Literatura y periodismo

Exposición en la Universidad Adolfo Ibáñez 28 de agosto de 2008 Por Guillermo Blanco Periodismo y literatura abarcan campos vastos, no siempre fáciles de deslindar. A veces parece que se disputaran derechos sobre los mismos territorios. Hay reportajes de calidad literaria suficiente para leerlos por agrado y no solo por enterarse de los hechos; y hay relatos literarios que, si “fueran verdad”, podrían publicarse en la sección informativa de algún diario. A sangre fría, de Truman Capote, suele encabezar una lista de clásicos que, entre muchos, incluye El día más largo, de Cornelius Ryan; Ensayo general de Quentin Reynolds; Esta noche de libertad, de Dominique Lapierre y Larry Collins; Todos los hombres del Presidente, de Bob Woodward y Carl Bernstein; o los cuatro libros definitivos de Theodore White sobre las elecciones presidenciales norteamericanas de los años 1960 a 1972. En su autobiografía, In search of History (“En busca de la historia”), White pisa la frontera –si existe alguna- que separaría a ambos géneros. El título trasunta su modo de trabajo: una primera etapa, en la cual busca la historia-suceso: y una segunda, que es ya la historia-texto. Para él las anécdotas no valen porque sean amenas: se ganan un lugar en el relato gracias a lo que significan y a que ayudan a entender ciertos puntos esenciales. En In search of history, White cuenta que, durante una de las guerras que debió cubrir, un general “bautizó” en masa a sus soldados haciéndolos regar con manguera en vez de agua bendita. Este manguereo litúrgico sintetiza el respeto del jefe hacia sus tropas. Pero el episodio en sí, ¿será periodístico o histórico? Las dos cosas: la historia es vida y el periodismo, historia actual, no es algo distinto, ni viene después sino dentro de esa vida que comparte con la historia. Desde el big bang a ahora, el tiempo es uno. Ni los minutos ni los segundos ni las horas se detienen. Al aludir a su carrera, White jamás discrimina entre ayer y hoy: la contemporaneidad de un hecho no excluye su historicidad. Cuando conoció a Mao Tse Tung, el despacho sobre su encuentro con aquel líder huidizo y nimbado de misterio dio la vuelta al mundo. Pero nunca hubo un corte en que dejara de ser noticia y empezara a ser historia. Suele inculcarse a los niños que la idea de que historia “son batallas”, fechas, cifras remotas, que un profesor les cobrará en pruebas o exámenes. A esta docencia, el modo de vivir de cada época le importa menos que las hazañas de tal o cual prócer fuera de lo común. ¿Por qué? ¿Por qué cifrar lo histórico en seres o actos extraordinarios? ¿Qué aporta ese sensacionalismo en pretérito? Muchos medios de comunicación, sin embargo, envían periodistas no en busca de la historia, como White, sino de lo vistoso, la peripecia, la pirueta. Van al lugar de los hechos y a menudo solo narran lo inusitado que logran escarbar. El diccionario de la lengua, al incorporar la voz show, reconoce, aun indirectamente, la mentalidad de espectáculo que rige a menudo en las noticias. A fuerza de buscar, exhibir y destacar rarezas, este tipo de periodismo le da a lo anormal un pasaporte falso a la normalidad. La prensa es poderosa, pero sus recursos tienen límites. La batalla de Omdurman fue ampliamente cubierta. No así, al comienzo, los campos de concentración de Hitler. Omdurman fue un suceso, llamativo por lo insólito pero sin proyecciones comparables a las del antisemitismo, que desencadenó un proceso sin fecha específica. El horror que vivieron millones a lo ancho y lo largo