Es posible que para una mujer no haya nada de prodigioso en una cajita de costura. Para un hombre, en cambio —o por lo menos para el hombre que escribe estas líneas—, la cajita de costura es un mundo. Una especie de planeta complejo, extraño y juraría que en gran parte inexplotado.
A semejanza de la Tierra, Marte y otros cuerpos celestiales, la cajita tiene sus movimientos de translación y rotación, solo que con una diferencia: mientras los primeros se desplazan dentro de órbitas previsible, la segunda lo hace de manera caprichosa, en un perfecto y altivo desafío a la lógica.
En mi casa, por ejemplo, suele saberse de algunas que están en la cajita. Lo que casi nunca se sabe a ciencia cierta es dónde está la cajita. Melania ha recorrido centenares de kilómetros buscándola solo en el segundo piso: tres piezas de tres por tres.
Pero encontrarla no es el fin de la aventura. Es solo el emocionante comienzo.
—Vaya —dice Melania—, si estoy segura de que dejé aquí el termómetro ayer.
Y escarba, escarba, escarba.
Esta labor arqueológica le permite descubrir objetos antiquísimos, olvidados. Un aro de Nica, dos parches para bicicleta de Jacobo, mi lápiz de pasta, un molde para hacer galletas, la cuenta de la luz, los anteojos de mi abuelita, diecisiete santos de primera comunión, de parientes surtidos. En fin, un cuanto hay. No me sorprendería que una buena tarde emergieran de la excavación un escarbadientes de Pedro de Valdivia, una pluma de Caupolicán o —con perdón de los talquinos— la mismísima canilla de don Quijote.
Porque este mundo que es la cajita de costura de Melania tiene, como todo el mundo que se respete, un agudo problema de sobrepoblación. Así, entre las ciento dieciocho piezas de un encendedor que en cierta oportunidad traté de arreglar, bigudíes del año Ñauca, ampolletitas para linterna, enchufes en desuso y sin uso, tarjetas de visita, parte de matrimonio, piezas, recetas, frascos de remedios con y sin remedios, pinturas, espátulas y alicates, también suele aparecer no que otro botón, tal o cual cierre relámpago, este o aquel carrete.
Y —pérfidamente ocultos en verdaderas emboscadas— agujas y alfileres que siempre asoman cuando uno mete el dedo a fondo. Ahora, para qué hablar del desorden. Que no me oiga Melania, pero si alguna vez tengo que explicarle a Jacobo lo que significa la palabra caos, lo llevaré solemnemente junto a la cajita, se la acercaré a los ojos, y le diré:
—Dime qué hay ahí.
Claro que todo es cuestión de puntos de vista. Porque, para contar la verdad completa, una vez me metí en la cajita. No, no entré entero en ella: me puse a buscar una aspirina, desde afuera. Ahí fue Troya. Al cabo de unos treinta y dos pinchazos y luego de librarme por un pelo del artero tajo que me lanzó —¡oh, traición!— una de mis propias hojas de afeitar, después de horas de jugar al Sherlock Holmes, renuncié.
—¿Te tomaste la aspirina? —preguntó Melania cuando bajé al comedor.
—No.
—Ah, qué bueno: se te pasó la jaqueca.
—No, hija.
—¿Qué fue, entonces?
—No la encontré.
—¿La caj…?
—La aspirina.
—Pero si está en la cajita de costura.
—Te creo. Lo que pasa es que no soy capaz de seguir escarbando. Prefiero el dolor de cabeza.
—Por Dios, A. I. No seas exagerado.
Subió. Subí con ella. Tomó la cajita. Observé cuidadosamente cada uno de sus gestos, y puedo jurarles que no hubo prestidigitación ni trampa de ninguna especie: apenas metió la mano, pescó una pastilla. Estuve tentado de comentar que ya se la tenía cansada, pero soy buen perdedor.
Bajé a tomarme la bendita aspirina, aunque a estas alturas habría necesitado por lo menos un par, y desde el primer piso escuché la exclamación de Melania:
—¡Qué horror, el desorden que dejaste!
Era el golpe de gracia.
(Ahí va esa, 1973).