La Época
26 de mayo de 1996
Por Gonzalo Núñez
La tarjeta de presentación del autor de la inolvidable novela Gracia y el forastero y el cuento “Adiós a Ruibarbo” —dos clásicos de las letras nacionales— dice, sencillamente: Guillermo Blanco Martínez, civil.
“¿Sabe por qué me mandé a hacer esas tarjetas? Me las mandé a hacer cuando los militares, en la dictadura, comenzaron a darse privilegios ellos mismos. Entonces yo me dije: no me avergüenzo de ser civil, al revés. Y ahí está. Desde entonces, mi tarjeta dice simplemente que soy un civil”.
Guillermo Blanco, en su juventud, tenía un amigo que “escribía oralmente unos libros muy interesantes, pero nunca publicó nada. Anunciaba sus textos y estos nunca salían. Entonces, me hice el propósito de no anunciar nunca uno hasta tenerlo escrito”. Y claro que ha publicado libros como Cuero de diablo, Misa de réquiem, Dulces chilenos, Camisa limpia o En jauja la megistrú, entre otros.
Al igual que Gabriel García Márquez, Guillermo Blanco se declara un fanático de los diccionarios (“recurro siempre a ellos”) y desde el año 1971 es miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua, por lo que, de antemano, está asegurado el correcto uso del lenguaje en sus publicaciones. Lo que también está garantizado es una nostalgia (“pero nostalgia dulce”) y una fina ironía, que ya son connaturales al oficio narrativo del autor, quien nació en Talca, en 1926, por lo que este año, el 15 de agosto, entrará en la gran edad, o edad bíblica, de los 70 años.
Acaba de publicar una novela, en la Editorial Planeta, con el título de El humor brujo, que es el pretexto para esta conversación.
—¿El título El humor brujo es un homenaje a Carlos Saura?
—No, no, es anterior. El amor brujo es de Manuel de Falla, y de ahí Saura hizo su película. A mí se me ocurrió hacer un juego de palabras, pero en el fondo, lo que significa es que el narrador de la novela quedó embrujado por el humor de los personajes que se reunían en torno al Ateneo. Y el humor puede ser bueno o malo, pero eso no hace que la novela sea humorística.
—¿Desde hace cuánto tiempo venía trabajando en esta novela?
—La comencé hace como unos diez años. En realidad, no me acuerdo mucho. Tengo la mala costumbre de no poner ni fecha de comienzo ni de fin en mis libros. Tiene por lo menos diez años.
—¿La había dejado reposando?
—Bueno, eso es lo que hago siempre. Escribo un libro, lo dejo ahí, me meto en otro y cuando termino el segundo vuelvo al primero. Eso es más o menos lo que siempre hago.
—¿Qué significa esta novela en su trayectoria literaria?
—No soy yo para juzgar. El humor brujo, para eso están los estudiosos, pero para mí, la importancia que tiene es que doy cuenta de una época y de un mundo que no había tocado en mis libros anteriores. La época, sí, pero no el mundo, que es el de los profesores, radicales, ateos, masones, anarquistas. Eso no lo había tocado nunca y, sin embargo, lo conocí en mi infancia.
—Por la época en que está ambientada la novela comenzó a surgir el grupo vanguardista La Mandrágora, precisamente en Talca. En ese sentido, ¿El humor brujo tiene relación con este grupo de surrealistas?
—No mucha. A Gómez Correa (Enrique), no lo conocí. A Braulio (Arenas), sí. Pero si hay alguna intención en mi novela, es más amplia. Es un reconocimiento de que en provincia hay vida cultural, y a veces más intensa que en la capital.
—¿Es autobiográfica?
—No, si entendemos por eso contar la vida. Naturalmente hay cosas que conocí, pero no hay intención de contar mi vida. La relación con mis vivencias es muy sutil. Siempre parto de la base que cuando un autor de ciencia ficción describe un marciano y dice que es un enanito verde, verde es un concepto nuestro, no sabemos si en Marte existe esa palabra. Y también pueden decir que los marcianos tienen una especie de antenas, pero antenas tienen también los insectos de la Tierra. O sea, nosotros describimos, incluso lo que inventamos, con lo que hemos conocido, recurriendo a nuestra experiencia. En ese sentido, El humor brujo parte de una experiencia personal, pero no es autobiográfico.
—El joven narrador de la novela, ¿es Blanco cuando niño?
—Creo que siempre pasa eso, que uno, quiéralo o no, se mete dentro de sus personajes y, al ponerse dentro de ellos, aparece algo de uno también.
—También es un libro nostálgico.
