Tiempo atrás, a algún hasta hoy anónimo burócrata de la Comunidad Económica Europea se le ocurrió algo. Pensó (como quien dice) que podría resultar mucho más… ¿pragmático, unifórmico, monónico, elegántico? emparejar los teclados de los computadores que se exportan a España suprimiéndoles la tecla de la Ñ. Total, seguramente el autor o la autora de la idea no ha de haber sabido muy bien para qué podría servir una Ñ con bufanda o con boina.

Además —habrá seguido discurriendo—, en los idiomas de moda no se escribe el sonido Ñ. Suena, si es que.

Chocho o chocha, va y proclama su chispazo mental.

—¿Qué tal si la eliminamos…? —alcanza a decir.

Y ahí arde Troya. Ante tal desaguisado, en España y aledaños, lugareños y letrados alzan puños, fruncen ceños; y señoras y señores de los más ilustres cuños protestan contra el extraño. Sus rostros se ven cenceños, sus moños desaliñados; surgen riñas y hay puñetas, sueltan tacos más que huraños. Toñas, Toños, Nuños pierden horas de sueño pensando que esta chuña va a dejarlos con nombres analfabetos.

—No habrá tampoco gañanes, empeños, peñas, señuelos, ni menos cañas o leños —refunfuñan los de antaño, entre añorantes y huraños. Y hacen señas, guiños raros o feroces musarañas. Niños y niñas pequeños gritan desgañitados:

—¡Coño! Pues, y a ese señor cucaño ¿quién le dijo que era dueño?

—¡Se le ha pasado la mano! —protestan varios gallegos allá, a la orilla del Miño.

Bufan otros, con morriña:

—Y la Ñ ¿en qué les daña?

—Nos dejarían sin cariño…

—Sin buñuelos, sin aliños.

—¡Mira tú que es darse maña!

—¡Qué borricos tan tamaños!

—Pues, ¡Santiago y cierra España!

Y atacaron con denuedo al bárbaro analfabeto.

En mitad de la batahola levantó de nuevo su burocrática voz el, la, las o los autores de la ocurrencia. Después de emitir un incómodo “ejem”, vino su explicación sobre qué era lo que (ejem) se había propuesto en realidad. De ningún modo (ejem) se trataba de suprimir nuestra Ñ de los programas de computación, sino apenas del teclado de los computadores. Que no es lo mismo (ejem, ejem), añadían sonriendo de lo más rerlacionadorapúblicamente.

—Muy distinto.

En otras palabras, hicieron ñuco para que no les sacaran la ñoña.

Por lo que uno logra colegir de sus aclaraciones, si la modernización que propiciaban hubiera llegado a perpetrarse venía a significar más o menos esto: cuando alguien deseara escribir Ñ, no necesitaría hacer algo tan primitivo como teclear Ñ. Con el nuevo sistema, bastaría con apretar, por ejemplo, la tecla Control más (digamos) K más W. Y después, enter. O bien debería recurrir a Alt Gr más *, y cerrar volviendo a valerse de Alt Gr más *.

Algo así: práctico, simple.

La simpleza misma, realmente.

Al parecer, a ninguno de los cerebros de la Comunidad Económica Europea se le pasó por la cabeza calcular más o menos en cuánto podría llegar a recargarse el total de horas—hispanoparlantes—al—teclado en caso de que se resolviera emplear en nuestro medio las computadoras emasculadas, o “deseñadas”, o como se llamaran.

La Municipalidad de Ñuñoa, por ejemplo, iría a la quiebra de un viaje. Y para qué hablar de los colegios mixtos, ¡con niños y niñas! Los dueños de rebaños, los importadores de piñas, los tejedores de paños, cultivadores de viñas, fabricantes de caños, los productores de cuñas, los logos de Pizarreño, los lolos barbilampiños…

Todo eso y tanto más entraría en el mundo de lo inescribible. Analfabetizado desde Bruselas.

Lo curioso es que se haya dado como fundamento de este disparate el deseo de hacer más “práctico” el sistema. Ahí es donde la tontería queda bien armada, redondita, sin que le falte ni una sola terminación. Lesera full equipo.

Porque resulta que la Ñ no es práctica únicamente para nosotros, los hispanoparlantes: también lo sería para muchos de esos pueblos que, a falta de castellano, se ven en la necesidad de conformarse con otras lenguas. Italianos y franceses, sin ir más lejos, para hacer sonar la Ñ tienen que escribir G más N. O sea, ponen una G que no se lee G, y una N que tampoco vale N, las funden y las despronuncian para repronunciar Ñ. Por ahí no más andan los portugueses, que si quieren que la cosa se oiga Ñ, deben juntar N con H. O los catalanes, que producen el mismo sonido Ñ tecleando N más Y.

Pagar dos letras para conseguir una, ¿dónde está el negocio?

Pero en fin: los pobres se acostumbraron. Lo que a uno le da escalofríos es imaginar qué pudo suceder si hubiera llegado a aplicarse la burocratidea de “deseñar” también al buen y fiel castellano. Por ejemplo, según a cuál de los tipos de pragmatismo” alfabético aceptables debiéramos adherir, cada vez que entraran en un computador nuestros cordiales escaños, se convertirían en inhóspitos escagnos, o escanhos, o escanyos. ¿Quién se sienta en palabras tan puntudas?

Figúrese que iría a sentir un gnugnoíno viviendo con su segnora y sus nignos en la comuna de Gnugnoa; o yendo con ellos al Festival de Vinha del Mar. Ni el más chocho de los enamorados, piensa uno, se resignaría a hacerle anhunhuques a su ninha, o a tratarla carinhosamente de “mi nhatita”.

—¿Ni a canyonazos, pues!

Como decía don Nuño Brañas Bugueño, natural de Peña y Goñi:

—Que nor digan que se les ocurrió, pase. Que nor digan que fue capricho, convengo. ¡Pero que nor vengan con que es más práctico poner dor letras para no decirlas y leer una que no está ahí! ¡Hombreee, se necesita!

(Agosto de 1991)

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