“Uno debe escribir con los recuerdos”

El Mercurio Revista de Libros 24 de abril de 1994 Por Pedro Pablo Guerrero Una sutil y cariñosa mirada a la infancia ofrece la más reciente novela del escritor Guillermo Blanco «En Jauja la Megistrú» (Editorial Los Andes, Santiago, 1993). Talquino de nacimiento (1926), el autor de obras tan inolvidables como «Gracia y el forastero» -que sólo en 1993 vendió más de 100 mil ejemplares- y «Cuero de diablo», evoca en su nuevo libro recuerdos de provincia. Aunque vive en Santiago desde los ocho años, Guillermo Blanco aún se siente un trasplantado. “Soy provinciano de adentro”, confiesa en su casa de Ñuñoa, acogedora y fresca como caserón de campo, rodeada de árboles entre cuyas ramas todavía canta los pájaros. Su último libro, En Jauja la Megistrú, es un saludo nostálgico y lleno de ternura a esa infancia talquina que nunca ha podido olvidar. En la obra viven el recuerdo de sus padres, la presencia de los ancestros españoles y un cariño por los animales que persiste hasta hoy. “Mi infancia fue absolutamente feliz” Un inesperado origen tuvo esta novela, según su autor: Quise hacer un cuento en torno a la erupción del volcán Quizapu en Talca, allá por el año 1931, la más grande que se registra en la historia de Chile. Como estaba en un fundo próximo a la cordillera, me tocó verla desde relativamente cerca. Fue un espectáculo maravilloso. A medida que averiguaba datos para completar mis recuerdos, se me fueron ocurriendo más cosas y en una de éstas la historia creció y se convirtió en novela. Tanto aumentó, que debió quitarle casi un tercio de páginas antes de publicarla: Me había engolosinado mucho con los recuerdos. El libro está escrito con nostalgia, aunque se trata de una nostalgia muy alegre. Esta palabra tiene la etimología “algia”, que es “dolor”: significa, por tanto, “dolor de lo nuestro”. Pero este sentimiento es al revés. Habría que inventarle un término sin “algia”. “Nosteia”, podría ser. Refiriéndose al amor casi franciscano por los animales que siente el niño protagonista de la novela (Lute), Guillermo Blanco explica: Es que yo me crie con ellos. Mis padres eran muy querendones de los animales. Tuve perros, gatos, queltehues, una cabrita. La gallina que adopta el niño en la novela es real. Yo hasta ahora, cuando voy caminando por la calle, le converso a los perros y de repente me dan ganas de pedirle permiso al dueño de alguna casa para que me deje jugar con el que tiene. Aclara, en todo caso, que no se trata de una niñez idealizada: Mi infancia fue absolutamente feliz. Eso existe y hay gente que tiene el prejuicio de que la literatura sólo debe contar cosas tristes. No es que en este libro no pasen, pero la felicidad no consiste en la ausencia de hechos penosos, sino en una cosa más de fondo, una especie de armonía básica. Yo la viví de niño y la quise reflejar: una infancia feliz incluso en medio de los temblores del volcán, cuando yo estaba entretenidísimo mirando las luces en la noche. Así es la invulnerabilidad de la infancia. “No soy un contador de peripecias” Descendiente de españoles “por los cuatro costados” –todos sus abuelos-, el autor recuerda especialmente a la abuela paterna, retratada con gran nitidez en la novela: Esa parte es casi ciento por ciento autobiográfica. Ella era un verdadero pozo de refranes. Sabía montones. También era muy toscota de trato, aunque yo era su nieto regalón. Tenía el aspecto de una reina