurdo dirigirse a los receptores en términos no sólo distantes de la vida sino peor: puestos adrede para despojar a los hechos de cualquier sombra de ella. Exagerando un poco, podría decirse que para dar la noticia matan a los protagonistas y sus actos.

Un ejemplo crudo de artificialidad es el avión que en el diario, la radio o la televisión “se precipitó a tierra dejando un saldo de 38 muertos”. Los muertos, ¿un saldo? El que enfrió con tal dureza el dolor ajeno, ¿se atrevería a hablar con los deudos de las víctimas para explicarles que su padre, su hermano, su esposo, forman parte de un saldo? ¿Que se los han vuelto, literalmente, datos contables? ¿Lo son para él sus propios difuntos?

Nada racional impide decir que el avión cayó y murieron 38 personas. ¿De dónde sale que los muertos en accidente aéreos, incendios o atentados terroristas no solo sufren la muerte física, sino pierden su humanidad y se vuelven cifras? ¿Será buen estilo la redundancia de la muerte?

Tampoco se ve qué información agrega en este caso la palabra saldo, ni qué dice, puesta ahí.

Parece operar un reflejo condicionado, que impulsa a rebuscar los textos con la grotesca esperanza de que el empleo de términos o expresiones relamidos pueda imprimirles riqueza o elegancia. Es lo contrario. Les quita vitalidad, los mecaniza, elimina lo espontáneo. Si la noticia se diera diciendo que cayó un avión y hubo 38 muertos, ¿qué vacío podría dejar la ausencia de la palabra saldo?

En el tácito manual del lugar común, el giro “precipitarse a tierra” se reserva casi en exclusividad para catástrofes aéreas. Hay variantes. Si alguien cae de un edificio muy alto, “se precipita al vacío”. El mismo periodista que escribe lo de precipitarse, no diría, hablando: “Al bajar la escalera se me precipitó el cartapacio”.

El “precipitarse a tierra” es uno entre mil síntomas de la permanente, casi futbolística marcación de ciertos términos con otros, en el periodistés.

Volviendo a visiblemente: suena, rara vez dice. Si se omite no falta nada. Las personas “visiblemente conmovidas” o “molestas” o “satisfechas” en el papel, podrían saltarse la muleta del visiblemente sin desmedro de su emoción, su molestia o su satisfacción reales.

Sobran ejemplos de marcación: qué incendio no es “voraz” en las noticias. Si dos personajes se entrevistan, sabremos que “sostuvieron un diálogo franco y abierto”, como si al redactor pudiera constarle la franqueza. Y como si abierto significara algo distinto de franco, en este caso.

La norma, parece, es añadir sin agregar.

Todo lo cual supone una obsesión tópica, que confunde estilo y jerga. Su efecto –aun cuando no sea su propósito–  es generar una distancia tediosa y deshumanizada entre los hechos y los dichos. No solo pone el refrán patas arriba: desfigura la realidad.

Otra forma de muerte

Un rasgo clave del periodistés es el empleo desenfrenado de los participios. Al parecer, no basta con usar términos y expresiones de un habla rígida (tan rígida, que huele a rigor mortis): fuera de traducir lo que ocurre a un vocabulario adocenado y sin brillo, sus usuarios encajan a la fuerza palabras castellanas en una horma estructural más propia de la lengua inglesa.

El origen del periodismo masivo explicaría esta peculiaridad.

Británicos y norteamericanos se cuentan entre los pioneros. Sus periódicos y su idioma penetraron en el resto del mundo. Varias agencias de noticias tuvieron por lingua franca el inglés. Los despachos hacia países de habla hispana llegaban en traducciones que, aun cuando a veces respetaban las palabras, barrían con el espíritu y la contextura propios de nuestro idioma.

Rasgo típico de esos despachos es la forzosa construcción pasiva. Se construirá un puente se traducía: “un puente será construido”. Se presentó un proyecto para erradicar la malaria era: “Ha sido presentado un proyecto para que la malaria sea erradicada”. Lo que no se erradica es la participiosis degenerativa. El virus es fuerte; se enquista en frases como: “Preguntado el ministro sobre el traslado de los penados que había sido realizado…”

Una versión literal de preguntado el ministro podría ser: ¿el ministro?

Acaso muchos periodistas de habla castellana aprendieron en ese tipo de textos, y creyeron que “así se decía” en su profesión (no necesariamente en su idioma). El castellano actual todavía no se cura de esta dolencia. Al revés.

