La Época, Literatura y Libros
Marzo de 1989
Por Luisa Ulibarri

Después de algunos años de silencio, en los que nunca paró de escribir, el autor de la Generación del 50 incursiona en la novela histórica con Camisa limpia. El caso de Francisco Maldonado, médico judío quemado en la hoguera por la Inquisición, nos trae al presente tiempos de oscurantismo y temores, donde el héroe y los ganadores son los que perdieron el miedo a la libertad.

El bachiller Francisco Maldonado de Silva, criollo de la ciudad de San Miguel destos reinos del Pirú, residente en la ciudad de Concepción y originario de Portugal, fue el segundo médico quemado por la Inquisición, según consta en la historia. ¿Motivo?: abrazar la ley de Moisés y el judaísmo cuando todos los vientos del miedo y el castigo soplaban en sentido contrario. Fue un personaje apasionante del que poco y nada se sabe; y al que alguna vez se lo tildó de héroe o loco.

El bachiller Francisco Maldonado de Silva tuvo, hace veinte años —por esas cosas del azar—, un encuentro con el escritor Guillermo Blanco, destos reinos y deste siglo, gracias a una liquidación de la Librería Universitaria. Desde entonces, nunca más se separaron. Ahora, cuando acaba de publicarse Camisa limpia (Pehuén Editores), la primera novela histórica en la que Blanco rescata todas las peripecias de este judío que perdió el miedo a la libertad, un capítulo casi desconocido de nuestro pasado viene otra vez a esclarecer el presente, con metáforas que más parecen sacadas de la vida misma de la historia reciente de Chile.

Aunque la primera versión de esta novela vio la luz hace diez años, en plena dictadura, está claro que la analogía con ciertos padecimientos —el miedo a pensar distinto, el atropello, la tortura, la delación y la piedad— hacen de Camisa limpia un tipo de narración histórica que, a diferencia de las de Walter Scott que idealizaban el pasado y nos llenaban de héroes de capa y espada, ratifican que el tiempo es circular y la vida misma una espiral. El libro, escrito desde la voz del protagonista, con ramalazos de poesía, emoción y ternura, humaniza y dota de ciertos ribetes místicos y volados el caso de este galeno amante de su propia libertad interior.

También —y a pesar de los pesares­— no entra en conflicto con la fe, sino con el abuso y la vulnerabilidad de las instituciones y el poder.

Instalado en el escritorio de su casa, que es casi como un santuario de calma y silencio al que se acaba de agregar la presencia de un computador, Guillermo Blanco hojea con complacencia las páginas de este libro en cuya portada asoma interpelador el retrato de don Juan de Pareja, de Velázquez. Autocrítico y despiadado como acostumbra con sus escritos —siempre los estaría corrigiendo de nuevo— algún airecillo de satisfacción flota al culminar esta empresa que lo hizo devorar como marabunta cuanto libro de la Inquisición y de los judíos en el Chile colonial encontró en las librerías de viejo, en los viajes, en las bibliotecas, donde fuera.

Le vino el virus de la indagación histórica a Blanco, y arrepentido no está.

—¿Qué le llamó la atención en este hallazgo: la historia, el personaje, sus similitudes con el presente?

—Me impactó que un tipo castigado durante trece años por la Inquisición arrancara hacia adentro de la prisión, que libremente decidiera no salir porque quería mantener su libertad interior. Mientras yo investigaba y escribía, constataba todas las brutalidades que se cometían en mi país a veces en nombre del Evangelio, como se atacaba a la Iglesia por defender los derechos humanos y cómo estaba presente el factor miedo que liquidó a España y a sus colonias durante siglos. El pensamiento de Erasmo fue perseguido, todos eran sospechosos en el año 1600: los judíos recalcitrantes, los conversos. La única gente que tenía sangre pura era la del campo y a ellos se los destacaba en cargos.

—Pero da la impresión de que hubo más amor por el personaje…

—Por supuesto, porque es capaz de ejercer esa tremenda libertad interior contra todas las oposiciones. Mi primera intención fue escribir una biografía, pero todo lo que leí en Toribio Medina, en las actas de la Inquisición, estaba tan cargado contra Maldonado, que sentí la necesidad de novelar, aunque Gustavo Böhm, autor de un libro que para mí fue decisivo, se encargó de verificarme a través de otros documentos, que se trataba de un caso rigurosamente histórico.

—¿Cómo se produce el despegue entre toda esa información histórica que acumuló por años y la ficción?

—Cuando uno se olvida de los datos, y echa al protagonista —como en este caso— a buscar hierbas medicinales por los campos, y recupera su relación con las culturas indígenas, y describe paisajes como la desembocadura del Biobío que en mí ejerce una fascinación enorme. También en los monólogos interiores, en el deseo de completar la historia de su familia y la relación con esa esposa y ese hijo al que nunca va a conocer. Literariamente hay mecanismos también.

