Veintidós caracteres
Editorial Aguilar, Santiago, 2001
Por Soledad Evans
Colaboración de M. Elena Dressel y Francisca Araya
“Recordaba el día en que nació. Tan patente el recuerdo, que lo veía en sus párpados como película en un teatro. Incluso sin colores. Venía volando sobre el río Maule: ancho, tranquilo, grande. La cigüeña debió de traerlo por mar, y ya en la costa habrá torcido río arriba hasta el Claro; ahí, pero muy alto, siguió vuelo hacia Talca, a la casa donde él tenía que nacer”. Guillermo Blanco Martínez asegura haber soñado esta escena cuando tenía alrededor de cinco años, en Talca, ciudad en la que nació el 15 de agosto de 1926.
Ese y otros recuerdos aparecen en su libro autobiográfico En Jauja la Megistrú, y permiten formarse una idea de cómo fue la infancia de una de las mejores plumas de nuestro país. La razón del título el autor la explica así: “Es la primera estrofa de una canción que entonábamos —y que yo desentonaba— en mi infancia: En Jauja la Megistrú/macaflú, macaflú, macaflú…”.
Fue una infancia “feliz en todos los sentidos posibles”, dice el único hijo de Guillermo Blanco y Vicenta Martínez. “Quizás el recuerdo más global que tengo es el de la paz, pero no una paz donde no pasa nada, sino donde pasan todas las cosas ricas; y una sensación galopante de libertad”.
Y vaya que la puso en práctica. Cuando tenía tres años se fue caminando, solo, hasta la Plaza Mayor de Talca, distante a siete cuadras de la casa. Allí lo encontró el alcalde, amigo de sus padres, y lo llevó de vuelta. Un poco después iba a jugar al río. “A la orilla del río, que quedaba lejos de mi casa; yo era un niño de seis o siete años. Desde entonces empecé a querer la libertad”.
De su padre tiene un vivo recuerdo. “No creo haber conocido un hombre más bueno que él; igual de bueno a lo mejor, pero más, no lo creo posible”. Será entonces herencia paterna, pero Guillermo Blanco inspira ese mismo sentimiento en quienes lo conocen. “Más bueno que el pan amasado”, lo describe Francisco Castillo, su alumno en la Universidad Católica. Alejandro Magnet, amigo de toda la vida, lo califica de “amigo leal, transparente y muy chistoso. Le llegan a brillar los ojos cuando encuentra una buena idea”.
Don Guillermo era cascarrabias. “Tenía un genio de miéchica”, precisa su hijo. Soltaba unas rabietas tan explosivas como breves, que la familia llamaba pronto. Se sacaba el sombrero de paja y lo atravesaba de un puñetazo, con lo que instantáneamente recuperaba su buen humor. “Yo tengo el mismo carácter, pero aprendí a manejarlo. Podría dar un cursillo de cómo rabiar”, admite Blanco con palabras entrecortadas por la risa.
Historias de bandidos
Algo solitario, quizás, el germen de su imaginación comenzó a brotar en la tranquila biblioteca del abuelo materno, a quien no conoció. En esa casa vivió con la abuela ya viuda, sus padres y un par de tías. Aún no aprendía a leer, pero dejaba correr las horas hojeando la revista Ilustración Artística. Allí experimentó por primera vez la sensación de que “el libro era un objeto sagrado en el sentido de que pertenecía a un santuario y de que las personas que escriben un libro son personas importantes”.
El patio de la casa estaba unido al de su gran amigo Cacho, el pianista Oscar Gacitúa. Ahí jugaban a los “cauboyes”, tal como lo habían visto en el cine. Los muebles de mimbre eran las montañas del oeste alrededor de las cuales Guillermo cabalgaba en su fiel caballo Flecha, una escuálida vara de coligüe. No era fácil ponerse de acuerdo sobre quién sería el “jovencito”. Entonces optaban por ser ambos “buenos” y perseguir a los forajidos.
“—¡Open de doar in de neim of de lo!
— ¡Manos arriba, perro!
—¡Yajú Sílver!
—¡La diligencia está en peligro! (…)”.
Otros compañeros inseparables eran la perra Tula, un conejo que lo seguía a todas partes, gatos, un queltehue, un mono incluso. Del caballo Píter que, para su horror, fue convertido charqui, surgió Adiós a Ruibarbo, cuento hermoso y evocador. “Un clásico”, determina Alejandro Magnet.