¿Por qué ahogar la vida en palabras? La construcción pasiva alude a lo que fue. Su verbo está inactivo. Quien ha llegado no llega (dejó de llegar, precisamente). Quien ha expresado ya no expresa. El participio es un verbo que en algún momento se detuvo. En castellano es más natural decir las tareas se harán, que serán realizadas. Si alguien no contesta una carta, es que no la contestó;  ¿para qué salir con que la misiva no ha sido respondida por él?

En periodistés no se dice apagar incendios: son extinguidos, gracias sin duda, a esfuerzos que han sido realizados por (¿cómo no?)  “los caballeros del fuego”. Sintaxis ajena, cacofonía agraviante. La participiosis afecta al entendimiento. Estimula disparates como: “las llamas no lograron ser extinguidas”, o “los cadáveres lograron ser rescatados”. Lograr es “conseguir lo que se intenta o desea”. ¿Qué intentan o desean las llamas y los cadáveres?

Aquí es patente el distanciamiento del texto con respecto a la vida. Ni siquiera un cultor del periodistés pediría cita con el médico diciendo: “Señorita, quiero ser examinado por el facultativo. ¿Qué hora podrá serme dada por usted?”.

El problema no sólo toca a la forma. Ni es pasiva únicamente la construcción gramatical: también la actitud del redactor. No se imagina la realidad, o no la concibe como real. Si escribiera sobre un gato, acaso le llamaría “mamífero carnívoro de la familia de los félidos”. Algo que sonara lo bastante artificial para valerle la pena. Aunque en la vida a uno no lo rasguña un mamífero carnívoro, etc.

Los animales de verdad no vienen con prospecto.

La idea del periodistés no es llamar al pan, pan y al vino, vino. Para sus cultores, parece, el pan sería “alimento farináceo producto de la cocción de una masa en horno” y el vino, “licor alcohólico resultante de la fermentación de la uva”.

Ni jerga ni amaneramiento

La construcción pasiva y el vocabulario artificioso no crean estilo. La diferencia es semejante a la que hay entre disfraz y ropa, o quizá entre vestido y piel.

La jerga es un lenguaje diverso del que emplea el común de los hablantes, un dialecto de grupos. Estilo, no. No hace estilo la reproducción servil de la forma de expresarse de otros. Tampoco las técnicas generan estilo: aplican una manera; si el ejercicio es sostenido, su producto termina siendo el amaneramiento. En el uso cotidiano son amaneradas las personas que se expresan con afectación. Aplican maneras que juzgan atractivas, elegantes o dignas de copia.

Comunicar es poner en común. ¿Se comunicará mejor quien use un dialecto que se sale, precisamente, del habla común?

En El lenguaje y la vida, Charles Bally sostiene que el habla humana vive, y cambia al buscar mayor expresividad. Queremos que nuestras palabras expresen tanto como se pueda. Por eso usamos metáforas, por ejemplo. No nos basta el nombre literal de la cosa. El lenguaje popular está lleno de palabras y frases que buscan comunicar mejor valiéndose de imágenes. Justo la antípoda de lo que parece ser una de las normas más autoritarias del periodistés.

Es más o menos automático, por ejemplo, llamar “antisocial” a quien comete un delito. Ser amigo de lo ajeno no lo hace enemigo de la sociedad (eso es antisocial). Si todas las paradas militares son “vibrantes”, ¿no basta con decir parada militar? En la feria de los tópicos, ¿qué funeral no es “emotivo”? Usar con tozudez fórmulas prehechas es la antítesis de la lucha llena de enjundia y color que describe Bally y que constituye una de las riquezas del acto de comunicar.

Lo que vulgarmente suele considerarse estilo periodístico no es estilo ni es periodístico. A lo sumo jerga, o manera. O ambas.

El estilo-estilo

Quizá con el estilo nos llegará a suceder lo que nos ha pasado con el café. Es tan frecuente dar este nombre a otra cosa, para evitar confusiones se le llama café-café cuando se habla del legítimo. ¿También habrá que repetir la palabra para el caso del auténtico estilo? ¿Se llegará un día a hablar de estilo-estilo?