—¿Cuáles? Usted funciona mucho esta vez con el monólogo interior que es casi un susurro, la poesía, un leve racconto y básicamente un diálogo vivo…

—En los diálogos tomé mis precauciones. Leí como loco a Tirso, a Calderón y Lope para acostumbrarme y para familiarizarme con otras formas de frase coloquial. No era necesario decir pardiez, pero sí uno debe ubicarse en la época. También hubo libros enteros que leí para sacar apenas un dato, como que las puertas de entonces no eran puertas sino tapices.

—Un poco como García Márquez en El general en su laberinto, al contar cuánto calza Bolívar. Hay un énfasis en la novela histórica estos últimos años. Si uno agrega La novela de Perón, Memorias de Adriano, sin ir más lejos, Yo el Supremo. ¿Es que se acabaron los motivos en la novela y se recurre al pasado?

—No, no, de ninguna manera. Jamás los motivos se acaban. Ortega y Gasset vaticinó hace tanto tiempo que la novela agonizaba y aún no se habían escrito las grandes novelas del siglo XX. En el siglo XI A.C. un poeta babilonio dijo que se habían terminado los temas y después vinieron los grandes poetas de la humanidad. El Julio César de Shakespeare y Quevedo son totalmente contrapuestos. Electra fue escrita de nuevo por Séneca, Racine y O’ Neil. Son todas opciones diferentes para contar la historia.

—Sí, pero en el caso actual, la tendencia a volcarse al pasado cunde…

—Yo recuerdo a un profesor de matemática que una vez me puso pésima nota por un problema bien resuelto. “Usted tuvo que inventar un teorema, Blanco, para salir adelante, pero si hubiera usado el teorema que yo le enseñé, habría podido resolver todo el problema”. Si uno mira al pasado, busca la mirada global que permite comprender mejor el presente. El resto corre por cuenta de la imaginación del escritor. A Maldonado se lo entiende con su cuota de locura, amando el paisaje de Ñuble, Longaví, y los aromas de pasto fresco. Yo no hago arqueología del pasado sino busco situaciones que nos digan algo ahora, que tengan vida.

—Usted mismo dijo hace un tiempo que en la novela no importaba tanto lo que hicieran los personajes como las razones que los mueven a actuar.

—Claro. En este caso, el asunto de la libertad, del castigo y premio. Sin libertad toda construcción cristiana no tiene sentido y por eso siento profundamente necesario el testimonio del protagonista.

¿Tuvo que usar mucho la razón y posponer su fe al escribir esto?

—Al contrario. Usé más la razón para entender la fe judía, además comprendí que la religión cristiana es más universal. Hay una cultura antropológica que viene no solo de Belén, Nazareth, sino de vertientes griegas, judías, algún origen romano. Esto es tridimensional: nosotros, los cristianos, somos una herejía del judaísmo.

—Hablemos un poco de lenguajes. ¿Cuál es el hilo conductor que une sus 16 libros anteriores a este? ¿Cambia mucho cuando de cuentos se trata?

—El hilo puede tener muchas vueltas porque hay varios inéditos y yo no sé qué conclusión sacar. Siempre está el propósito de contar la aventura interior. Las primeras cosas mías mostraban situaciones límites, las historias de bandidos que nacían de ver los campos de mi familia en Talca o leer el diario La Mañana. En “Cuero de diablo” el personaje era real, un cuatrero al que conocí robando ganado. Cuando el bandido empezó a desaparecer y me preocupé más de los héroes anónimos, creo que fui más a lo íntimo hasta llegar a Dulces chilenos. Pero no saco conclusiones. Dicen que ningún hediondo se huele. Ahora, cada cuento y cada novela tiene su propio estilo. Dicen que en el cuento la diferencia estriba en el grado de complejidad de los elementos: he leído cuentos de 300 páginas que son una demostración de ingenio, pero nada más. A veces sucede que novelas nacen de un cuento donde crecieron las situaciones, como me pasó con Misa de Réquiem. Hay cuentos que son el ejemplo de la concisión, como los de Allan Poe, pero los de Gabriel Miró no serían nada sin esas atmósferas. Es relativo.

—¿Por qué eligió contar la historia de Camisa limpia a través de su protagonista?

—Yo necesitaba ver las cosas a través de los ojos de Maldonado. Hay un trabajo de detective para sacar deducciones de las conductas de sus padres, de sus hermanos, de cómo la Inquisición los va afectando de un modo distinto. Maldonado al comienzo es Maldonado: en la segunda parte es el reo y al final se llama Eli Nazareo, el nombre que eligió libremente.

—Tiene ribetes medio místicos este Nazareo… Hay un tono de susurro.

— Él es un volado, aunque no me lo propuse así. Era un hombre muy religioso y leía la Biblia convencido de que había una red subterránea que estallaría en la gran conspiración. Un poco lo que pasaba en Chile cuando hablábamos de democracia. Yo me acuerdo de que al escribir este libro leía desgarradamente a Unamuno intentando responderme por qué el autoritarismo daba luz a la oparquía. Estábamos gobernados por la tontera ambiente. Piensa que Lope de Vega era oficialista, pero escribió Fuenteovejuna.

—¿Hubo momentos en que la situación lo sobrepasara en esta novela?