Esa manía “animalera” perdura hasta hoy. “Consigue una convivencia envidiable con los animales”, corrobora su hija Mónica. “No sólo tiene un perro, que se echa junto a él pacientemente mientras trabaja en su escritorio, sino que es amigo de todos los perros del barrio y, si se topa con alguno desconocido en la calle, lo saluda”.
En ese entorno mágico, la abuela paterna —que murió cuando Guillermo tenía cinco años—, jugó un rol importante. “Era una disparadora de refranes”, recuerda Blanco, “del tipo ‘Éramos muchos y parió la abuela’, que es el colmo de la mala suerte”. Secona y algo terca, doña Cruz manifestaba su amor regalando a Guillermo un billete cada domingo. “Yo lo rechazaba con una especie de chinchocería adiestrada, hasta que ella me decía ‘¡Toma, chiquillo de mierda!’, que era su manera de demostrar cariño”.
Doña Cruz tenía un almacén, lugar fascinante para cualquier niño “maldadoso”. “Con la poruña agarraba las lentejas y las echaba donde estaban los garbanzos y los porotos donde estaban las lentejas”, recuerda el escritor. Después, con santa paciencia, la abuela separaba los granos uno por uno. Hoy Guillermo demuestra sus sentimientos de un modo parecido: “No es de frases melosas ni de muchos regaloneos, pero hace cosas que no dejan dudas sobre su afecto, orgullo y admiración por las personas que quiere”, cuenta Mónica.
No puedo no poder
Introvertido y tímido, Guillermo Blanco fue también profundamente rebelde, características que no han desaparecido.
Porfiado incluso, afirma que “no puede no poder”. Nuevamente su hija Mónica aporta una prueba: “Cuando se pone a hacer un trabajo casero para el cual evidentemente es preferible llamar a un maestro calificado, su ‘no me la va a ganar’ siembra el terror en la familia”.
Esa porfía también afloró en forma de ‘resistencia pasiva’ durante la dictadura militar. “En un tiempo oscuro en que la libertad se vio encogida, arrinconada en nuestro país. No pude no poder trabajar por ella con todas mis fuerzas”, dijo al recibir el Premio Nacional de Periodismo.
Lo hizo a su manera, con un arma tan efectiva como inocente: la palabra, una palabra chispeante, finamente irónica, en apariencia inocua. A veces, también, dolida. “El ser humano está presente en sus palabras”, apunta. (…) Podría escribirse la biografía de un hombre, de una mujer, a través de su vocabulario. También la historia. (…) Imposible olvidar el día de 1970 en que un diario escrito por chilenos traía enemigos para aludir a otros chilenos. Imposible olvidar —para entendernos y saber quiénes somos— que la palabra no muere y nos acusa”.
Adiós a Talca
Los Blanco Martínez, como tantas familias, fueron víctimas de la crisis económica del 32. Talca ofrecía pocas oportunidades, de modo que Guillermo, Vicenta y el niño hicieron sus maletas y se trasladaron a Santiago.
En la capital ambos padres encontraron empleo, y el pequeño Guillermo pasaba muchas horas solo en la pensión donde vivían, en calle Lira 230. Atrás quedaban los tiempos apacibles en que con su madre recorrían la Alameda provinciana comiendo naranjas.
El cambio fue brusco. “Ahora diría que fue ‘traumático’, pero como entonces no se conocía esa palabra, ‘eché de menos’ no más”. La entrada a tercera preparatoria del Instituto Luis Campino no fue menos dura. “Yo venía de un colegio lo doméstico, lo hogareño, que era de dos señoritas —largamente señoritas—”. Al poco tiempo se acostumbraba a los nuevos ramos. Castellano, Historia y Dibujo eran sus favoritos. “Mi profesor de Castellano, Roberto Guerrero, era tan bueno, que con la gramática que aprendí de él me he batido el resto de mi vida”, dice agradecido.
Añorando su ciudad natal, Guillermo recorría Santiago a pie. “Una vez salí caminando desde la calle Lastarria, pasé por el cerro Santa Lucía, me fui por Santo Domingo hasta llegar a la Quinta Normal y volví por la Alameda. Y ahí pensaba, inventaba cosas, qué sé yo…”. A su manera, era feliz. “Mi vida entera ha sido feliz”, aclara, “pero la felicidad no es sin dolor. Tú puedes ser feliz aunque sufras”.
