El Cara Conocida es un personaje más o menos habitual dentro de la existencia urbana. Se caracteriza por lo que su nombre indica: a uno le parece haberlo visto alguna vez en alguna parte. Los rasgos, el gesto… Quizá la expresión… El bigote o el no bigote, los anteojos…

Uno lo mira, se rasca la cabeza, trata de acertar.

¿Sería compañero de colegio? ¿El Choclo Gutiérrez, el Orejas de Arpa, el Prístino Escobar? Noooo…

¿Uno de los “cabros del barrio”? Rápido paso de lista: ése no, el otro menos, aquel tampoco…

¿Hicieron juntos el servicio militar? Nuevo recorrido, nueva negativa…

Más tanteos:

¿Durante el viaje a Antofagasta? ¿En la fiesta de los Fulánez?

En fin: el proceso termina con una de dos: o la palmada en la frente —casi siempre tarde para saludar como corresponde o para quitar el saludo como corresponde—, o la duda, la terrible duda. Que no es tan terrible si el Cara Conocida se porta decente y sigue de largo.

Ah, pero la mayoría de las veces no es así.

La mayoría de las veces el tipo va y se acuerda de uno. Y por si esa fuera poca bellaquería, lo toma de un brazo, lo detiene, le palmotea la espalda y lo agrede con cualquier frase del tipo de:

—¡Hola, viejito, qué tal!

El drama se ha desencadenado.

Desde ese minuto, la víctima del Cara Conocida irá precipitándose poco a poco —o mucho a mucho— en uno de los peores abismos de la incomunicación contemporánea. Como diría Arturo Prat, el combate desigual. Mientras el Cara Conocida puede aludir a situaciones, preguntar a su presa por la familia, hacer recuerdos (vagos, por lo general, para no dar la pista), el otro pobre debe mantener el diálogo y pesquisar hecho un loco.

—Así que trabajas en la Sopapa, me contaron.

—Sí —se defiende uno—, ¿y tú?

—Sigo en lo mismo, mi viejo perro, en lo mismo de antes. Tú sabes, las cosas…

—Claro. ¿Y qué tal te va?

—Igual. Ni mejor ni peor. Es que en este bendito negocio, entiendes…

—Hum.

El Cara Conocida suele ser inflexible. No ofrece resquicios. Parece haber recibido el adiestramiento de un espía internacional para ocultar su identidad aun frente a las peores torturas. Y uno —¡qué lástima! — no puede torturarlo.

Apenas, apenas, echar su pialcito caído.

UNO: —¿Dónde estás viviendo?

El C. C.: —Ah, yo, fiel al barrio. Me acostumbré, qué diablos. ¿Y tú?

UNO: —En Las Tostadas, al llegar a Putruhe.

De ahí en adelante, el enemigo toma la iniciativa:

—¿La Lupercia, bien?

—Bien, gracias…

Mientras, uno piensa a ciento ochenta kilómetros por hora. ¿Será casado este bestia? Y si es casado, ¿no se divorciaría? Pero, ¿quién demontres es, por la flauta? ¿Cómo averiguar?

Inútil. El tipo ya está preguntándole por los niños, y se acuerda de los nombres, les calcula la edad…

Cada vez resulta más grosero no contrainterrogar. Hasta que, a ciegas, uno lanza el tanteo obvio:

—¿Y los tuyos?

—Así, así.

Bloqueo total. El facineroso no afloja. Se pasea de alto a bajo por la vida de su interlocutor. Practica verdaderas florituras con la memoria. Entra y sale de los recuerdos como Pedro por su casa. (¿Quién es, quién es? Número equivocado).

Un desastre.

Pero puede —y hasta suele— ser peor.

Es cuanto llega un cómplice. Que lo conoce a uno y no conoce al Cara Conocida. Que lo saluda a uno y mira al Cara Conocida esperando que uno haga las presentaciones. Uno mira al Cara Conocida en un último, desgarrador esfuerzo. En vano.

Es el cataclismo.

—Te presento… —dice uno.

Y tose con toda la dignidad y todo el realismo que encuentra a su alcance. Tose, tose, tose, pero no convence. La impostura quedó al descubierto. Y la tierra se niega a abrirse.

(Agosto de1970)

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