sentada en su trono. Su presencia en la obra es lo que yo llamo un acariciar con la memoria. Acerca del papel que juega la realidad en su libro, asegura: No la necesito. Hay escritores que investigan la realidad; yo no lo hago nunca. Creo que uno debe escribir con los recuerdos, no con lo que ve. Luego esa verdad tiene que convertirse en cuento, en mentira. Si yo narrara todo lo que me pasó cuando niño, serían memorias y resultaría algo muy latoso para alguien que no fuera yo. En este libro, en cambio, traté de construir una historia. No es una historia de suspenso, pero creo que tiene cierto argumento y ahí está la diferencia: la vida no tiene argumento. Respecto de la curiosa deformación de los vocablos ingleses en el texto, explica: Hablo de “jol” y no hall porque me pongo siempre en la perspectiva del muchacho protagonista. Eso es lo que él oía. Lo ismo el “ti-rum”, que era una institución en Talca: el tea-room del Palet. El niño es analfabeto. Además, el lenguaje de la gente de campo era distinto y me llamaba la atención. Por todo esto, me pareció razonable transcribirlo fonéticamente. Consciente de que sus temáticas no son las mismas que abordan los narradores chilenos más jóvenes, afirma diciendo: Yo hago lo que me sale y voy a seguir haciéndolo. Si resulta pasado de moda, qué le voy a hacer. Uno tiene que ser como es, nomás. Eso lo tomo con mucha naturalidad, no me complica. Sonríe poniendo cara de suspendo cuando se le pregunta si piensa abordar literariamente la experiencia de las últimas dos décadas: Eso ya viene, ya viene. Tengo algunas cosas por revisar. No es que me haya ido atrás en el tiempo. Me interesa mucho más explorar los “porqués” que los “qué”. Alguna vez, haciéndole el prólogo a un librito de cuentos que nunca publiqué,...

Un tímido que teme exponerse

El Mercurio Revista de Libros 26 de noviembre de 1989 Por: Ana María Larraín Con la misma sensibilidad de siempre, pero quizás con renovada firmeza, Guillermo Blanco (63, casado, 5 hijos) aborda, tras el espinudo tema de la Inquisición, un asunto para él intransable: el de la libertad humana o, como prefiere decir “en cristiano”, el del libre albedrío («Camisa Limpia», Edit. Pehuén, Stgo., 1989) Su voz entrecortada y afable va llenando de sentido la mañana primaveral. Afuera cantan los pájaros y él detiene su charla para escucharlos. Algo parece cantar también en el interior de este hombre íntegro, que no teme reconocer sus debilidades, pero que evita detectarlas en los otros. Porque la vida, insiste, no es negra ni es blanca. Conocido por la trasparencia de su estilo y por la afanosa búsqueda de la verdad en su escritura, su última novela habla serenamente de éstos, sus dos primordiales afanes. “Siempre me ha fascinado el poder infinito de la palabra”. Usted trata en su reciente novela, Camisa Limpia, de la persecución religiosa de los judíos a manos de la Inquisición. ¿Hay algún interés “racial” en el tema? Pienso que Blanco puede ser un apellido judío… (Asintiendo) Efectivamente. Y también es judío el apellido Medina, que llevo por parte de mi abuela paterna… Pero a mí siempre me interesaron los judíos, aun antes de saber esto. Y guiado por este interés fue que descubrí, en una librería de viejo, un libro de Günter Bohm sobre los judíos en la Colonia. Allí parecía enterito el proceso que se le siguió por hereje a Francisco Núñez, personaje que me fascinó a las pocas páginas y que me llevó, finalmente, a