Por esa época, aún un escolar, escribió sus primeras poesías. Las conserva hasta hoy “para castigarme el ego cuando corresponda”, reconoce.
Su padre, su cumpa, fallece cuando Guillermo tenía sólo trece años. “Lo he ido revalorizando continua y progresivamente”, dice nostálgico. Y atribuye a su crianza española el arrepentimiento que sintió “por las cosas malas que le había hecho, cualquier travesura o desobediencia”. Se le hacía un nudo en la garganta que le impedía respirar.
Fueron tiempos difíciles, en los que a su propia pena se unía la de su madre. “Ella volvía de trabajar y yo la esperaba en la Alameda; siempre venía con los ojos llenos de lágrimas”. Entonces sacaba un cuaderno y escribía. Ahí nació su necesidad imperiosa por escribir.
Dona Vicenta era un ejemplo de fortaleza y bondad. Hasta su muerte, en 1985, fue un pilar para la familia entera y la imagen de un amor incomparable. De gran firmeza, no obstante, lo obligó a aprender a leer, cuando Guillermo se resistía “como tigre”; era más entretenido escuchar de boca de su madre las aventuras de El Peneca. Pero al verla tan decidida, a Guillermo no le quedó más remedio que batírselas por sí solo. El primer libro que leyó completo fue Ivanhoe, que todavía conserva.
¡Qué ganas de ser judío!
En parte por su porfía española, quizás también por su aversión a las injusticias, Guillermo Blanco suele estar del lado de los más débiles. Desde niño. Con sólo nueve años tomó el partido de los etíopes cuando en 1935 Mussolini invadió sus tierras. Luego, al enterarse del antisemitismo nazi pensó ‘¡qué ganas de ser judío!, sin saber por esa época que su apellido Blanco es de ese origen, lo mismo que Medina, el de su abuela Cruz.
Frente a una injusticia, se sublevaba por dentro. “Si durante la dictadura hubiera habido doce millones de Guillermo Blanco, con mi formación española de fuerte sentido de lo que es justo, la cosa no habría durado más de un cuarto de hora”, asegura. Y enfatiza: “Hice mi resistencia pasiva todo, todo lo que pude. En esa época leí a autores rebeldes como Unamuno, que era una especie de anarquista espiritual”.
Muchos años más tarde, ya como escritor consagrado, hurgando en una librería un pequeño volumen llamó su atención. Era Algunos antecedentes para la historia de los judíos en Chile, de Günther Boehm. “Fue amor a primera vista”, dijo después. “A partir de ese momento la historia de Francisco Maldonado de Silva se me volvió inevitable y sentí que tenía que contarlo yo, con mis propias palabras. Quería hacer vivir a ese personaje y compartirlo con ese ser misterioso que es el lector”. Y así fue como estuvo años investigando hasta que logró rescatar datos suficientes como para recrear Camisa limpia, la historia de este médico judío que en el Chile de principios del siglo XVII fue juzgado por la Inquisición”. Lo singular del personaje es que, luego de huir de la prisión, por decisión propia vuelve a ella. “Escaparse y luego volver a la prisión es un acto supremo de libertad”, estima Blanco.
La Guerra Civil de España, más cercana a él, le produjo un doloroso remezón. Su primo Juan, que estudiaba medicina en Madrid, fue juzgado por traición y fusilado en Barcelona. En su memoria, Guillermo escribió un poema que él considera su primera obra de valor.
Arquitecto de catedrales
Llegado el fin del colegio, y algo desorientado en su vocación, en 1943 Guillermo Blanco entra a Arquitectura en la Universidad Católica. El mismo reconoce que, de haber sido más estudioso, habría sido un buen arquitecto. “Un día me sacaron a la pizarra para que dibujara cómo se ponían las planchas de zinc y yo no tenía idea, lo encontraba uno de los conocimientos más inútiles, si para esas cosas estaban los maestros. Entonces, claro que me reprobaron”, recuerda entre risas. “Mi sueño era construir una catedral, no por fe, sino por la estructura”, arguye.
Abandonando un segundo intento académico, entró a trabajar como junior y dactilógrafo a la Compañía Salitrera Anglo–Lautaro. Con una máquina de escribir a su disposición, aprovechó sus ratos libres y, en coautoría con Carlos Ruiz-Tagle, escribe Revolución en Chile, novela en que satiriza la ingenuidad de una periodista “gringa” que no tiene idea dónde está parada. “Nos partíamos de la risa mientras la hacíamos y llegamos a la conclusión de que, pasara lo que pasara con el libro, se publicara o no se publicara, nosotros nos habíamos entretenido horrores”. También se rieron a carcajadas miles de chilenos y la novela, un tremendo éxito, superó las veinte ediciones.