del mundo fue ininterrumpido y cotidiano. A la historia que se mueve dentro de la realidad e, igual que un río, es agua viva se une la historia viva, que narra en el papel. A través de la prensa, las batallas pasan der ser vida a ser texto. Alguien las reportea y transmite. Luego aparecerán libros. Ninguna de las dos versiones nos saca de, sino, cada cual con sus medios, nos sitúan en la historia. Para la primera Guerra del Golfo, la televisión satelital recién empezaba a captarse en Chile. Una feliz poseedora le contó a un viejo periodista cómo ahora se pasaba viendo la guerra. Todos los días y el día entero –se extasiaba horrorizada-. ¡Es impactante! A su amigo le pareció que todo tal vez fuera mucho. -¿Qué todo?- preguntó. -Lo que pasa. -¿Quién va ganando? –quiso saber el periodista. -¿Cómo quien va ganando? -Quién va ganando –insistió él. -Eh… A esas alturas, acaso nadie habría sido capaz de contestar mejor. La zona de guerra hervía de periodistas y de puntos suspensivos. Por primera vez desde que el mundo es mundo, se podía ver y relatar bengalas, explosiones, incendios, bombardeos. En el segundo ataque a Irak fue igual: pistas llenas de aviones; soldados vistiendo uniformes de campaña (no combatiendo); y cohetes en vuelo, o –lo más impactante– destruyendo blancos indistinguibles en Bagdad o en  Basora. Nunca existió una guerra con tantos testigos simultáneos. Rara vez los árboles impidieron tan bien captar el bosque. Ya durante la matanza de Vietnam, sin salir de su casa, los norteamericanos vieron caer a jóvenes compatriotas suyos. La televisión distribuía atrocidades de combates recién librados o aún en curso. La gente común, fuera de presenciar la guerra, vio a su país perderla sin remedio. Nacía lo que los idólatras de la redundancia llaman transmisión “en vivo...

Otra vez la crisis

Se ha hecho un lugar común decir que la lectura está en crisis. “Se lee menos que antes”, comentan padres y maestros. Más maestros que padres, y eso es parte del problema. No faltan estadísticas que den validez mundial a esta afirmación. Hay quienes atenúan su alcance restringiéndolo a un acusatorio: “los jóvenes leen poco” (nosotros no: ellos). Y para redondear el cuadro de optimismo, recordemos una verdad no menos importante: “se lee poco, pero mal”. De hecho, quizá tendríamos que enfrentar un doble desafío al leer un libro:  a) leer lo que está; y b) no leer lo que no está. Recuerdo una experiencia personal. Hace años, en plena fiebre del estructuralismo, ofrecí en mi Universidad, y me aceptaron, hacer un curso cuya idea era propiciar la lectura inocente de cuentos o novelas que los propios alumnos elegían según sus intereses. Por lectura inocente entiendo, precisamente, leer lo que está, sin preconceptos. Nada de investigar, como tanto se usaba entonces, motivos centrales o secundarios; protagonistas, antagonistas, deuteragonistas; clímaxes, metalenguajes, intertextualidades y otras formas de anatomía literaria. La anatomía trabaja sobre cadáveres. Al despresar a un ser vivo –y esto es un texto literario–, lo único de él que no se explica es lo más importante: la vida. Sobre estas premisas basé la asignatura. En una de las clases, ningún alumno supo qué proponer que leyéramos para la semana siguiente. Recurrí a un truco: “Si no se les ocurre a ustedes, se exponen a lo que se me está ocurriendo a mí”. La curiosidad pudo más que la tenacidad: “Ya, señor, diga usted”. Dije: “El Lazarillo de Tormes”. Una chiquilla gimió: “¡Me lo han hecho leer en siete ramos!”