escribir la novela. ¿En qué se basaba su fascinación, más allá de la mera “química”? ¡Ah, es que era un hombre que hacía cosas muy raras! Era dueño de una libertad fantástica: piensa que escapó de la prisión, donde estuvo 13 años, para volver libre y soberanamente a ella; descubiertos ya los poderes de la libertad interior sobre la externa, decidió permanecer en la cárcel para enseñar a los demás “la fe verdadera”. ¿Fue su manera de ser libre lo que lo llevó a seguirle la pista, entonces? ¡Claro! Era la materialización precisa de mi propio concepto de libertad, que por medio de ese acto salía mucho más enriquecido que antes. Desde el punto de vista del libro, esto puede o no ser vital, pero lo es absolutamente desde el punto de vista del autor… Con respecto a las pistas históricas, la cosa fue bien curiosa: después de ese primer libro, encontré por mera casualidad el tomo de José Toribio Medina sobre la Inquisición en Chile. Y apareció ante mis ojos el proceso que se le había seguido en Lima al padre de Francisco, por la misma causa. ¿Te das cuenta? Después, en un almuerzo me presentaron por pura coincidencia el propio Bohm, el autor del otro texto. Y él me ofreció todo su material para que yo verificara que se trataba de un caso rigurosamente histórico. ¿Hasta qué punto es la “verdad” de los hechos (p su posibilidad de tal) lo que a usted le atrae para novelar un tema? Hasta un punto bien importante. Porque lo otro que me ha fascinado siempre es el poder inmenso de la palabra. Pero hay cosa que, además de ser verdaderas, son muy de uno. Y por eso escribir esta novela me gustó mucho: es muy mío todo lo que coloqué en ella. Por supuesto, no puedo decir si está o no bien escrita, pero sí que es ¡estupendo! lograr la anterior confluencia. Ahora… si alguien se da cuenta de esto, ¡mucho mejor todavía! “Soy un hombre terriblemente porfiado. Si las razones ajenas no se han metido en el cuerpo ¡no le hago caso a nadie!” ¿A quién le muestra usted lo que escribe? Mmm, yo siempre he sido muy púdico con respecto a lo que escribo… A mi señora le he mostrado las cosas, no en borrado, sino ya a máquina. Y a mis hijos… ni siquiera les di a leer mis libros; preferí que los descubrieran solos. Pero ahora último me he ido atreviendo a mostrar más lo que escribo en mi casa, ellos me ayudan a no olvidar. Con respecto a esta novela, hubo dos lectores importantes: José Manuel Vergara, escritor y editor, y Alejandro Magnet, el diplomático. ¿Es usted muy porfiado con respecto a lo suyo? (Se ríe, con un gesto de medida elocuencia) ¡Ufff, sumamente porfiado! Si las observaciones ajenas no se me han metido en el cuerpo, no le hago caso a nadie… ¡aunque les encuentre toda la razón! En su misma novela, a pesar de los cuatro siglos que nos separan de los hechos narrados, hay una serie de paralelos y alusiones a la actualidad… ¡Bueno! En la obra hay unos despotricamientos horribles contra la “unidad nacional” como ejemplo de opresión, y no de lo contrario. Y todo eso es parte de la experiencia personal y colectiva. Yo empecé a escribir la novela en los años 73-74, pasaba todo lo que pasaba. ¡Y eso es muy decisivo! La traspolación de experiencias y épocas surgió así en forma natural, como un resultado directo de la imaginación. Tengo entendido que en los últimos 15 años usted no publicó nada. ¿A qué se debió su silencio? ¿Cree que fue negativo para usted? No publiqué mientras hubo censura, y me...