Por entonces ya había escrito un buen número de cuentos. Grande fue su orgullo cuando, en 1947, una selección de relatos, bajo el nombre de Solo un hombre y el mar, fue publicada por Editorial Nascimento. El libro le significó ganarse un lugar en la narrativa chilena y la inclusión de una de sus obras en Antología del nuevo cuento chileno, editado por Enrique Lafourcade y Claudio Giaconni, que reunía a jóvenes promesas como José Donoso y Jorge Edwards.
En tanto, Blanco tenía ya los manuscritos que más tarde se transformarían en Gracia y el forastero, novela emblemática, que durante más de tres décadas ha formado parte de la lectura de los adolescentes y que alcanza el millón de ejemplares vendidos. La tuvo guardada más de siete años. “Temía que pudiera causar algún perjuicio moral entre la gente joven, es decir, inducirla a realizar acciones como las que se cuentan ahí”, explica, refiriéndose al hecho de que la pareja protagonista se casa en una gruta y sin la presencia de un sacerdote. Pero asoma el concepto del libre albedrío: “El que a uno se le ocurran personajes, no significa que puede moverlos como quiera”, explica el autor.
“Yo informé que ese libro debía ser publicado”, recuerda Alejandro Magnet, entonces editor de Editorial del Pacífico. “Que iba a ser un clásico en la literatura chilena. Pero uno de los editores —por razones que hasta ahora no entiendo— se opuso diciendo que era inmoral”.
Las colaboraciones en La Voz, semanario del Arzobispado de Santiago, marcan el inicio de Guillermo Blanco en el periodismo en 1960. Con el seudónimo de A. Claro escribía columnas de actualidad en un tono suavemente irónico.
“La Voz fue fundamental en el encuentro de muchos nosotros con la noticia, la denuncia y el anuncio, en un lenguaje propio de los laicos, del Evangelio de Jesús”, recuerda Abraham Santibáñez.
Guillermo Blanco, civil
Una de sus tarjetas de presentación dice así. Ni una palabra más. “Me las mandé a hacer por el año 76, cuando el gobierno empezó a dictar esas normas que colocaban a los militares en una situación privilegiada frente a los civiles. Entonces yo dije ‘Ah, yo voy a darle importancia a ser civil’. Ahora no importa nada”.
Bastante bien conocía el escritor la mentalidad militar, su forma de ver el mundo y cómo hay que dirigirse a ellos para ser escuchado. Era el principal aprendizaje obtenido en el servicio militar, por allá por 1946.
Lo primero que descubrió fue que “la energía tapa todo”. Con su amigo Lucho Larraín Marín determinaron que, tomando escobas y trapos con actitud firme y decidida, podían librarse de hacer el aseo de las dependencias. “Atravesábamos el patio con mucha energía y nos íbamos a conversar a algún rincón”.
También aprendió que en el Ejército está prohibido cansarse. “Nadie gana una batalla con un ejército cansado”, razona divertido.
Muchos años después, la experiencia le sirvió para entenderse con el almirante Jorge Swett, rector de la Universidad Católica. Al momento de presentar su renuncia —Blanco era profesor de la Escuela de Periodismo desde la década del 60— le dijo al militar, entre otras cosas, que se iba porque nunca se había hecho tanta política en la universidad como en esa época. “Era en plena dictadura y yo le dije ‘zamba y canuta’, pero se lo dije con claridad y él me entendió. Está en la mentalidad militar”.
Esas y otras razones le hicieron sugerir a su hijo Jaime que no eludiera el Servicio Militar. “Tal es mi convicción de la incompatibilidad entre el clima, la atmósfera en la cual se desarrollan las cosas militares con las civiles que cuando llegó la hora en que mi hijo debía hacer el Servicio le aconsejé que lo hiciera, para que sepa lo que significa cuando le digan que el país necesita un gobierno militar”.
Guillermo terminó el Servicio con el grado de “Sargento primero efectivo, especialista en explosivos”. Tan singular nombramiento obedece a otra de sus rebeldías: negarse a construir un puente para luego dinamitarlo. “Con Lucho Larraín decidimos que eso no era para nosotros, así es que nos fuimos a tender a la sombra de unos matorrales. Estábamos tan bien que nos pusimos a cantar una ópera italiana que había inventado Lucho: Falooopio. De repente había un sargento parado delante de nosotros. En castigo tuvimos que colocar los explosivos, tender el cable y hacer volar el puente”.
