Usted como que siente un dolorcito aquí; no, por acá… ¡a—aahí! Sí, más o menos parientes le dicen que vea médico, no vaya a ser que… Antes de oír el resto de la frase, usted decide ver médico. No vaya a ser que.
Pero, claro, aún antes tiene que autodiagnosticarse, porque con esto de las especializaciones, ya no hay el doctor “a la antigua”, que examinaba al paciente con su estetoscopio, su cuchara, su martillo de goma a lo más, y al cabo de un rato le decía:
—Es gripe. Tómese estos papelillos y…
Nada. Ahora usted “sortea especialista”, rezando para achuntarle. Coxólogos no ha oído que haya. Astragalólogos tampoco. Por lo menos no figuran en las páginas amarillas. El dolorcito ese, ¿será óseo, muscular, neurálgico? Usted hace su polla doc y pide hora.
Llega a la consulta, con alfombra muro a muro, sillones de eco oriental, cuadritos… Inevitable calcular que algo de esa elegancia la pagan los pacientes.
Paciente, espera su turno, lo recibe un diplomático de blanco, y después del “Buenas tardes”, “Buenas tardes”, el médico le pregunta:
—¿Y qué tenemos?
“Puchas”, protesta usted mentalmente, “¡si eso es lo que yo quería averiguar con él!” Además, le molesta que le colectivicen su dolorcito. El dolorcito lo tiene usted, no lo tenemos. Pero en fin: explica el caso. Y el médico le hace dos o tres preguntas capciosas:
“¿Mareos? ¿Náuseas? ¿Debilidad en las piernas?” Usted alcanza a temer que: equivocó de especialista y cayó en un ginecólogo. No: está en lo que equivale precalentamiento clínico. Después el interrogatorio se diversifica, le toman la presión lo auscultan casi casi a la antigua, le tantean los ganglios, le miran los dientes…
—Asiento —dice el doctor, y saca un bloccito muy pintoso, se pone a escribir, va haciendo una lista larga, larga, y al fin:
—Nos vamos a hacer estos exámenes —y usted, individualista, se subleva otra vez contra la colectivización, porque él no va a
acompañarlo a hacérselos.
—Doctor —pregunta usted—, ¿y el dolorcito?
—Primero los exámenes y ahí vemos.
De modo que usted va a parar a una clínica. Antes, uno se hospitalizaba, pero los hospitales como que dejaron de ser hospitalarios. La gente, cuando puede, se enclinica. Y usted, para no ser menos, resuelve enclinicarse. Porque entre el scanner, el metabolismo, la albuminuria, la hemo—no—sé—cuántos, la endoscopia, el…
Entrando en la clínica, usted descubre varias cosas. No parará de descubrir cosas, realmente. Descubre que también es con alfombras muro a muro. Y con camillas muro a muro, porque esa en que lo llevan a la siniestra sala de sepa—Dios—qué—scopía, va golpeándose primero con una pared, después con la otra, y así hasta que llega a la puerta. La abren a camillazo limpio. Pasan. Paran.
—Ahora —le explican— vamos a prepararlo.
Y usted descubre que las enfermeras también son muro a muro: conversan a través de usted sobre temas de su especialidad, como el chalequito rojo de la Malú, el novio de la Chita, el barniz para las uñas… Cada cierto rato, así à la negligée, una de ellas le pide:
—¿A ver? Levante el bracito.
O bien:
—Suelte la nalguita. Más suelto, más suelto.
Usted, ¡las pinzas que va a soltarse! No ve que no sabe que lo que viene es un feroz pinchazo. Y viene. Y si usted se queja:
—Ya, pues, sea buenito.
Después:
—Ahora, corra el cogotito un poco para acá. Con la orejita en la almohada… No, no: la naricita para la izquierda.
A estas alturas, usted jura que cayó en poder de una tribu de jíbaros. Le han achicado el cuerpo entero. Ni cuando pololeaba le tocaron tantos diminutivos:
—Levante este hombrito.
—Suelte las manitos.
—No haga rechinar los dientecitos.
Usted ya está por mandarlas a la puntita del cerrito cuando le advierten:
—¡Ya! No se mueva. ¡Quietecito!
Y mientras lo recorren de arriba abajo con el piloroscopio, mientras le revisan el heterocomistragio o le toman muestras de choremia, el diálogo de las enfermeras muro a muro continúa, a veces a través de las orejas del paciente:
—¿Y tú qué le dijiste?
—Encima que…
—Que si estaba loco. Porque una tiene su dignidad, ¿no hallas?
¡Señor, las patitas! ¿Dejémoslas quietecitas?
—Sí, pues. Las patitas —usted cree que “las patitas” son las de fulano, pero no— ¡Señor las patitas! ¿Dejémoslas quietecitas?
Ah, eran las suyas.
Bueno, el enclinicamiento sigue su paso inexorable, y usted se va sintiendo cada vez más diminuto.
—¡Vaya! ¿Dónde estará esa venita?
—La guatita, ¿duele?
—Cierre bien los ojitos.
Y déle portazo (¿portacitos, serán?) y déle un chancacazo y déle camillazo cada vez que lo trasladan de scopía en scopía. Las enfermeras lo jibarizan y los médicos lo colectivizan:
—¿Cómo estamos para el bismuto?
—Vamos bien hasta ahora.
—No nos movamos, por favor.
Ustedes…, usted no tiene la menor intención de moverse, no cree que vaya muy bien y lo último para lo que “estamos” es para tragar la porquería del bismuto. Pero el proceso es irreversible. Un resto de machismo le impide hacer lo que el cuerpo le implora a gritos: tirarse camilla abajo y salir corriendo a respirar un poco de smog libre.
En fin: no hay plazo que no se cumpla y todo eso.
—Aquí le traje los exámenes, doctor.
—Veamos —siempre en colectivo—.
Hum. Nada en el… Y nada en la… Normal el nivel de…
Después de un buen rato de leer papeles ilegibles y mirar radiografías inmirables, el médico se pone de pie y anuncia solemnemente:
—Mi amigo, estamos regio —y pasándose al libreto de las enfermeras—: ¡Sanito!
—¡Ah! —porque a uno lo decepciona, después de tanto examen, y de tanta plata en exámenes, y tanto escarbarle y pincharle y revolverle, que todo fuera a humo de pajas.
—Felicitaciones —dice el doctor, dándole un aséptico apretón de manos—. No tiene absolutamente nada.
Usted, prosaico, siente ahora no el dolorcito aquel, sino un extraño vacío por aquí; aquí, sí: en el costado de la billetera.
En verdad no tiene nada.
(Agosto 1990)