Página en Blanco

Las Últimas Noticias 9 de junio de 1996 Por Verónica Vergara Guillermo Blanco Martínez, atrevido-tímido escritor y periodista de vida algo retirada de cócteles y farándulas. Comprometido con la palabra, con su porfía, con su cabeza, su estómago y su sangre española, sufre cada vez que uno de sus libros sale de imprenta. Su último “hijo“, “El humor brujo“. “Tengo un libro que se llama la enciclopedia de la estupidez, un libro sobre grandes errores que han cometido los grandes generales. Tengo el libro de las listas donde aparecen, por ejemplo, diez artistas famosos que murieron antes de los treinta años, diez personas que murieron en la tina de baño. Tengo libros con esas cosas disparatadas que dicen los niños en los colegios. Libros de anécdotas, de planchas…”. Guillermo Blanco tiene libros. Libros que busca, encuentra, compra, lee y colecciona. Libros que escribe. ¿Usted también tiene dichos? Me encantan, tengo refraneros para tirar para arriba. ¿Alguno que lo marque? No, a mí no me marca nadie, las marcas son para el ganado. Hay dichos que encuentro clásicos. Uno que decía mi abuela materna cuando había problemas: “Éramos muchos y parió la abuela”. O, el colmo de la mala suerte es como el que cae y se aplasta. Hijo único, nieto único de su abuela materna, bisnieto único de su bisabuela, que vivió hasta que él cumplió los treinta y tantos años. Sobrino único de sus tías por el lado de su mamá. Guillermo Blanco, único. Admirador de Sócrates. Escritor, periodista –cubrió la guerra de Vietnam-, profesor, miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua y del Consejo Nacional de Televisión… ¿”Sargento 1° efectivo, especialista en explosivos”? Sí. Con ese puesto salí después de que hice mi servicio militar. Me lo dieron porque un día mis compañeros estaban construyendo un puente para dinamitarlo. Y con Lucho Larraín, un amigo, decidimos que eso no era para nosotros. Hacer un puente para deshacerlo, ¡imagínate! Así que nos fuimos a tender a unos matorrales. Estábamos tan bien que nos pusimos a cantar una ópera italiana que había inventado Lucho: “Fal-óooopio”. Cuando de repente miramos y había un sargento parado delante de nosotros. Bueno, de castigo tuvimos que colocar los explosivos, tender el cable y hacer volar el puente. Arreglaban y desarreglaban el mundo. Grandes amigos nacieron durante el servicio militar. “Con ese grupo hicimos la revista Amargo, que ahora celebraría sus cincuenta años”. Una revista que vendían y la compraban ellos mismos. “La imprimíamos en un taller de monjas porque nos salía barato. Hacíamos el diseño, yo me encargaba de la mayoría de las portadas. Diagramábamos y hacíamos la corrección de pruebas“. Escribían casi todo, el resto quedaba para los colaboradores: Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Jaime Eyzaguirre y… León Felipe. “Cada vez que leo sus versos me arrepiento”. De no haberlo ido a ver. De no haber ido por lo menos a darle la mano cuando vino a Chile. Su timidez fue tan egoísta que no le dejó ir con el resto de sus amigos que partieron a entrevistarlo. Él no se atrevió. Valiente tímido liberal. Español de sangre, alma y acción. “Toda mi vida he sido un rebelde. Lo que pasa es que no lo cacareo… El fuerte sentimiento de culpa, eso viene de mi crianza a la española. A mí cuando chico se me apretaba aquí –muestra su garganta a la altura del nudo-. La palabra arrepentimiento era un proceso enorme, muy intenso. Pero mucho peor era no arrepentirse.” No sólo se compromete con la palabra escrita. “Para los españoles dar la palabra es una cuestión que compromete a concho. Aquí los chilenos no le hacen mucho caso”. Nació en Talca en 1926. Y sólo hasta los ocho años le duraron sus paseos al río Claro con sus amigos, sólo hasta los ocho años le duró su vida de braseros y pan amasado. Sus padres decidieron venirse del campo. Fue así como este “trasplantado” llegó a Santiago a estudiar al Instituto de Humanidades Luis Campino. “En arte me sacaba puros sietes. Pero en matemáticas no me iba bien por una razón que he descubierto después: soy malo para los números, se me dan vuelta. El 72 se me vuelve 27. Soy disléxico para los números”. No para las letras. Fue en el Luis Campino donde conoció a Roberto Guerrero, su profesor de literatura. Ahí donde le presentaron el “Diálogo de la muerte” de Sócrates. Ahí donde nació su amor por el porqué de las cosas. Ahí donde empezó su incontrolable necesidad por escribir. A los nueve años escribió su primera poesía. Sesenta años después, con un computador y el pelo blanco, escribió un nostálgico retrato de los años 30, “El humor brujo”....