—La palabra nostalgia tiene un elemento de dolor. Yo creo que mi nostalgia es sin dolor, alegre. Yo gocé mucho reconstituyendo ese mundo, no sufrí.
—Llama la atención la anarquía de sus personajes, porque Guillermo Blanco es, o aparenta ser, un hombre muy respetuoso de las instituciones.
—No, nada que ver. Yo toda la vida he sido muy rebelde, lo que pasa es que no lo ando gritando Cuando estaba en el colegio era muy tímido y, sin embargo, me rebelaba. O sea, es tan fuerte la rebeldía en mí, que vencía mi timidez y afloraba.
—¿Contra qué?
—Contra las cosas que me parecían arbitrarias. Tengo una especie de intolerancia congénita hacia lo arbitrario. Por eso rabié mucho durante la dictadura.
—Usted, ¿tiene algo de anárquico, que es el leitmotiv de El humor brujo?
—No tanto como mis personajes, porque la época también es distinta. Lo que pasa es que el anarquismo me seduce, el único problema es que lo veo como irrealizable, así que es una especie de amor platónico.
—¿Es usted más pragmático?
—La manera de evitar la arbitrariedad es tener una sociedad con normas claras. Desde el momento en que tenemos normas claras, mi anarquismo empieza a perder eficacia. Si vamos a jugar fútbol, juguemos fútbol. Si vamos a jugar tenis, juguemos tenis. Pero respetemos las reglas, con cancha y con red. Y por eso es que no tolero las dictaduras, porque te mueven la cancha para que la pelota caiga adentro.
—Pero durante la dictadura, usted no podía andar gritando esa rabia que sentía, porque lo hubieran metido preso.
—Estuve durante 17 años escribiendo artículos de opinión en los cuales pasaba todos los goles que podía, y algunos todavía me sorprende que me los aguantaran.
—Volvamos a la novela. ¿Por qué la recreó en San Millán, el pueblo imaginario de Gracia y el forastero?
—No es la única, tengo otras inéditas que también están ambientadas allí. San Millán, para mí, es una especie de… Ahora es difícil explicarlo. Antes, existían 27 provincias en Chile y San Millán venía a ser como la 28. La razón por la cual inventé este pueblo es que en la época en que escribí Gracia y el forastero, hace más de 30 años, si el autor ponía: “En la esquina de la calle O’Higgins con la calle Prat, en Chillán, había una farmacia”, y nunca había existido allí tal farmacia, los críticos de ese tiempo consideraban que eso era un defecto de la novela. Exigían un realismo a ultranza. Yo me dije, a mí no me van a cobrar ninguna esquina, ni almacenes, ni farmacias, ni nada. Voy a inventar un pueblo y voy a poner lo que quiera donde quiera. Lo que fue un acto de rebeldía, también.
—¿Y por qué volver ahora a San Millán?
—Por la misma razón. Si yo la hubiera situado en mi ciudad natal, Talca, alguien habría dicho: “No, el Ateneo de Talca se fundó en tal año”. No, pos, a mí no me vienen a cobrar nada.
—¿De dónde sacó ese nombre tan curioso?
—Es una cosa bien simple. Existe una glosa llamada Glosa de San Millán, que es el texto castellano más antiguo que se conserva. Son unas pocas frases que estaban en un cantoral en la iglesia de San Millán, en el norte de España. Yo fui a San Millán y lo vi. Es un texto muy corto, escrito en una mezcla de latín y castellano.
—¿Entonces, su pueblo es un homenaje al idioma español?
—Claro, por eso le puse San Millán a mi pueblo imaginario. Me parecía que el hecho de que San Millán fuera una especie de santuario de la lengua, era una buena idea cuando uno trabajaba con el idioma.
—Al inventar San Millán, ¿su intención era homenajear las ciudades imaginarias de la literatura, como Macondo, de García Márquez o Santa María, de Onetti?
—La mía es anterior a Macondo, y la de Onetti no la conozco, a él lo he leído muy poco. Yo creo que todos los que inventamos ciudades se lo sacamos a Faulkner, que inventó no ya una ciudad, sino un condado imaginario, situado en el estado de Mississippi, y que llamó Yoknapatawpha. Ahora, también hay casos anteriores. Pérez Galdós, sin ir más lejos, tiene una ciudad imaginaria, y también Leopoldo Alas, Clarín, quien tiene Vetusta, en La regenta, que no es otra ciudad que Oviedo. No sé cómo nadie, todavía, no ha hecho un estudio de las ciudades ficticias de los grandes escritores.
—¿Qué espera de El humor brujo?