En letras de molde
Haciendo un balance, sus recuerdos sobre el Ejército son buenos. “Lo pasé bien, entre otras cosas cometiendo infracciones”. Tan bien y con tan buenos amigos, que al salir decidieron que no podían dejar de verse. Con Luis Larraín, Hugo Montes, José Zañartu, Jaime Martínez, Juan Frontaura y Hugo Silva siguieron reuniéndose sagradamente los jueves a conversar y a “posar un poquito de intelectuales”. Y entre conversa y conversa se fue gestando la idea de hacer una revista literaria. Amargo la bautizaron, en recuerdo de una localidad cerca de Valdivia donde veraneaba uno de los participantes.
Con ilustres colaboradores como Pablo Neruda, Vicente Huidobro, además de los españoles León Felipe y José María Souvirón, la publicación alcanzó tan sólo a doce ejemplares. “Nosotros la escribíamos, la ilustrábamos, revisábamos las pruebas la vendíamos y la comprábamos”, recuerda.
Para Guillermo fue como una ceremonia de iniciación. “Por primera vez vi cosas mías en letra de imprenta. Esa cuestión es medio sagrada”.
Alegre condena
Sin duda más conocido como escritor —tiene más de veinte novelas, ensayos y cuentos publicados—, su labor en la prensa es sobresaliente y le desagrada hacer diferencia entre literatura y periodismo. En un debate público con Alfonso Calderón, Blanco aclara su postura: “Tú me dices ‘condenado al artículo semanal’. No es así. Uno no puede escribir una novela sobre la gente que fabrica antigüedades y la gente que compra antigüedades recién hechas. Eso no da para una novela o un cuento, da para un artículo”. Porque, añade, el ejercicio del periodismo es una manera de ir tomando posición en una situación del país. El periodismo, para él, es una manera de actuar en lo inmediato.
En sus artículos para Ercilla y Hoy los temas eran situaciones cotidianas, inmediatas, reflejo de nuestra idiosincrasia: el afán del chileno de descalificar lo realizado por su antecesor. “Ya don García Hurtado de Mendoza, por allá por 1557, encontró que todo lo anterior estaba malo y con soberbia juvenil pretendió cambiarlo, también, todo. Ninguno de sus antecesores valía para nada. Eran una especie de manga de chambones. Lo dijo sin pelos en la lengua, y actuó sobre esa base”.
Si Chile pierde un partido de fútbol, Blanco se mofa de las excusas de los “especialistas”: “A Chile lo perjudicó no sólo el clima, sino también un exceso de garra, una codicia desmedida frente al arco antagónico, cierta rigidez en el planteamiento del cerrojo defensivo”.
Y cómo no se iba a reír del “éxodo patriótico” para el Dieciocho. Son hordas de chilenos ávidos de comprar que luego “procederán a vender a sus coterráneos una parte de las mercaderías que lograron salvar de la incomprensión aduanera”.
Pero un día llegó a Ercilla una invitación para ir a reportear la guerra de Vietnam. “Era la oportunidad de ganarme el derecho a hacer clases de periodismo”, explica. Ese año, 1968, se hablaba de la violencia como instrumento de liberalización y el Che Guevara proclamaba la idea de ‘vietnamizar’ Latinoamérica.
Después de convocar a un consejo de familia y obtener permiso, partió a Vietnam con Iván Cienfuegos a vivir su mejor lección de periodismo.
En los quince días que permaneció allá, descubrió que cuando se lee sobre las guerras, siempre hay mentiras que ayudan a que las matanzas se vean más limpias. “Lavan las guerras, para hacer más posible una próxima”, se lamenta. “Todo, todo se corrompe y eso no sale en los libros de historia, por la flauta”, dice indignado. Y aprendió a definir, basado en su propia experiencia, lo que era la ‘vietnamización’: “Jugarse el destino del continente a la sangre, a la matanza, porque en una guerra el que gana es el que es capaz de hacer más daño, no el mejor. Si eso era lo que quería el Che Guevara, no debiera ser el ídolo que es”, resume.