. Le sugerí suponer que lo había hallado por azar, que no tenía otro libro a mano y lo leyera sin más fin que leer. A la clase siguiente, la chica llegó a contarme: “¡Señor, descubrí el Lazarillo!”. Es decir, leyó lo que había escrito el autor. A mi modesto entender, de eso se trata. Apostaría a que ni Cervantes ni Balzac, ni Charles Dickens supieron nunca de motivos o intextualidades. Los componentes de ese tipo que algunos atribuyen a sus novelas no los pusieron ellos: se los encuentran otros. Uno de esos investigadores de cosas que están en una obra pero que no son la obra, hizo hace tiempo una estadística del porcentaje de veces en que cada una de las cinco vocales aparece en el Quijote. Como curiosidad, pase. Sin embargo, saber eso no le ayuda a nadie a apreciar el libro en lo que es su índole. Ni se comprenderá mejor, ni se esclarecerá ninguna duda. La pregunta nace espontánea: Si esto es leer lo que no está, ¿qué es leer lo que sí está? Quiero sugerir algunas reflexiones. El acto de escribir ficción tiene dosis de encuentro y de mentira. El encuentro creativo de ideas o imágenes con palabras se da en forma espontánea. La conciencia –la conciencia consciente, podríamos decir–  interviene muy poco. A veces ni siquiera percibe el proceso. Si me perdonan usar una figura fácil, en la obra literaria el lenguaje viene a ser un espejo de agua viva capaz de reflejar seres, lugares u objetos externos. Todos ellos asoman en la superficie y adquieren una forma que es y no es la real; que está, sin estar, en el agua que espejea. Hablar de espejo podría resultar equívoco. Vale la pena precisar el alcance de la figura. Cuando en los cuentos medievales aparecía un dragón, era un ser inexistente. El narrador lo construía, por decirlo así, de manera arbitraria. Pero sus materiales de construcción venían de su experiencia real: escamas, garras, llamaradas… En la ciencia ficción los extraterrestres suelen ser enanos verdes, con los ojos en unas especies de antenas… De nuevo: enanos, el color verde (la idea de color, incluso), ojos, antenas, ¿de dónde los saca el autor sino de lo que él ha vivido? No es, entonces, que una realidad remede a la otra. Son reales y distintas, y es esencial comprenderlo. Vivimos en la realidad real, sujetos a normas que rigen lo que llamamos mundo. En él necesitamos, por ejemplo, respirar, comer, beber. Si dejamos un objeto pesado en el aire, se cae. Si hace calor acá y frío allá, sopla viento. Las materias opacas impiden ver a través de ellas. Nacemos con una sola certeza: la muerte… En este mundo exterior a la obra de arte, no hay relojes derritiéndose, como en un cuadro de Dalí. Ni se resuelven problemas con varitas de virtud, como en los cuentos de Andersen o los de los hermanos Grimm. Tampoco es todo racional entre nosotros. Al revés. Nos rodea un espacio amplio (demasiado amplio) para lo irracional. En él caben la violencia, la injusticia, el absurdo. Y caben, curiosamente, coincidencias disparatadas que serían inaceptables puestas en una novela o en un cuento. La realidad real es múltiple, compleja, a menudo literalmente increíble, y con frecuencia, arbitraria. Además de lo racional y lo irracional contiene un seductor espacio que, para entenderlo y entenderme, yo llamo a-racional; un microclima donde existen cosas como el amor, la música, el silencio, y sobre todo, los misterios que a veces nos atraen y otras nos angustian sin que ningún discurso racional logre explicarlos. Obviamente, los habitantes de una obra literaria son ajenos a la realidad real. Viven solo en el texto, y por eso están sometidos a...

