Debo confesarles, con la debida tristeza, que en estos últimos días mis relaciones con Melania andan de regular-para-mal en regular-para-peor: Un poco más cargadas al para-peor, diría yo. Eso, además de incómodo, es raro, porque solemos entendernos bastante bien.
Y lo divertido —si algo tiene de divertido el asunto— es que, en el fondo, el lío se produjo porque mi mujer insiste en juzgarme demasiado favorablemente. Tal cual oyen. Lo que pasa es que yo insisto en que soy ingenuo y ella insiste en que no y ahí estamos.
Voy a contarles la historia completa para que ustedes vean: el problema empezó por culpa de los Marmótez. Por culpa mía, según Melania. Los Marmótez son un matrimonio súper corrientito. Las aventuras más fascinantes que le ocurren a Soporio se relacionan con una vez que perdió el trole y llegó tarde a la oficina, o con el día en que se le quedó la billetera en la casa y no tuvo con qué pagar las galletas de agua. Son su vicio. En cuanto a las tragedias de Adormina, su escala va desde el punto corrido en una media hasta las dos o tres ocasiones en que se le acabó el gas licuado y…
Fuera de estas y otras anécdotas igual de movidas, nuestros amigos tienen harto poco que contar.
Lo malo está en que lo cuentan. Y largo. O sea —y es lo que le digo a Melania—, si los Marmótez se quedaran callados y en su casa, no habría ningún problema de convivencia con ellos. Uno hasta podría imaginarse que son entretenidos. Con no mirarles la cara…
Pero no. Les da con invitarlo a uno a comer por lo menos una vez al mes. Y le dejan caer esa tonelada de piedras que es su conversación. Adormina insiste en explicarnos, con lujo de detalles, hasta el último recoveco de la lechuga que le sirvieron de entrada en el almuerzo donde los Gílez. A los tres cuartos de hora, Soporio la interrumpe apasionadamente para narrarnos con perfecta minuciosidad la reforma de planillas que acaban de implantar en la sección donde él trabaja.
Y aquí es donde Melania y yo empezamos a diferir. Ella comenta:
—¡Fantástico, Ador! Lechugas con mayonesa. ¡Qué buena idea! Tienes que darme la receta.
Yo, en cambio, respondo a la mirada interrogante de Soporio:
—Hum.
Al terminar la exposición sobre las planillas, El pobre insiste, por si no estaba claro:
—La idea de poner una rayita vertical al lado derecho la propuse yo.
—Hum —insisto a mi vez.
—Me parece —tesonea él— que así será más fácil para archivarlas.
—¡Ay! —exclamo.
Pero eso es porque Melania me ha dado un puntapié por debajo de la mesa.
—Es el colmo —me dice cuando ya vamos de vuelta a la casa—. No dices esta boca es mía en toda la noche.
—¿Para qué voy a decirles eso, si ya saben? —replico, con lógica inatacable.
Melania no remueve el asunto de la propiedad bucal. No remueve nada. Se calla. Caminamos así unas cuantas cuadras. Al fin rompe el silencio, y me dice:
—Déjate de historias. Haces un papelón. Los pobres son de lo más dijes que hay al convidarnos a comer, y tú lo único que haces es gruñir.
—Cuando me preguntan —alego, defendiéndome.
—Podrías contestar algo más inteligente.
—Podrían preguntarme algo inteligente.
—No estoy para discusiones, A.I. pero tienes que portarte más… más… humano.
Chupalla. Ese sí que era compromiso. Me hice el propósito de mejorar el comportamiento en la próxima, y se lo anuncié a Melania, agregándole que no había sido mi intención, etcétera.
Todo eso es lo que ahora no me cree. Porque en la última comida donde los Marmótez, Soporio se lanzó a explicar que iban a agregarle —por iniciativa de él— una segunda rayita vertical a cada planilla, y que… y que… y que… Cuando terminó, se quedó mirándome como de costumbre, con cara de pregunta. Yo iba a contestar mi habitual “hum”, pero en ese momento recordé mi promesa a Melania y me propuse cumplirla.
Enfático, entusiasta, categórico, declaré:
—Esta boca es mía.
Y Melania va y se me enoja. ¿Ustedes entienden a las mujeres?
(Ahí va esa, 1973).