Hace unos tres años, mi primo Higinio se casó. Esto es algo que puede pasarle a cualquiera, incluso a pesar de llamarse Higinio. Lo que es digno de contarse es lo que vino después. Cuando mi prima política —Babucha para los amigos— dio a luz una criatura.

Sí, criatura: uso la palabra con plena conciencia de mi responsabilidad.

Claro que los padres del asunto declararon que se trataba de una guagua. Y hasta llevaron su audacia al extremo de proclamar, en los comunicados oficiales, que aquello era un “hombrecito”.

Es más: lo bautizaron. No me pregunten de dónde consiguieron un sacerdote suficientemente miope o heterodoxo. Lo bautizaron. Y reincidieron en el pecado de mis tíos, poniéndole Higinio. Higinio Reginaldo, para estar a la moda. (¿Se han fijado que ahora hasta el más ñecla de los chiquillos tiene nombre de comité? Carlos Alberto, Robustiano Genaro, Jacqueline Aurora… Una mamá que llama a tres de sus hijos parece estar pasándole lista a un batallón, o a un colegio de monjas).

Bueno.

Como decía, hace un par de años se desencadenó sobre el hogar de mi primo Higinio Reginaldo. Esto, que pudo ser un dolor secreto para sus progenitores, pasó muy pronto a ser todo lo contrario. Ni dolor ni secreto. Más miopes al parecer que el curita del bautizo. Higi —ese es el mininombre que usa Higinio en la casa— y Babucha se extasiaron con la belleza de la criatura.

Fueron más allá. La proclamaron a los cuatro vientos, con frases que el respeto por la humanidad impide repetir. Pero ustedes habrán visto y oído a papas chochos. Multipliquen eso por un par de miles, y tendrán una pálida idea.

¿Terrible? No. Lo terrible empezó después. Cuando el asunto ese, el objeto con dos nombres, Higinio Reginaldo, dio sus primeras manifestaciones de vida. Al escuchar a Babucha describir cómo movía “chau dedito él”, cualquiera habría pensado que ninguna guagua de tres meses había movido jamás un dedo en la historia. Ahora que presenciar las imitaciones de Higinio…

—Hace así —decía.

Y ponía una boca de pato y remedaba los rictus —”caritas”,

según él— de su engendro. Era un espectáculo.

Hablo de todo esto en pretérito, pero no porque las cosas estén mejor. En absoluto. Ahora que Higinio Reginaldo bordea los dos años de existencia, él es el centro de cualquier conversación en la que intervengan su padre o Babucha. Cuentan que cuando mi primo hizo su declaración del Global Complementario se le cayeron las lágrimas al anotar al crío como “carga de familia”.

Las gracias de éeeel.

La lista podría engrosarse con otros actos prodigiosos, algunos dentro y otros fuera de los pañales, pero no quiero cansar a mis lectoras, ni a ese señor sacrificado que se declaró mi lector. Si ustedes saben lo que hace una guagua normal a los tres meses, ya saben lo que hace Higinio Reginaldo a los dos años.

Y tienen la ventaja de no verse obligados a escuchar frases como:

—Hoy se fijó en un pajarito. Es reflexivo. Imagínate: fijarse, a esta edad.

—Ayer, él tomó la cuchara con la derecha. Solito.

—Pero, Babucha, te olvidas de lo más importante: ¡la metió en el plato!

Babucha asiente, arrobada, y agrega:

—Solito.

No, es francamente insoportable. Si por lo menos contaran cosas entretenidas, gracias verdaderas, pase. Pero “éeeel” no tiene nada de especiaaaaaal. Naaaada. ¡Ps! Ustedes hubieran visto a Jacobito a esa edad. No es porque yo lo diga. Una vez, por ejemplo…

(Ahí va esa, 1973).

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