El acto de leer

Por Guillermo Blanco 1. Leer es un acto de amor. No en lenguaje figurado. Se ama lo que se conoce y se conoce lo que se ama. El ejemplo del amor humano. Un proceso sin comienzo ni fin, y sin causas racionales. Se aprende (aprehende) mejor lo que nos gusta. Ámbitos del encuentro humano: Racional Irracional Arracional En la tradición, conocer se liga a amar (“una mujer que no conocía varón” no era una que nunca hubiera visto uno, sino una que no hubiera amado, con un amor tan concreto que nacían hijos. El conocimiento literario (artístico en general) es arracional. No hay modo lógico de convencerse de que un paisaje es hermoso, o un cuadro es bello. Lo único que nos aproxima es el amor que nos provocan. Y el amor no se enseña ni se racionaliza. Hay libros sobre los guisos que aparecen en el Quijote. No agregan nada a la apreciación. Hay censos de vocales con mayor o menor frecuencia. Tampoco ayudan a comprender nada. Entender no = comprender. El que escribe, pinta, esculpe, compone, no busca que le entiendan sino que lo comprendan. Con seguridad, Cervantes no tuvo idea de lo que es un motivo central o secun-dario, probablemente nunca oyó hablar de clímax ni de deuteragonistas. Tampo-co es acusable de haber puesto un moti-vo general en una situación particular. ¿Diremos que a pesar de eso produjo una obra maestra? No: yo diría que por eso, no a pesar de. 2. Escribir es también un acto de amor. La literatura no pertenece al ámbito de lo racional sino de al de lo arracional. El papel decisivo lo tiene la imaginación: la capacidad de generar imágenes. En la mente de un novelista, por ejem-plo, surgen personajes. Se imagina una relación entre ellos. Es el conflicto. Todo esto ocurre en su imaginación, no en su voluntad. No es que él quiera contar lo que fue la dictadura: es que su sensibilidad lo lleva a imaginar ahí a sus personajes. Ingrediente clave: la libertad. Un rasgo de la imaginación es su liber-tad. No hace lo que nosotros queremos, sino –casi literalmente– lo que ella quiere. No se nos ocurre lo que nos da la gana: se nos ocurre lo que se nos ocurre. Casi podría decirse ocurre que se nos ocurre algo. No lo sucedemos: sucede. Imaginación: la loca de la casa. Sentimos cuando un autor maneja a sus personajes y los hace hacer lo que a él le da la gana. O los transforma en portado-res de mensajes. El protagonista de una novela, un cuen-to, una otra de teatro no es un recadero: es un ser humano. Nació libre porque es hijo de la imagina-ción, que es ingobernable. Ponerlo a hacer lo que el autor quiere que haga es forzarlo. Pero además fuerza la obra. Es como una programa que se pasa en la televisión y se le intercalan avisos. Eso es, en buenas cuentas, la literatura pan-fletaria. No se trata de que no tenga ideas. Inclu-so las del autor: es que fluyen natural-mente. Cada quien habla de la feria se-gún le haya ido en ella. Es distinta la visión del amor de un niño que vivió viendo pelear a sus padres, de la de otro que siempre los vio amarse. Pero el autor no pone eso: le nace. ¿Cómo construimos marcianos en la ciencia ficción: son enanitos verdes, con los ojos en unas antenas y las manos así o asá. Los construimos con los materiales que conocemos. 3.Realidad real, realidad literaria. Leer es un acto de amor y además, es entrar en un mundo sui generis. La obra literaria tiene una lógica propia. En La Ilíada y La Odisea no sorprende que actúen dioses. En un cuento de ha-das, el príncipe puede usar una espada mágica. En una novela policial, no su-frimos por el muerto. El María, un mo-mento de intensa emoción es cuando él toca el pañuelo que ella tocó. Cada obra es un mundo, con leyes pro-pias. La magia en la escena del encuen-tro, en Crónicas marcianas. Los encan-tadores personajes ociosos, amorales, bebedores, irresponsables, de P.G. Wodehouse. Cada obra tiene su lógica interna. En la realidad real, las cosas deben ser verdaderas. En la realidad literaria (artís-tica), deben ser verosímiles. Un cuadro de Picasso no es mentira. Uno de Ve-lázquez no es verdad. Nadie se moja con el agua de un cuadro ni con La tempestad de Shakespeare. Cada uno de ellos es verosímil en su ámbito. Por la primacía de la verosimilitud, en la realidad literaria se rechazan las coinci-dencias, y en la real se las recopila como curiosidades. La belleza misma es distinta en ambas realidades: lo bello de los leprosos, en Del vivir. Vuelve a aparecer la libertad: si el autor respeta la coherencia del mundo que ha creado, debe acatar la libertad de los personajes. Ellos son como son. Como a la loca de la casa se le ocurrió que fue-ran. En la realidad real no podemos detener el tiempo. En la literaria sí: basta comen-zar a leer de nuevo. Todo vuelve a co-menzar. Jugamos un poco a dioses. El autor crea seres –conviene repetirlo– libres, en un mundo que es de ellos y que él describe, más que construye. Esta creación se hace con palabras. Na-die metería preso al asesino de una nove-la policial. Sin embargo, hay personajes leídos más reales que muchos conocidos. Paradoja de Sócrates. Fue real pero su...