Lucy y el mito griego
Sobre sus sentimientos se cierra como una ostra, y más cuando se le pregunta por Lucía Cristi, su mujer de toda la vida. Sólo dice que ella es esa otra mitad de la que habla la leyenda griega. “Eso pasa en un sentido muy real. Uno de repente se encuentra con una persona que lo complementa. Para mí la vida con ella es la vida completa”.
Forman una familia unida, con cuatro hijos (Jaime, Mónica, Rosita y Pilar), yernos, nuera y once nietos. La madre de Guillermo fue también un miembro muy querido. “Vivimos con ella hasta que mi papá se pudo comprar su casa propia, fue un hito en la familia”, dice Jaime Blanco.
Abuela incluida, las vacaciones eran el El Tabo. “Pasábamos la Pascua allá y nos volvíamos en marzo”, recuerda Jaime. “Mi abuela construyó la casa en la década del cuarenta con un diseño hecho por mi papá, que estaba estudiando arquitectura. Ella se las ingenió. Arrendaba camiones y se iba con los maestros. Por eso en El Tabo hay raíces muy fuertes”.
Jaime cuenta que en esa zona de la costa sus padres vivieron parte de su pololeo. “Mi mamá veraneaba en Cartagena y mi papá se iba a pie desde El Tabo a verla”.
Haciendo recuerdos afloran también los trabajos de sus padres en poblaciones. “Los fines de semana siempre venía un niño y almorzaba con nosotros”. O los juegos compartidos con su padre, como encumbrar volantines, maestrear, hacer excursiones al bosque.
Pero lo principal es el ejemplo recibido: “La buena relación de pareja de mis padres nos ha dado una sensación de estabilidad”.
“Se pronuncia miento”
El golpe militar produjo en Guillermo Blanco una tristeza profunda. “Tuve una depresión que me duró dos años; yo no sabía lo que era una depresión hasta ese momento”. Como muchos chilenos, intuía que la caída de Allende era inevitable, sin sospechar lo que en realidad significaba que los militares tomaran el poder. “Teníamos una sensación tan ingenua; pensábamos que se levantaba un militar, pedía un par de cosas y llamaba a elecciones”.
Al poco tiempo Blanco se dio cuenta de que el asunto era mucho más serio. “Una dictadura, por definición, es inmoral. Después empezamos a saber que además de ser por definición era por acción”.
Entonces decidió tomarles el pelo a las nuevas autoridades. “Cuando a uno le da rabia lo peor que puede hacer es manifestarla. Lo que tiene que hacer es reírse del otro”.
El primer artículo después de la toma del poder por Pinochet se llamó ¿Cómo se pronuncia? Se pronuncia miento? “Se trataba de un tipo que llega a su casa con un chichón en la cabeza y dice que le han pegado un ‘pronunciamiento’. Con esa siutiquería tan chilena, no se daban cuenta de que en España ‘pronunciamiento’ es un golpe rasca, uno que da un milico al mando de tropas; si no le resulta, queda en pronunciamiento; si cambia el gobierno es Golpe de Estado. Pero aquí les gusta endulzar las cosas”. Es el eterno tema de los eufemismos. “Yo no sé por qué aquí se les ha metido que el periodista es una especie de traductor. Ve un choque y lo bautiza ‘colisión’ y el choque no es en la esquina sino en la ‘intersección de dos arterias’. Eso mata la espontaneidad, la comunicación”.
En su Página en Blanco, de la revista Hoy, no eludió, por cierto, los temas espinudos y dolorosos. “Me di el gusto de decir que no hay personaje más cobarde que el torturador. Lo puse y está publicado”.
Lo que se abstuvo de editar fueron libros. “El dilema de Blanco”, llamó a esa decisión, un modo de protestar por la exigencia de que todo libro publicado debía obtener la aprobación de autoridades designadas por el gobierno. “No sabía qué era peor, si la rabia de que me prohibieran o la vergüenza de que me aceptaran”.
Durante largo tiempo, y según sus propias palabras, los militares le provocaban “alergia”. Para nadie era un misterio, y por eso sorprendió que Guillermo Blanco aceptara integrar la Mesa de Diálogo, convocada en 1999 por el gobierno para dar con el paradero de los detenidos desaparecidos. ¿Qué le hizo aceptar? “Para mí un mundo ideal sería sin Fuerzas Armadas”, ha dicho en reiteradas ocasiones. “Pero eso es utópico y, como existen, creo que es indispensable que se incorporen a la vida natural de un país y no estén defendiéndose de acusaciones. Que las acusaciones recaigan sobre aquellos que las merecieron, pero que un militar nuevo sienta que está en una institución que el país necesita. Por eso hay que incorporarlos y hay que incorporarse”.