—Cuando uno trata de contar a un personaje se mete en él. Yo tenía que encontrarles razón a sus razones y —parece mentira— me costó. Hay ciertas cosas de la fe judía que me resultan poco convincentes como el Dios del castigo, de la dureza, de la ira de Dios. Me convencí de que la Iglesia había cometido un error esencial al aprobar la Inquisición: es la negación de las Bienaventuranzas.

—Hubo dolor y gozo en este parto…

—Como es el encontrarse con uno mismo. Se sufre y luego viene la calma. Se corrige una y otra vez, eliminando los adjetivos inútiles, los largos capítulos tratando de buscar al personaje, hacerlo creíble, querible.

—¿Lo mismo le ocurre con la próxima novela Vecina amable que publicará en marzo?

—Es como ir mostrando otra cara desprovista de mitos y falsedades. Esta es una novela sobre la Virgen, que empecé a elaborar hace 25 años luego de un viaje a Jerusalén. Leí muchas biografías, pero me di cuenta de que la mayoría de los datos de la Virgen están en el Evangelio. El resto son especulaciones. Partió como una especie de tinca y se dieron las coincidencias. Pensé en una mujer como una vecina, que no andaba con la redondelita y le salió un chiquillo loco que se puso a predicar. En Israel descubrí que las casas tenían patios comunes que me dieron un escenario para meter otros protagonistas. Pensé: ¿qué habría pasado si un antepasado mío español hubiera viajado a Palestina y hubiera vivido cerca de esa familia? Ahí tenía al protagonista: un muchacho judío que llega a Palestina, vive en Nazareth, queda lisiado y es un testigo continuo, oye rumores del Sermón de la Montaña, ve a esta mujer suave. Es María. Una mujer como muchas.

—Cuando un escritor emprende esta aventura es porque quiere indagar algo, completar una parte del personaje real que ni la historia, ni la Biblia, ni la fe o las interpretaciones le han dado. Usted…

—Yo empecé interesándome por el lado místico, pero opté por desmitificar esa genialidad que algunos le atribuyen. ¿De dónde? Me basta creer que era una santa. Esta es una novela hecha con mucho respeto por los que creen y también por los que no creen en su parte divina…

—Parece que la cosa religiosa y la investigación se le metieron bien adentro. ¿Qué pasará con las ficciones de Guillermo Blanco, los bandidos, las solteronas de Dulces chilenos, los cuentos?

—Continuarán, y ya tengo otras novelas y cuentos míos en el cajón. Es muy peligrosa la investigación porque si uno se entusiasma, no tiene límites; como le pasó a un perro bulldog que teníamos en casa y no paraba nunca de comer. La historia no tiene límites y de ella se puede sacar una y otra vez narraciones diferentes, pero uno tiene que volver a sus mundos.

—Y esos mundos, ¿estuvieron habitados por puros libros-documentos estos años? ¿Qué lecturas?

—Mucho pensamiento religioso, es cierto, pero he retomado la literatura española del siglo XIX, a la que había abandonado por un tonto prejuicio en la época en que se daba mucha importancia a los norteamericanos e ingleses contemporáneos. Estoy recuperando a Pérez Galdós, a Ortega y Unamuno y descubrí a Leopoldo Alas, Clarín, que escribió a mi juicio la mejor novela española de su tiempo: La Regenta. Me estoy reencontrando con el idioma.

—¿Le preocupa la crítica a su reciente novela?

Dulces chilenos fue maltratada y me preocupó, pero no para hacerme dudar de que yo había escrito lo que necesitaba y quería decir. Con esta novela me pasa lo mismo. Uno nunca queda conforme, pero hay momentos en que retomo el libro y me descubro pensando, “¡Bah!, no está tan mal”.

—Este es un libro provocador para los católicos que quizá no comprenden el sentido del libre albedrío. Pienso en lo difíciles, apasionantes y pesados que han sido los casos de Giordano Bruno y Galileo en el cine y el teatro, ambos también acosados por la Inquisición. Tanto desde el punto de vista religioso como literario, es una empresa complicada…

—Sí, pero para mí Giordano Bruno tiene otra connotación, porque ahí las cosas eran en blanco y negro. Los malos eran malos, como en las películas norteamericanas, malos sin matices. Aquí, los sacerdotes dominicos y los propios inquisidores son tan humanos como el propio Maldonado, que tampoco es un santo. Hay un personaje que, en la vida real, fue expulsado de su cargo de inquisidor por la vida licenciosa que llevaba, y a ese personaje —bastante importante en la novela— yo lo saco en el último capítulo y lo cambio por otro. Hablo de Bartolomé de Pradeda.

—¿Hay una suerte de identificación suya, como autor y como hombre con Maldonado?

—A ratos sí, quizá por lo porfiado, lo tenaz, lo solitario y su ansia de justicia en el fortalecimiento de la fe, en su relación con la naturaleza y las ganas de desterrar el miedo. El miedo es un factor importante en esta novela, y ese miedo lo hemos conocido todos en estos años, por eso mi personaje es más humano y menos héroe que los bandidos de Cuero de diablo. En el fondo, lo heroico está en lo cotidiano, si lo sabes mirar con altura. Y está en las flaquezas y las fuerzas de todos los hombres.

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