A la gente le gusta hablar de esos ritos extraños que suelen tener los pueblos primitivos. De cómo los bantúes hacen esto y los maoríes lo de más allá, y de las terribles —quizá qué— de los esquimales. Es lindo. Uno se entretiene, intercambia erudición barata con los amigos y —lo más importante— se siente civilizado por exclusión. Que es una de las pocas maneras de sentirnos civilizados.
Y un error, además. Porque en materia de ritos bárbaros, no es mucho lo que tendríamos que envidiar a zulúes, watusis o ngaio-ngaios (sobre todo a los ngaio-ngaios, que son tan buenos ngaios, je, je). Quien ha visto, por ejemplo, a una “niñita de primera comunión”, disfrazada de abuela, muy tiesa y nardo portante, siendo exhibida urbi et orbi, con…
Quien ha visto eso no necesita que le cuenten de ritos bárbaros. Salvo que prefiera ciertos matrimonios donde el desfile de máscaras y la exhibición de vestuario deschavetado deja pálido al Carnaval de Río. Y los tés-canasta, y los “beneficios”, y las pedidas de mano, y las… El sueño de un antropólogo loco. Piense, no más, en la Ceremonia del Conocimiento de la Guagua. Ningún antropólogo cuerdo imaginaría razones razonables para que, en llegando un nuevo ser al mundo, haya que “ir a conocerlo”, como se estila en las tribus chilenas casi sin excepción.
¿Conocerlo? Por favor, si salvo la guagua de usted, las demás son casi exactamente iguales. Y, por especial gracia divina, ¡cambian tanto! En apenas unos quince o veinte días, comienzan a adquirir un aspecto cuasi humano, y al mes, nadie diría qué eran cuando presidió el rito. De modo que no vengan con eufemismos: Conocer a la criaturita. Cómo no.
La verdad es otra. Aquí lo que pasa es el típico gesto absolutista del matriarcado, Como las mujeres tienen una veta inconfundible de sadismo, les gusta ir a refocilarse en la guagua ajena. Y que los ojitos, y que las orejitas… Veamos la escena. Llega un matrimonio a la clínica. La reciente mamá yace cansada, y quizá lo único que quería es que la dejaran tranquila. Pero no: la amiga entra con el marido a rastras, saludando, preguntando, comentando, gesticulando. Y de repente, un alto brusco. Actitud dramática.
—Ah-n-no.
El marido, se pregunta qué n-no. Pronto lo descubre: su mujer mira a la cunita y exclama:
—Pero qué a-mooor.
Y rompiendo todas las normas morales, lo invoca por testigo:
—Mira, Regencio, qué amor más grande.
Lo de grande es obviamente falso. Lo de amor, que en estos casos se pronuncia “amo-ooor” o “a-mooor”, queda al desnudo como una flagrante superchería en cuanto uno se acerca al monstruito. Si eso es “amor” —se dice uno—, dénme un poco de odio. Pero la señora es implacable:
—Mírale la pelusita… (Puaj).
—…y la papadita… (Brrr).
—…y los lobulitos… (Buaj).
Y después de hacer una serie de cosas raras y emitir sonidos guturales como “ñeme, ñeme”, o “ñucu, ñucu”, la gigantesca exhibición de miopía y/o hipocresía termina con un wagneriano:
—Te felicito. Que guagua más amor. Es lo más encanto que hay.
Aquí —Regencio lo sabe— viene la patadita por debajo. Le toca Decir Algo. Cada vez que no ha “Dicho Algo” es rosca de vuelta a casa. Regencio respira hondo, hace un acto de contrición mental, y lanza entre dientes:
—Las manitos…
—¿No es cierto? —ratifica su cónyuge.
Y él se siente igual que si hubiera conseguido pronunciar una frase muy difícil en griego. Qué ganas de entenderla, piensa.
Pero en fin, como un bantú después del siniestro sirongo-rongo, el amigo Regencio tiene una satisfacción indiscutible: sobrevivió ileso a la ceremonia bárbara.
(Noviembre de 1973)