“No Escribo para Vender”

Revista Qué Pasa 11 de mayo de 1996 Por: Marcelo Soto El autor de Gracia y el forastero dice que no se explica por qué esa vieja novela ha tenido tanto éxito y habla de su nuevo libro, El humor brujo, un retrato nostálgico de los años 30. Cuando estaba en el liceo, un profesor le pidió que escribiera un comentario sobre Martín Rivas, la romántica novela de Alberto Blest Gana. Guillermo Blanco, entre cuyos compañeros se encontraba José Donoso, dijo que era un libro “pésimo y aburrido”. Fue uno de sus primeros actos de rebeldía. Hoy, a los 70 años, Blanco sigue siendo un personaje que escapa a los moldes. Su obra tiene poco que ver con la de los compañeros de su generación, como Lafourcade y el mismo Donoso. Y, a diferencia de ellos, se mantiene alejado del primer plano, pese a ser un autor de una de las novelas más exitosas de la literatura nacional. “No es que le haga el quite a los cócteles, pero prefiero concentrarme en el trabajo literario”, dice el creador de Gracia y el forastero, novela que hace rato superó los 600.000 libros vendidos. Publicada por primera vez hace más de tres décadas, la historia de dos adolescentes que se aman al margen de las instituciones aún entusiasma a los lectores. “El año pasado se vendieron 100.000 ejemplares”, asegura. Miembro de la Academia Chilena de la Lengua, Blanco –autor de una veintena de títulos- acaba de publicar una nueva novela, El humor brujo. (Planeta). Se trata de un nostálgico viaje por los años 30 y 40, que tiene su punto de partida en una ciudad imaginaria, San Millán, donde un grupo de idealistas funda una sociedad, el Ateneo, para luchar por las causas perdidas. El héroe de la historia es un anarquista, Antenor Guerrero, quien desafía a la autoridad militar en un mítico conflicto conocido como Duelo del ala azul. “Hubo muchos Ateneos, pero mi Ateneo no pretende reproducir uno específico. En cambio, si hubo un Antenor real. Sucedió realmente, casi igual. El resto de los personajes los inventé”, dice el escritor. –          ¿Cuál es el secreto del éxito de Gracia y el forastero? –          ¡Uf, si yo lo supiera! Para mí ha sido sorpresivo, porque este libro ha ido teniendo más éxito a medida que pasa el tiempo. Cosa que es rara, porque lo que yo describo s cómo era la gente joven de mi generación y resulta que hay gente joven de esta generación que lo lee. Me sorprende. Pero los muchachos lo eligen. Probablemente es porque todavía tiene vigencia el amor. –          ¿Es difícil encarar un libro tan exitoso? ¿No ha sentido presión por superar o, al menos, igualar su acogida? –          No. Cuando uno escribe un libro, lo termina; o sea, es como quien dice “si subí ese peldaño…”, pero peldaño no es la palabra porque implica estar subiendo. Cerré esa etapa: cumplí los 25 años y no quiero cumplirlos de nuevo. Es un poco eso. Uno vive un libro. Ese libro ya lo viví, lo escribí y ahora ahí está. No escribo para vender. Uno escribe un libro porque lo lleva adentro y quiere contarlo. Entonces, cada libro es individual. En algún momento tuve la tentación de escribir “mi” libro importante. Un amigo me dijo: “Eso te está complicando la vida”. Tenía toda la razón. –          En otras palabras, como ya tenía un best-seller en ese momento quiso escribir un  libro que fuera aplaudido por la crítica. –          No, no era eso. Sino que a mí me dejara muy satisfecho. Estaba escribiendo ese libro y leyó una parte José Manuel Vergara. Y me dijo: “No te enredes, estás tratando de hacer una obra maestra. Haz el libro”. Fue un consejo muy sabio y gracias a eso lo terminé. Se llamó Camisa limpia. –          Su nuevo libro tiene un tono de nostalgia muy fuerte. –          Sí, siento una gran nostalgia de esa época. Me emociona ver fotos de ese tiempo. Pero es una nostalgia buena, no