Ser Periodista

Por Guillermo Blanco Ser periodista es ser testigo activo de la vida. Ser capaz de mirarla y oírla con ojos y oídos siempre nuevos. Percibir, en los rostros y voces de otra gente, la expresión de su angustia, su amor o su esperanza. Acercarse con respeto al dolor, a la alegría, al entusiasmo o al silencio. Ser periodista no solo es ser testigo que presencia sucesos y procesos: es, además, reflexionar sobre ellos, analizar, traducir la realidad en palabra e imagen. Palabra fresca, viva, leal a la verdad, e imagen clara, fiel, sin distorsiones. Ser periodista es ser testigo de la vida desde dentro de la vida. Es emplear los medios de la técnica y la ciencia para compartir, entre todos, lo que aportan el esfuerzo, la imaginación, la inteligencia, la generosidad o la emoción. Es ayudar a hacer comunidad con la diversidad que se comparte. Ser periodista es saber que el presente es historia que vivimos y construimos entre todos, y ayudar a que la hagamos más lúcida y...

Premio Nacional de Periodismo 1999, Discurso de Agradecimiento

Discurso de Agradecimiento Guillermo Blanco Quiero compartir con ustedes algunas reflexiones en torno a dos puntos que me conmovieron, y me conmueven, muy especialmente desde que leí el fallo del jurado. Al fundar su decisión de darme el premio, se alude a mi labor docente y a mi defensa de la libertad y los valores democráticos. Habría sido difícil encontrar otra mención capaz de llegarme tan adentro y de echar a volar, juntas, mi gratitud, mi imaginación, la raíz misma de mi condición humana. Sobre esos ingredientes del fallo pretendo hablar ahora. Primero, la libertad. Siempre primero la libertad. En este tiempo nuestro, en que la vida en común parece convertirse en un juego de egoísmos conjugados, no es raro que se considere la libertad de expresión como una especie de privilegio individual que recibe, más o menos, por gracia, el periodista. Así, de algún modo, la sociedad a cuyo servicio trabajamos, nos dejaría hablar de puro amable que es. “Diga no más. Esta es su casa”. Falso. Un país se forma, entre otras cosas, de opiniones, visiones, sueños de su gente. Empezamos a ser y a hacer país al compartir algunos fundamentos esenciales. El amor a la tierra, por ejemplo, está al principio y empapa nuestra historia. También reconocemos huellas que el pasado nos lega, y sin sentirlo, y de nuevo con amor, vamos aguachando las que han de convertirse en tradiciones y raíces. Por dentro, o por debajo, el proceso de hacer país es obra del amor, aunque a veces pueda pasársenos por alto y solo percibamos la epopeya. Muy en el fondo, uno ama a su país por instinto, con esa maravillosa motivación no razonada, ni racional –tampoco irracional- de los amores grandes. ¿Por qué quieres a Chile? Porque sí. Pero, ¿por qué? Porque Chile es Chile y yo soy yo. No hay otros argumentos, y de haberlos, jamás serían mejores. Quizás si el ser humano nazca con el instinto de amar más allá de lo obvio. ¿Amar qué? En la patria se ama un algo donde se siente que hay algo de uno mismo, que podrá ser una forma semejante de mirar la vida o de sentirla, o quizá de ser un indefinible modo de ser que compartimos. Frente a lo inexplicable de este amor y de este modo de ser, la facilería engendra cúmulos de lugares comunes: da título de chilenidad al hecho de necesitar cordillera, o al de experimentar nostalgias si no la tienes frente; a la picardía típica del criollo (que no es menos típica del español, del francés, del vietnamita: que es picardía típica del ser humano). Y sigue la facilería describiendo al chileno como un valiente inevitable, ingenioso, y por cierto hospitalario, además de venir provisto de una estupenda virtud: lo “sufrido” que es… Creemos en todo eso, aunque no sea enteramente cierto. De algún modo, por creerlo, comienza a estar menos lejos de ser cierto. Vamos haciéndolo verdad