—Los chilenos —suelen repetir algunos chilenos hasta el cansancio— somos gente de pocas palabras.
Es cierto.
Porque eso no significa que hablemos poco: a menudo hablamos mucho, pero con una porquería de vocabulario. ¿Perdemos algo? ¿Se nos cae tal cosa? ¿Se nos fue la micro? ¿Murió Fulano? ¿Amanecimos tristes? ¿Nos duele una muela? ¿Nos aqueja algún hondo y fundamental problema deontológico? ¿Nos flechó la Quiqui?
He aquí toda nuestra elegía:
—Puchas.
O si nos cargamos resueltamente a la locuacidad:
—Ata la payasá, oh.
Punto.
¿Nos fue bien en un examen? ¿Ganamos la lotería? ¿Nos alcanzó para el pan? ¿Tuvimos un encuentro agradable? ¿Nos titulamos de algo? ¿El mayorcito recibió el premio tal? ¿La…
Diagnóstico y desahogo:
—Descueve.
¿Vemos un atropello? ¿Se le perforó la úlcera a un amigo? ¿Cae un avión en Suiza? ¿Despidieron a Luis Mengánez? ¿Incendio donde don Giovanni?
—Sonó.
Ojo: no es que seamos lacónicos. Ojalá. Muchas veces el problema es que, con el material justo para ser lacónicos, nos ponemos logónicos:
—Puchas, oh, la payasá. Al gallo le iba el descueve, ¿y saís? ¿Saís qué más, oh? De repente, pucha, vino y sonó oh. ¿Saís lo ques sonar? Sonó. Ata que descueve la payasá grande, por la pucha, ¿no encontrái?
—Sí, pucha. Pero dime una cosa: ¿sonó-sonó? o…
—No, oh, sonó. O sea sonó-sonó, ¿entendís?
—Ata.
Si las ideas fueran puertas, los chilenos, en vez de tener una llave para cada una, tendríamos un muy penca juego de ganzúas.
Entre ellas, bueno.
Bueno sirve para abrir —o cerrar— cualquier conversación. Caso típico: en la tele, en la radio, un periodista interroga a su entrevistado:
—Doctor, ¿y cuál diría usted que es el epígono apodíctico de los sintagmas trigéminos?
—Bueno, yo creo…
Técnico para hablar el doctor, ¿ah?
Descueve.
—Quisiéramos saber —plantea otro reportero a otro notable— qué opina usted sobre la crisis del Medio Oriente, y cómo ve el problema del petróleo.
—Bueno, pésimo.
¿Se pone latosa la reunión?
—Bueno, perdónenme, pero…
¿Se acerca el toque de queda?
—Bueno, estaba rica la comida.
¿La señora metió la pata y hay que batirse en retirada?
—Bueno, Matildita…
¿Se divaga mucho y el gerente quiere entrar en materia de una vez?
—Bueno, caballeros…
¿El profesor interroga al alumno sobre el contenido albuminoso del silicato de patenquincha?
—Bueno… esteee…
(Traducción libre: Ata, no tengo idea).
¿Le salió a uno todo como la mona, no le achunta ni medio, la vida es un desastre?
—Bueno, me cabrié.
¿Lo ofenden en los peores términos?
—Bueno, como me sigues injuriando…
Si alguien quisiera hacer una encuesta triunfal para demostrar la satisfacción del público con cualquier cosa, bastaría con que dejara la primera palabra de las respuestas: Bueno, bueno, bueno…
El papá severo que va a cortarle el cuarenta a su chiquillo, el juez que se dispone a condenar, el policía al capturar a un delincuente, el suicida en su última carta: todos empiezan diciendo: Bueno…
Incluso —según investigaciones realizadas por el Instituto Lexicográfico de Rucapequén— se dan compatriotas que usan el término para referirse a algo bueno.
Ata, qué originales, ¿no?
(Diciembre de 1973)