triste sino alegre. –          ¿Cree que la vida era mejor entonces? –          No. No hay épocas mejores que otras, depende mucho de cómo las viva la gente. La gente que vivió la época que describo en mi libro la vivió bien. Además, yo quise recoger de alguna manera el trabajo heroico de los profesores. De los buenos profesores. –          ¿Por qué usó frases de Alonso de Ercilla como epígrafes de cada capítulo? –          Todas las cosas que se cuentan en el libro son irreverentes y entonces una irreverencia más es colocar citas de La araucana en algo que no tiene nada que ver con epopeya. En el fondo es una epopeya de los que no tienen epopeya. Me entretuve mucho buscando una frase que se ajustara a lo que pasaba en cada capítulo. No era fácil. No soy tan admirador de su obra. Tiene una sonoridad fantástica. Lo hice por joder. –          ¿Cree que hace falta idealismo de esos años? –          Sí. Siempre hace falta y yo creo que la gente lo está echando más de menos que antes. –          ¿Aunque ese idealismo haya desembocado en sistemas monstruosos? –          Eso es lo que pasa cuando exageran las cosas. Los griegos tenían una teoría muy bonita que decía “nada en exceso”. A este país se le pasó la mano. Empiezo por mí. Fuimos muy intransigentes. Todo el período anterior al golpe militar,...

Mollera libre

Revista Hoy 13 de mayo de 1996 Por: Antonio Martínez Una vez dio vuelta a pie toda la ciudad de Salamanca; tenía 67. Otra vez salió de su casa a gritar por el nuevo Presidente. Era Pedro Aguirre Cerda; tenía 12 años. Guillermo Blanco ya suma 36 años como profesor, en la vida está por llegar a los 70 y todavía suma y sigue; su último libro se llama El humor brujo. Es un Chile de provincia, son los años 30, resuenan los tiros, la invasión italiana en Abisina y España está en Guerra Civil, Guillermo Blanco es un niño de Talca. Sus padres son del partido radical, los profesores enseñan y despiden libertad, en la atmósfera se respira algo parecido: libertad. Después de más de medio siglo, la pregunta es la misma. ¿Qué es ser un hombre libre? El primer problema empieza en que la libertad se define ejerciéndola. Cuando era chico, escribí algunas poesías y una de ellas era un homenaje a la libertad. Libertad divina palabra, empezaba. A mí me hacía cosquillas la palabra, pero yo no sabía lo que era la libertad esencialmente hasta la dictadura, cuando la pierdes. Es lo que pasa con la gente, que empiezas a darte cuenta de cuánto la querías cuando la pierdes. No tengo una definición, sino una como al revés: uno no es humano sin libertad. ¿Lo que más se quiere es lo que se pierde? No sé si tanto, pero sí que uno aprende a darse cuenta de cuánto lo quería. Eso sí. Usted es un niño durante la Guerra Civil de España, pero eso no impide que esa guerra esté presente. Está muy presente en mi familia, porque soy de familia española y tengo dos primos que viven en España y son españoles, ejercen de españoles; nosotros, los de acá, no ejercemos. Un hermano de ellos murió fusilado en la guerra; para mi familia fue una cosa muy directa y más todavía porque se juntaron cosas. Él y su familia era franquistas; mi familia y yo éramos republicanos; yo tenía 12 años, pero era republicano. Y cuando tomaron preso a Juanito, mi primo, mis padres hicieron gestiones, porque como radicales tenían conexiones con el gobierno de Pedro Aguirre Cerda, y se hizo todo lo posible por salvarlo. Imagínate, creo que el último poema que escribí de niño fue a la muerte de Juanito. La idea que ha permanecido es que en esa guerra se peleaba por la libertad, que la libertad era la causa. Claro, llegaron gringos, polacos, húngaros, qué sé yo, italianos, llegaron por la libertad, no entendían mucho de los españoles, que siempre han sido difíciles de entender, pero por la