al responder nosotros, en los actos, a la idea que en los mitos cultivamos de nosotros mismos. ¿Cómo se forman las “Imágenes”? ¿Cómo hicimos nación de lo que solo era un territorio y grupos de personas? La opinión libre es, más que todo, lo que hace hacer país. Un río no es lo mismo visto con ojos de agricultor que de ingeniero, o de poeta o de ecologista. Sí, esa agua puede usarse en el riego. Y tal vez convenga construir un puente para cruzar de una ribera a la otra. Pero a cambio del puente o del riego, ¿vamos a perder la belleza que discierne la visión del poeta? ¿O vamos a desoír al ecologista y a perder aquella agua, consumiéndola como si fuera eterna? Chile se ha ido haciendo país por y en la libertad de intercambiar ideas y de sabernos unos a otros. Un país siempre será producto de información que se trasmite y opiniones que se cruzan. In formación y opiniones que deben circular libres, como circula libre el aire que respiramos todos. Nadie posee la verdad: la construimos en común. El periodista, cuando comprende y ejerce bien su oficio, es eficaz intermediario de las ideas que luego de enfrentarse en el debate, pasarán a construir la manifiesta voluntad de su nación. Ni la bandera ni otros emblemas o entidades abstractas podrán jamás reflexionar por nosotros. Tampoco los abanderados. Acaso simbolicen lo que sentimos, pero ¿cómo podrían traducir lo que pensamos o lo que deseamos? Tampoco existen concesionarios de la patria, capaces de interpretar la casi infinita variedad de ideas que enriquecen el espíritu de un pueblo, a fuerza –y a causa: nunca es sano olvidarlo- de la diversidad de quienes le dan forma. Un país es hijo de sus hijos, realmente. Entonces no es porque sí, ni para sí, que el periodista ha de ejercer en libertad: su libertad está en la base del servicio que presta. Lejos de ser un privilegio personal, el que sea libre es garantía de eficacia de un servicio que presta. Para que el país pueda saber, reflexionar y decidir por sí mismo –para que ejerza su soberanía, y no que se la ejerzan-, no deberían interponerse trabas en el acceso a la información, ni deberían existir opiniones proscritas. Si el mundo de hoy acepta que la oferta y la demanda regulen los precios y los sueldos, ¿por qué no permitir que las ideas se ofrezcan con igual libertad, para que...

Lenguaje en TV

Por Guillermo Blanco Pregunta:¿Son los medios audiovisuales los grandes acusados del deterioro idiomático? Para responder a la pregunta, quizá habría que cambiar lo de acusados por responsables. Creo que ahí está el tema. Acusar es una especie de deporte nacional hoy día, y se lanzan acusaciones con o sin motivo. Si hablamos de responsabilidad, tendríamos que partir configurando la falta: ¿A qué vamos a llamar deterioro idiomático? Hay opciones. Se podría considerar que existe deterioro en el hábito de comerse letras. O en el uso desenfrenado de palabras extranjeras (a un chileno medio le costaría expresarse si no existieran floppy, compact disc, picí –no pecé–  o show). También podría provocar deterioro el uso de esos vocablos que en Chile llamamos garabatos. Empecemos por lo de comerse letras. La s final es uno de nuestros guisos predilectos. Sin embargo, devoradores de eses y de otros sonidos hay muchos en el mundo de habla hispana. Centroamericanos, andaluces, extremeños lo hacen tan bien como los chilenos. Podría ser solo un paso más –aunque no un paso alarmante–  en la sana evolución del idioma. No olvidemos que en sus comienzos, el castellano, el catalán, el gallego, fueron “latines mal hablados”. Igual que el francés, el italiano, el rumano. Cada pueblo adaptó la lengua madre a su propia idiosincrasia. Y lo hicieron en forma tan coherente y creativa que lograron crear idiomas nuevos. Creo que sí provoca deterioro el uso indiscriminado de términos ajenos (más por ser ajenos que por ser extranjeros). Solemos