—Quizás crear una mayor comprensión hacia los profesores. La escribí pensando mucho en mis profesores, esos que eran bastante heroicos, a pesar de que esa palabra me carga. Eran muy sacrificados. Yo no traté de ponerlos así, pero me salieron. Por ejemplo, yo tenía un maestro que llegaba todos los días con paraguas, pero los días de lluvia no lo ocupaba porque estaba roto.
—¿Usted se siente partícipe de la Generación del 50?
—Me da lo mismo. Yo no soy experto en generaciones. Empecé a escribir más o menos en el mismo período que los miembros de esa generación, alrededor de 1950. Eso es un hecho. Ahora, si hay afinidades o no entre nosotros, eso tienen que discutirlo los estudiosos, si es que vale la pena, porque todavía falta que valga la pena. Pero yo no me metería en la Generación del 50 como quien se mete en un partido político.
—¿No militaría?
—No, en nada. Nunca he sido militante de nada. Siempre he sido un civil, por eso no milito, soy miembro de… El problema está en la palabra militar. Son miles, y habla de cantidad, no de personas. A los militares hay que conocerlos de a uno, y yo he conocido a algunos que son excelentes personas. Y en eso discrepo de mis propios personajes de El humor brujo, que descalifican, de plano, a cualquier militar.
—¿Con qué escritores de su generación tiene mejores relaciones?
—Fui compañero de colegio, uno o dos años, con Pepe Donoso, en un curso donde también estaba Carlos Oviedo. Pepe es un hombre muy bondadoso, cada vez que nos encontramos, tenemos una relación muy cordial. Pero no nos vemos muy a menudo. Otro con quien me siento amigo es Enrique Lafourcade, Miguel Arteche. En fin, con varios, y me da miedo seguir para no dejar a nadie fuera. Sí te puedo decir una cosa. La última vez que estuve con Jorge Teillier, en un cóctel, me acerqué a saludarlo y le dije: “Hola Jorge, cómo estás”. Y él respondió: “Muy bien, mejor ahora por estar contigo”. Nosotros no éramos muy amigos, eso es lo importante, porque si lo hubiéramos sido, qué gracia. Eso se llama finura del alma, saludar así, y así era Jorge. Practicaba la poesía en la vida diaria.
—¿Qué opina de esta especie de mini boom que está viviendo la narrativa chilena actual?
—Yo tengo un optimismo desenfrenado. Están escribiendo y publicando mucho, y cuando sucede eso, es casi inevitable que alguien escriba bien. De hecho, hay cosas que he leído que son muy buenas.
—¿Lee a los jóvenes narradores?
—No tanto como quisiera. Y por una razón. Dediqué 17 años de mi vida a trabajar por la libertad y eso significa que tuve poco tiempo para leer… Te voy a poner un ejemplo: aún no he leído La montaña mágica, de Thomas Mann. Por lo tanto, estoy en deuda. Estoy tratando de leer cosas más clásicas que se me habían ido. Por eso, no es por falta de interés que no los haya leído como quisiera.
—¿Cuáles son sus principales influencias literarias?
—Primero que nada, no me cabe duda de que las tengo, porque de alguien aprendí. Ahora, no siempre ese aprendizaje es consciente. A veces a uno se le pega algo del otro autor sin darse cuenta. Pero algunos que reconozco son Knut Hamsun, de quien creo haber leído casi todo. Otra influencia es Gabriel Miró. También William Faulkner, en alguna época, Pérez Galdós, en fin. Otras influencias puedo tener, pero no las identifico. En lo posible, trato de no leer traducciones, las que generalmente son abominables. Siempre trato de leer a un escritor en su lengua.
—¿Qué idiomas lee?
—Inglés y francés. Por ejemplo, de Faulkner no tengo ningún libro en castellano.
—¿Y los clásicos del Siglo de Oro español?
—A Cervantes lo leo esporádicamente. Ahí tienes otro caso. Cuando yo estaba en el colegio, nos hacían leer El Quijote, y yo no lo leí, porque nos obligaban a hacerlo. Lo leí cuando salí del colegio, cuando era un acto voluntario, y me fascinó. Iba marcando con unos papelitos las páginas cuando algo me deslumbraba y al final terminé con tantos papelitos como páginas. Así que se los saqué y desde entonces, releo periódicamente la novela. Pero no creo tener influencias de Cervantes, sino admiración profunda.
—¿Cuándo se decidió a ser escritor?
—No, esa es una decisión que todavía no he tomado.
—¿Pero hubo un momento en que se dio cuenta que lo suyo sería la literatura?
—Probablemente, pero no fue en un momento, sino más bien un proceso. Desde chico tuve inclinación hacia las letras. A los 9 años escribí unas poesías horribles de malas. Hace justo 50 años que publiqué mi primer cuento, en la revista capitalina Amargo.