libertad sí, eso sí. Fue la gran pelea por la libertad que se dio antes de la Segunda Guerra Mundial. Los españoles, dentro de lo que cabe, parecen más libres que los chilenos. Es verdad, los chilenos somos menos libres que los españoles, entre otras cosas porque tenemos menos personalidad. Cuando uno ve a esos ejecutivos jóvenes agresivos, que creen que tienen que ser agresivos; pero lo creen porque se los dijeron los yanquis. Entonces están haciendo un papel, pero no están siendo ellos; el español siempre es él. Esa es la diferencia. Creo que nosotros también vamos a llegar a ser nosotros; vamos a llegar, pero no hemos llegado. En este libro trato de recuperar la sensación de un clima que yo conocí en Chile, en que eran tan libres que no podían aguantar a un cura a menos de cinco metros de distancia; y conocí gente que atravesaba a la otra vereda cuando se encontraba con un militar, porque era resabio de la dictadura de Ibáñez. No digo que eso esté bien, pero son manifestaciones de libertad. Entonces se creó un clima: creíamos que la libertad acá en Chile era una cuestión connatural y tanto lo creíamos que no la defendimos. Eso existió y yo de alguna manera traté de evocarlo. Profesores de provincia con las ganas de transmitirle a los alumnos el conocimiento y la libertad. Yo estudié en un colegio de curas, pero iban a tomar los exámenes profesores fiscales y la mayor parte de esos profesores eran radicales y/o ateos y/o masones y/o anarquistas, que es un poco lo que describo en el libro. A esa gente yo la conocí y era muy idealista; toda esa gente de provincia que por su esfuerzo llegaba a tener una profesión y la ejercía con heroísmo, porque, eso sí, eran tan mal pagados como ahora. ¿Los curas siempre están dando vueltas? Sí. Durante mucho tiempo se sentía que la Iglesia Católica apoyaba la libertad de cada hombre y ahora no se siente lo mismo. Yo no lo siento realmente, no lo siento en el sentido de percibirlo; y lo siento en el sentido de lamentarlo. Hay una cosa básica para mí: de acuerdo con la doctrina de la Iglesia, tú no te puedes ir ni al infierno ni al cielo si no eres libre. Así de categórico. Para que cuando haces algo malo sea pecado, tienes que haberlo hecho libremente; y para que algo bueno sea un mérito, tienes que haberlo hecho libremente, así de categórica es la cosa. La tentación de toda institución grande es el autoritarismo; entonces tenemos autoridades eclesiásticas –digámoslo bien vago- que gozan en dar órdenes y en prohibir, y ese es un error, es casi la...

Las palabras le hacen cosquillita

La Época 29 de octubre de 1995 Por: María José González La pasión de Guillermo Blanco por la palabra es su instrumento más eficaz para vincularse con el mundo. Desde esta perspectiva, la vida es un ir construyendo un diccionario vivo y personal. La memoria de Guillermo Blanco está desde siempre colmada de palabras. Su pasado es indisociable de la afición que lo transporta al mundo del lenguaje, y desde el lenguaje a la realidad circundante. Este amor se remonta a la historia antigua de su familia cuando su abuelo materno que tenía el gusto de escribir, presenta a las visitas ilustres de la ciudad de Talca. Su facilidad para el habla y la improvisación lo convierten en uno de los personajes memorables, que inculcan a Guillermo Blanco una pasión que perdura hasta el día de hoy. Otro personaje decisivo es su profesor de castellano Roberto Guerrero, quien lo estimula a escribir y es uno de los primeros en tomar en serio su trabajo. Dos lecturas son especialmente importantes a la hora de entender su apasionamiento por la  palabra: un texto sobre lingüística donde se retoma un viejo proverbio que dicta que en la lucha por la vida aquel que conoce el nombre de su enemigo, tiene poder sobre él. Además, un escrito de Pedro