“Él se enfrenta a las cosas así, y eso significa que muchas veces le duelen, pero siempre está abierto a lo que le va a pasar, sin prejuzgar. Hace tiempo que hizo el desafío de no presuponer intenciones acerca de las personas”, dice con no disimilada admiración Pilar Bernaldo de Quiroz, su ayudante en la universidad Diego Portales.
El maestro que da señas
En la década del sesenta y ya escribiendo para la prensa, Guillermo vio con gran interés la creación de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica. “Esta es mi oportunidad de sacar el título para legitimar mi actividad periodística”, pensó. Cuando se iba a matricular, sin embargo, lo llamaron para que hiciera clases. No le quedó más opción que aceptar.
Generaciones de periodistas han sido sus alumnos, tanto en la Universidad Católica como en la Diego Portales, donde hace clases de Redacción Periodística desde 1988.
Francisco Castillo, alumno de la Católica, recuerda la principal lección de Blanco: ser creativo. “Yo escribí un artículo de opinión muy severo sobre la Revolución Cubana. Oh, sorpresa, cuando recibo la corrección de don Guillermo, un tres, porque consideró que era lo latero. Cuando se me quitaron las ganas de tirarme al Mapocho, decidí volarme y escribir una crítica a una película que no existía, que jamás se había filmado pero que tenía relación con la actualidad internacional”. Se sacó un seis coma cinco y aprendió que la realidad se puede contar en forma entretenida.
“Guillermo Blanco es realmente un maestro”, dice categórico Abraham Santibáñez. “Pero un maestro no es sólo alguien ‘buena persona’, que Guillermo lo es. Un maestro es, sobre todo, un ejemplo de vida y consecuencia. Guillermo ha sido un cristiano fiel y a partir de ahí, ha puesto en práctica permanente valores fundamentales como la libertad y la solidaridad. En su defensa ha desempeñado su mejor capacidad: su pluma vibrante y clara. A la que hay que agregar un calificativo adicional: delicadamente irónica”.
Para Guillermo Blanco, la docencia es una vocación, y de las fuertes. “Lo único que uno hace es enseñar a aprender; enseñar, en su origen, es dar señar. También es abrir el diálogo, y diálogo entre libres”, dice. “Deja que cada uno desarrolle sus habilidades”, corrobora Francisco Castillo.
Tiene fe en sus alumnos y por eso le preocupa que el periodismo en Chile “esté muy chantado”. Lo desalienta que, después de cinco años en la universidad, los alumnos “anden corriendo detrás de ministros, senadores y diputados. Todos en piño, compartiendo las mismas preguntas. ¿Dónde está la originalidad? ¿Dónde está lo profesional, por último?”. Además de su gran aporte de conocimientos, Guillermo Blanco es un hombre querido y respetado, sentimiento recíproco. “Es cálido, accesible”, dice Pilar Bernaldo de Quiroz. “Aunque tenga mil cosas que hacer uno llega a hablar con él y siempre tiene tiempo para escuchar”. No extraña, entonces, que varias veces haya sido elegido el mejor profesor de la universidad. “Hace un par de años la universidad le regaló un viaje a Grecia por ser el catedrático mejor evaluado”, cuenta Pilar.
Los “tonticieros” de la televisión
Fue durante “un alza de choremia” que Guillermo Blanco escribió su novela El joder y la gloria, al escuchar, de boca de un periodista, que “cierto delincuente logró ser aprehendido ayer en Concepción”. A ese desconocido redactor dedica el libro: “Estas páginas rinden homenaje a quien escribió esa frase enigmática”.
Como televidente, comentarista literario en Canal 13 (1963-1964), director de programación de Televisión Nacional (1969-1971) y miembro del Consejo Nacional de Televisión (1992 a la fecha), conoce el medio al revés y al derecho. Por eso fustiga no sólo la programación, sino el modo cómo se emiten las noticias. Le sacan ronchas esas notas pronunciadas con delicado rebuscamiento, y que reproduce en su libro: “En horasssa de la mañana de hoy, una camioneta conducida por un individuo en estado de intemperancia impactó a un vehículo utilitario en la interseccione de las arterias Loso Chorose y Lasa Lapasa”. Blanco llama “periodistés” a esta forma de comunicar, así como a eufemismos archirrepetidos tipo “antisociales” que “se dieron a la fuga” o “altas autoridades que hacen su ingreso a las aulas de la casa de estudios superiores”.