llamar switches a los botones, compramos hojas de afeitar stainless, reservamos tickets para el teatro. No sabremos inglés, pero nombramos cosas en inglés. Hay un asomo de esperanza: el tiempo suele ayudar a que el lenguaje, que es organismo vivo, absorba esos cuerpos extraños. Un ejemplo es la palabra guachamán, que viene del inglés watchman, y nombra a los serenos y vigilantes de los puertos. No respondía al espíritu del castellano y el instinto popular lo amoldó. Cuando se habla de deterioro, sin embargo, suele tenerse en mente más que nada el garabato. Sobre esto convendría hacer algunas precisiones. ¿Por qué se considera malhablados a los garabateros? Una de las causas que se dan es que introducen coprolalia el idioma. Coprolalia viene del griego copros: excremento, y lalein: charlar, hablar. La coprolalia –garabateo–  tendría ahí una de sus especialidades. Si quisiéramos evitarla a toda costa, no podríamos gritar ¡Viva Chile! Pero ¿quién diría que hay coprolalia y no entusiasmo en el apellido que agregamos espontáneamente? Otra línea de acción del garabato es la que se funda en evocar –sin gran nostalgia, por supuesto–  la parentela o la anatomía del interlocutor. Es una referencia cada vez más frecuente. Un pasajero de metro o un desaprensivo caminante por la calle creería que el país está habitado por una tribu de ones y onas. Diálogo típico es: “Hola, guón, costái?”.“Como las güea, guón. ¿Ti acordái de la guá del arriendo? Cagué”. El guón es un fantasma que recorre Chile. ¿Estaremos por eso sometidos a un régimen de coprolalia o sexolalia? Creo que al revés. El uso excesivo de esos términos los ha desactivado. Ya no aluden a partes pudendas reales, ni a detritus verdaderos. Incluso la figura materna reviste un carácter altamente abstracto. Igual que las referencias a las antes llamadas mujeres de la noche. Si a alguien lo tratan de guón, ya no se siente insultado (o el país viviría en feroz guerra civil). Tampoco se podría decir que es un lenguaje sucio, si pensamos en la imagen que estos términos despertaban tiempo atrás. Sin embargo, en lo que toca a los medios audiovisuales, parece que la principal acusación de maltrato al idioma se basa en la abundancia de garabatos. Es cierto que hace diez o veinte años resultaba inaudito escuchar palabras feas en algún programa. Por lo excepcional fue célebre una de las escasas excepciones. Durante la elección presidencial de 1970, un político cabreado con los argumentos de otro, le espetó: “¡No sea guón!”. Lo grave de los garabatos no está, de hecho, en su presunto contenido. El contenido original ya se esfumó. Lo que debería inquietarnos es precisamente la falta de contenido de esas expresiones de uso diario. Puta, cresta, carajo, ya no dicen lo que decían aunque lo sigan diciendo en el diccionario. Equivalen a una curiosa puntuación oral. Son signos sin significado. En el fondo, al usarlos no estamos queriendo decir nada: estamos hablando para no decir. Ni siquiera son tonterías: son lo huero. El problema está en el vacío de ideas de esas cáscaras sin fruta. Si el deterioro idiomático está ahí, los medios audiovisuales tienen cierto tejado de vidrio. Lo que cuesta es imaginar quién puede tirar la primera piedra. En un país tan lleno de ones y onas sería injusto pedir a la gente de la tele que se exprese con el exquisito fraseo del maestro Peñaloza. Serían tan excepcionales que correrían peligro de que no les entendieran. ¿Significa esto que no se habla mal en televisión? Nada de eso. Si uno oye los noticiarios –pero los oye, no se limita a dejarlos sonar simplemente–, se encuentra con uno de los peores fenómenos de deterioro. Hay derecho a pedir que las noticias den cuenta de hechos reales,  hechos que ocurren en el mundo en que vivimos. Si uno las oye, sin embargo, parecen ocurrir en un planeta muy distinto del nuestro. Se ha impuesto un lenguaje...