La palabra estilo es un buen ejemplo de lenguaje metafórico en busca de expresividad. Quién ignora que empezó siendo instrumento para escribir, y que luego se aplicó a la forma en que el autor trazaba sus signos. En seguida se refirió a algo más abstracto. Expresarse bien por escrito era “tener buen estilo” y después, “buena pluma”.

Estilo indica sello personal en dos planos: caligrafía y armonía del texto. Por ambos es posible distinguir a un autor de otro, y el sentido inicial de la metáfora fue ese, el de sello propio. Entre Sófocles y Eurípides, Tirteo y Píndaro, había diferencias de estilos primero en el trazo de las letras, y –más esencialmente–  en el modo de concebir y construir sus textos.

¿Solo eso?

En distintos autores existen también rasgos comunes. No todo el sello es exclusivo: Platón, siendo Platón, también posee elementos comunes con los estilos de otros: clásico , por ejemplo. O ático. O dialéctico (por el género que cultivó). Así, al sello personal se une, sin contradecirlo, el sello colectivo de un período y, aun dentro del período, de una escuela o un género.

Las crónicas de Ernest Hemingway tienen su sello y además, son periodísticas, y además propias del siglo XX. Tres nociones de estilo compatibles: de persona, de género, de época. Todos tenemos maneras de hacer cosas. De andar, dormir, bromear. Esas maneras no son estilo. Se habla de estilo cuando una persona logra cierta armonía de conjunto, una coherencia interior. Entonces “Tiene estilo”. No necesariamente estilo Tal o Cual: estilo, entendido como altura y coherencia de la forma.

No hay expresiones en sí mismas periodísticas, ni poéticas, ni literarias. En una época se consideró poético hablar de “ojos zarcos”, “astro rey”, “ósculo casto”, “fina terneza”, “doncella impúber”, “aguas procelosas”… ¿Quién creería que incluir términos de ese jaez da carácter poético a un texto?

Quizá al revés: ni era estilo ni era poético.

Ya Aristóteles, siglos antes de nuestra era, sostenía que “escribir bien es escribir como se habla”. No se refería a hacerlo tal cual, reproduciendo incluso errores usuales en la conversación, sino con la naturalidad, la espontaneidad, la soltura propias de lo coloquial. La rigidez, lo estereotipado, son lo opuesto a un buen estilo.

Hay una anécdota más o menos clásica. Por los años 20 o 30, un futuro periodista hacía su práctica en el Chicago Tribune. Su jefe le encomendó cubrir un accidente de tránsito. Fue, vio… tradujo (al periodistés). Cuando el jefe leyó lo escrito gruñó que no servía. “Hazlo de nuevo, y bien”. Segundo intento. El aprendiz relamió su vocabulario: “En circunstancias que el bus con patente tal se aproximaba a las inmediaciones del edificio signado con el número…” El jefe arrugó el papel y lo tiró al canasto.

–No sirve.

–¿Cómo? ¡Fue un choque feroz! El chofer quiso esquivar a un niño que atravesaba a toda carrera, viró y se metió con veinte pasajeros en una vitrina…

–Ponlo así y va.

Un estilo periodístico exige por lo menos tres atributos que no se discuten (en teoría): precisión, concisión, claridad. El periodistés peca contra la precisión cuando habla, por ejemplo, de un proyecto de ley que “dispone tal o cual medida”. Los proyectos, por ser proyectos, proponen, no disponen mientras no se aprueben y sean leyes. O cuando indica como lugar en que ha ocurrido un hecho “el país del norte” (que, visto de Chile, puede ir desde Perú hasta Canadá).

“El instituto emisor”, además de relamido, no es una forma concisa de decir Banco Central. “Al interior de” indica movimiento: se va, no se está al interior de. Gasta más palabras de las necesarias para transmitir, sin precisión, idea de en. No se suele agregar nada escribiendo: “por su parte, el director de la institución tal decidió…” Por su parte no da claridad: redunda. Si decidiera por parte de otro, valdría la pena consignar el dato. Sería un dato.

Parece existir una retórica desoladoramente previsible en su monotonía. No cuesta mucho remedar el seudo estilo periodístico. Lo penoso es que a menudo lo remeden periodistas.

En cuanto a precisión, concisión y claridad, sigue siendo bueno el adagio: al pan, pan y al vino, vino. Encaja con la idea de Aristóteles que acabo de citar: “escribir bien es escribir como se habla”. Una demostración más de lo armónicas que pueden ser la cachativa y la sapiencia.

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