El libro gira en torno al noticiario central de un canal de televisión de un país “rigurosamente imaginario” pero incuestionablemente familiar. La noticia estrella, la sí-noticia’, ¡cómo no!, es … el fútbol. “A mí me gusta como deporte pero no como religión y menos como religión obligatoria”, afirma.
Como en toda caricatura, los rasgos esenciales están llevados al límite de la exageración para que la denuncia de fondo no se quede enredada en la sonrisa. Así, entonces, Blanco bautiza como “informófagos” a esos reporteros que “toman una noticia, se la tragan y dejan los huesitos”.
Para los acontecimentos internacionales, desproporcionadamente breves, en el imaginario canal un editor creativo crea la sección El Abanico: Es Donnerwetter, que, mirando cómo su cuñado prende el carbón para el asado, tiene una idea genial: “¿Qué tal meterlas todas en un abanico y dar cada nota en seis, siete segundos? Chas, chas con la agilidad con que el Rupa abanicaba esas brasas reacias?”. (…) “¿Algo pasó en el Vaticano, ponte? ‘Caliz-bomba destruyó iglesia de San Pedro’. Eso pal texto. Pa imagen, humo, escombros, hueveo. ¿Qué más? Dos palabras del Papa. Obvio: no le va a gustar que le demuelan el boliche”.
El premio, una “cosquilla espiritual”
Esa tarde de agosto de 1999, el ambiente era de fiesta. La Biblioteca Nacional cumplía 186 años de existencia, y el presidente del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, Guillermo Blanco, pronunciaba unas palabras para destacar la enorme importancia de la biblioteca en la cultura del país. “Hay un nuevo auge en la literatura criolla encabezado por novelistas e historiadores tan buenos como Roberto Ampuero, Tomás Moulian o Alfredo Jocelyn Holt”, dijo, desestimando la opinión de quienes diagnostican la agonía del libro.
Como es de rigor, tras los discursos los concurrentes pasaron a tomar un café. Mientras conversaban, una secretaria se acercó a Blanco para decirle que tenía un llamado urgente. Pálido, temiendo una mala noticia, Guillermo corrió al teléfono.
Era José Pablo Arellano, ministro de Educación, para comunicarle que el jurado le otorgaba el Premio Nacional de Periodismo. Hacía horas que lo estaban buscando.
Saliendo apenas de su estupor, Blanco tomó un taxi y se dirigió al Ministerio, donde esperaba encontrase con un ambiente de gran solemnidad. “Pero como se habían demorado tanto en encontrarme estaban muertos de hambre, comiéndose un sanguchito”, se ríe.
“Me llenó de gusto, sobre todo que fue la sorpresa más absoluta. Más sorpresa habría sido que me dieran el premio Nobel de Química”, bromea, “pero eso entra en el terreno de lo imposible”.
Sus muchos e incondicionales lectores piensan que, además, tiene méritos de sobra para recibir otro Premio Nacional, el de Literatura, al que fue candidato en 1998. “Alguna ilusión me hice”, comenta. “Pero como soy inseguro no me extrañó que no me lo dieran. Creo que he trabajado un poco más en literatura que en periodismo, pero a lo mejor no me ha salido tan bien”.
El jurado apoyó su elección en los méritos de Guillermo Blanco: la defensa de la libertad y los valores democráticos, y su labor docente.
Dice que esos fundamentos le produjeron una “cosquilla espiritual”. “Habría sido difícil encontrar otra mención capaz de llegarme tan adentro y de echar a volar, juntas, mi gratitud, mi imaginación, la raíz misma de mi condición humana”, dijo al recibir el galardón.
Con decenas de libros publicados y otras tantas distinciones, Guillermo Blanco no tiene intenciones de retirarse de las letras. No puede hacerlo. “Uno empieza a escribir de a poco y le va tomando el gusto. Es como el alcohólico: uno que otro traguito a principio y después no lo puede dejar”.
La literatura es para él una manera de ganarle a la muerte. “Es obvio que me queda más para atrás que para adelante. Lo que escribo va teniendo mucho que ver con mis recuerdos. Ahora no es que invente hacia el futuro, pero sí al futuro le cuento el pasado. Es como una manera de dejar herencia”.