Salinas acerca de cómo el niño toma posesión del mundo en la medida en que aprende el nombre de las cosas. La fascinación de Guillermo Blanco por conocer los nombres de las cosas tiene relación con el hecho de tomar posesión del mundo sin quitárselo a nadie. En su opinión, cuando se entiende el entorno, se es dueño de las ideas sin privar a nadie de ellas. ¿Por qué le parece tan importante aprehender el mundo a través de la palabra? A mí me fascina descubrir la etimología de las palabras. No porque sea ningún tipo de mateo. Es como una especie de deporte. Me hace una especie de cosquillita descubrirla. Ahí pasa algo que yo llamaría entrar en contacto con el ser humano histórico. O sea el ser humano que ha vivido un larguísimo tiempo y va acumulando experiencias, y de alguna manera las lega en los nombres que les da a las cosas. El deseo de nombrar los objetos del entorno parte de la necesidad de conocerse y de conocer lo otro. Para el escritor, el día en que se deja de tener interés por saber (en el sentido más amplio de la palabra), se empieza a sentir indiferencia por la vida. A este respecto, explica que la vida es como un ir construyendo un diccionario propio, que a diferencia del de la Real Academia, tenga denotaciones y connotaciones. Un diccionario vivo que no cese de ampliar cada uno de sus conceptos a medida que el individuo va acumulando experiencias. En este sentido, el proceso no para mientras dure la vida, porque los conceptos detenidos, aquellos que no permiten incorporación de matices, son un preámbulo de la muerte en vida. A modo de ejemplo, Guillermo Blanco escoge el concepto de libertad, que inspiró uno de sus primeros poemas: “Libertad, hermosa palabra del bien que se labra… Lo que yo entendía por libertad era una cosa muy epidérmica, muy por encima. Fui muy libre como niño, a pesar de ser hijo único. Pero era un concepto muy por encima. Simpaticé siempre con la gente partidaria de la libertad, la defendía, que era perseguida por ella. Hasta que vino la dictadura y entonces supe mucho mejor lo que era la libertad, porque la había perdido. Entonces se me profundizó y se me redondeó el concepto de libertad. Se hizo mucho más amplio: no basta que yo sea libre, debo vivir en una comunidad que sea libre”. Para Guillermo Blanco, esta actitud no es una voluntad de intelectualismo, es una curiosidad: la primera, tiene estricta relación con las palabras como tales, es decir qué son, de dónde vienen  y qué dicen. La segunda, que denomina “curiosidad de bautizo”, tiene que ver con la denominación de las cosas del mundo y es indisociable de la experiencia vital del individuo: al nombrarlas desde su propia perspectiva, el hombre les imprime su sello. En efecto, Guillermo Blanco ve al “hombre en su palabra” y se pregunta hasta qué punto uno está en lo que dice. Mejor dicho, establece entre la palabra y la gente: “la palabra en la gente y la gente en la palabra”. ¿Se podría decir entonces que esta curiosidad de bautizo tiene que ver con una búsqueda de identidad? Más que una búsqueda de la identidad es una búsqueda de qué es lo que nos rodea. ¿En qué estamos? No es ninguna cosa misteriosa o rara. Yo creo que a toda la gente le sucede igual (a unos en mayor grado que a otros). Como yo tengo esa vocación por las palabras, lo llevo más hacia allá (…) Yo no canto ni en la ducha porque soy desafinado. No me puedo desahogar cantando. Mi vía natural de salida es la palabra. ¿Qué es lo que gatilla en usted esa necesidad de expresión? La vida es uno de los elementos. Y otro de los elementos es que yo soy muy vuelto para dentro. De chico era casi enfermizamente tímido. Después he descubierto que no es sólo timidez la cosa. Es sencillamente estar vuelto hacia adentro. Hay ciertas preguntas que yo no contesto. Preguntas sobre ciertas zonas...