—¿Pero en ese tiempo estaba convencido en querer ser escritor o se lo tomaba como un hobby?
—Yo para este tipo de cosas soy más o menos serio y trascendental. Siempre me lo tomé muy en serio. Pero yo creo que uno no toma la decisión de ser escritor, en mi caso no, por lo menos. Nunca tomé tal decisión, entre otras cosas porque yo no lo voy a saber. Tengo la teoría de que uno pasa a ser escritor cuando después de cien años lo siguen leyendo. Si no, es un señor que escribe. Luego, el título de escritor es póstumo, o por lo menos así me parece a mí.
—Entonces, ¿qué es para usted la literatura?
—Es una especie de vicio, como el alcohol. Primero te tomas un traguito, le encuentras sabor, a los pocos días te dan ganas, vuelves a tomar, y en una de esas, ya no puedes prescindir del trago. A mí me pasó eso con la literatura. Y empecé a compatibilizar el oficio de periodista con la literatura, aunque yo escribí primero con afanes literarios y después llegué al periodismo.
—Vivir de la literatura, ¿le ha sido posible?
—No, eso es casi imposible. Le cuento. El año 1994 se vendieron 110 mil ejemplares de mi novela Gracia y el forastero (la que, en total, ha vendido cerca de 800 mil copias). Y yo recibí unos buenos derechos de autor, pero nunca habría podido vivir de eso.
—¿Cómo se explica el fenómeno de esa novela?
—Es una novela pensada en los tiempos que yo tenía la edad de los protagonistas, hace treinta años atrás, y, sin embargo, todavía la leen y aún hay gente a la que le gusta. Yo me lo explico por una cosa: es una novela de amor, y el amor nunca pierde vigencia. Lo que me carga es que me digan que es una novela romántica. El romanticismo es una filosofía de vida que yo no comparto. Un requisito fundamental del romanticismo es un cansancio de la vida, y mis protagonistas no están cansados de la vida, al contrario.
—¿Ha vuelto a leerla?
—Sí. Hace como dos o tres años. Primero me fui sintiendo bien, pero más adelante unas ganas locas de meterlo mano y corregir algunas cosas. Pero la primera parte de la novela me gusta.
—¿En qué se inspiró para escribir algo tan triste?
—¿Qué es la inspiración? Es una palabra que no me gusta y no sé qué es tampoco. A mí simplemente se me ocurrió esa historia. Yo le tengo mucho recelo a la inspiración, porque tiene una connotación de algo como divino. ¿Sabe en qué creo? En la imaginación, que es la facultad de generar imágenes. No será la definición del diccionario, pero eso es lo que yo siento. Don Benito Pérez Galdós, a la imaginación, la llamó “la loca de la casa”. La casa es el cerebro y dentro de esa casa vive una criatura loca a la que se le ocurren ideas que no responden a ninguna lógica, y que a veces son las mejores.
—¿Qué proyectos tiene en ciernes?
—Prefiero no hablar de lo que aún no tengo escrito, pero sí tengo dos novelas inéditas que deberían salir pronto.
—De todos sus libros, ¿es Gracia y el forastero al que le tiene más cariño?
—Casi siempre uno le tiene más cariño al más reciente, al que acaba de salir, porque uno se reconoce mejor. Así que voy teniendo esta especie de amores sucesivos.
—Pero, ¿por cuál de sus libros le gustaría ser recordado en cien años más?
—Por Camisa limpia, pero no me extrañaría, tampoco, que Gracia y el forastero se siga leyendo.
—Gracia y el forastero y “Adiós a Ruibarbo” se leen en las escuelas.
—Eso es muy bonito, porque de repente me llegan a ver chiquillos que me han leído y me hacen preguntas y conversamos. Eso le da a uno la sensación de que sigue vivo.
—En cuanto a los premios, ¿usted guarda alguna expectativa de obtener el nacional?
—Hace mucho tiempo que llegué a la conclusión de que no voy a recibirlo.
—¿Por qué?
—Porque me tinca que no, no más. Por eso.
—¿Qué siente al estar a punto de entrar a la gran edad de los 70?
—Al principio estaba medio complicado, pero me ayudó mucho una anécdota. Hace unos días atrás llegué a la universidad donde hago clases de periodismo (la Diego Portales), y mis alumnos me tenían preparado un homenaje, con champagne y torta, porque pensaban que ese día cumplía 70. Entonces fue como un alivio, porque fue como dejar atrás esa fecha, pero la verdad es que estoy de cumpleaños el próximo 15 de agosto. Después me di cuenta de que era una tontería estar preocupado, porque las fechas son insignificantes, y cumplir 69 o 71 da lo mismo.