Hay diversas razones para que un padre le ponga a su hijo el mismo nombre de pila que él lleva.
Muy diversas razones.
Ninguna —que se sepa— es buena.
El caso más corriente quizá es el del papi incapaz de imaginar a su mocholococholomuñuñi con una edad superior al mes o mes y medio. Luego no prevé que cuando crezca… Pero dejemos eso para después.
Otro caso es el del progenitor que está orgulloso de llamarse como se llama, y su vanidad provoca una nueva víctima.
—Dragobaldito —dice don Dragobaldo—, mena pacá.
Y mira a lado y lado, a ver si se notó.
Hay, también, los padres con inclinaciones monárquicas: les encanta eso de Eritrógenes López I, Eritrógenes II, y así sucesivamente. Ya se sienten entrando en la historia, con algún erudito del siglo XXI anotando que “la dinastía de los Eritrógenes, de Pelarco…”.
Se van a desilusionar.
Por último, otra razón es el deseo de perpetuarse. El tipo quiere que el crío le siga las huellas, y lo marca en el bautizo.
—Igualito a este pecho —exclama con satisfacción.
Otro candidato al desengaño.
Pero eso puede ser en el terreno individual. Y puede ser —en este o en otro terreno— que haya razones buenas para tener hijos con papel carbón. Sin embargo, los problemas que surgen del caprichito suelen ser algo más, y peor, que individuales.
Veamos.
El teléfono, como la justicia, es ciego. Usted marca, espera, contestan:
—¿Podría hablar con Dragobaldo? —pregunta usted.
—¿El grande o el chico? —es la contrapregunta automática.
Usted se rasca la cabeza. No sabe si Dragobaldo vive con su padre, o tiene un hijo homónimo. Además, su edad da para cualquiera de las dos cosas.
¿Qué hacer?
Hay quienes optan por pedir “al grande”, y exponerse a que les salga un abuelito sordo.
—Habla Ruperto —dice usted.
—¿Muerto? Pe, pe…
Y así.
Otra posibilidad es responder:
—El que trabaja en la Fábrica de Buques de Maní La Procelosa.
Réplicas probables:
—Los dos trabajan ahí.
—Yo no sé dónde traaja el caallero, fíjese.
—Ese es el otro, el mayor: no vive aquí.
Hay los que toman el asunto con humor y piden:
—El del medio.
No es solución, por supuesto. Fuera de matar de la risa a la persona que atendió el teléfono —y que solo ha escuchado ese chiste unos tres millones seiscientas diecinueve mil ochocientas veintitrés veces— no se avanza demasiado.
Ojalá fuese la única dificultad.
Está el problema de lograr que el chiquillo no salga con complejo de guagua, porque si su padre se llama Eritrógenes, a él hay que decirle Eritrogénito, Genito, o Nito, o de algún otro modo igual de vomitivo y diminutivo.
Está, con el andar del tiempo, el lío de la correspondencia, solo comparable al del teléfono.
Está, con otros andares, el embrollo de las letras por pagar, las cuentas vencidas, los cheques en banda, los avales, las cuotas del club deportivo, el padrón del auto, la lista del lavado…
Y sume y siga.
Casi, casi es para no encontrar tan de imbéciles —o no de imbéciles absolutos— la idea que alguien dio de “bautizar” a la gente con números. “Resultaría más ordenado”, argumentaba.
Y, además, no habría “gente repetida”.
¿Se imaginan a don Setenta y Cinco llamando: Setentaicinquito, mena pacá?
No, ¿no es cierto?
(Enero de 1974)