Papás, mamás, profesores, suelen declararse en estado de preangustia frente al problema:
—¿Qué pasa —se preguntan levantando la vista al smog— que los niños y los jóvenes de hoy leen tan poco?
Aquí hay dos cuentos viejos y uno nuevo. Primer cuento viejo: que los adultos reclamen contra los “jóvenes de hoy” es uno de los deportes más antiguos de la humanidad. Varían el “hoy” y los jóvenes de que se trata, pero no la protesta ni el tono, ni el meneo de cabezas provisionalmente sesudas. Segundo cuento antiguo: en toda generación hay jóvenes que leen poco, si por leer entendemos libros, literatura, no letreros o etiquetas.
Pero existe un cuento nuevo, que es la vacuna.
Muchos —la mayoría— de los adultos quejumbrosos les hacían el quite a las lecturas, porque “les daban lata”. No les despertaban interés ni entusiasmo; fascinación para qué decir. Pero en ellos no leer era cosa de temperamento, gusto, rebeldía. A los mentados “jóvenes de hoy”, en cambio, se los vacuna, desde chicos, contra las letras.
Ya en su casa los crían en un ambiente de absoluta asepsia: ¿en cuál de ellas se encuentra un mueble librero? ¿En una de cada mil, dos mil, diez mil? Respuesta que suele oírse: “No cabe, nos falta hueco”. Raras veces la verdadera, porque a menudo ahí mismo donde “ya no nos queda hueco” se ven surtidos portaequipos, minibares, guardahifis, miravideos, tocabullas, mondadecks…
O sea, lo que hay son prioridades en las que no entran los libros.
Como tanta otra responsabilidad, se la pasa al colegio. Y en el colegio, ¿qué ocurre casi invariablemente? Que vacunan a los chiquillos. Los obligan (no los invitan, mucho menos los incitan) a leer, por ejemplo, Martín Rivas, Alsino o Platero y yo. Mala cosa, desde luego, obligarlo a algo que debería darle agrado. Leer una obra de arte es acto de amor, como besar a la mujer a quien se quiere o acariciar a un hijo. Leer por fuerza se parece tanto a la real lectura como una fricción puede parecerse a una caricia.
Pero lo de obligar no sería nada. La vacuna viene con el no menos forzoso análisis.
Supongamos que el niño o el muchacho levó Alsino. Supongamos que, superando la antipatía de lo obligatorio, se dejó seducir. Que lo anduvo emocionando la historia y a él también lo hizo volar. Tendrá que ser muy porfiado para conseguirlo, porque no le hablaron de eso. En muchos casos —la mayoría, probablemente— que buscara motivo central, motivos secundarios, clímax, protagonistas y antagonistas,
le pidieron lenguaje y metalenguaje…
¿Entretenerse? Hay profesores que lo hallarían casi obsceno. ¿Disfrutar? Frívolo, pues. A lo más, unas gotitas de goce estético, que el alumno debe situar en algún lugar preciso del texto (a lo sumo del subtexto) y definir y manosear hasta que no quede sombra de agrado humano. El “control de lectura”, con todos los ecos policiales que la palabra despierta, pasa por una lista de cosas que el cabro no solo tuvo que buscar: también tiene que haberlas encontrado o la nota reflejará tan increíble desidia…
Pobre del que no encuentre lo que debe encontrar, y no menos pobre del que encuentre lo que él vio, sintió o halló.
Un secreto rigurosamente guardado es que ningún gran escritor ha escrito “poniendo”, así, adrede, lo que tantos profesores mandan a sus alumnos a buscar. Cuando Cervantes dio forma al Quijote, que aún se considera la mejor novela de la historia universal, no se habían inventado los motivos centrales, menos aún los secundarios, ni el clímax ni los metalenguajes insertos en los subtextos (o donde sea que se inserten).
Cervantes produjo un libro cómico, para divertir; un libro que daba risa y que sigue dándola si se lo lee bien.
La “crisis de lectura” tiene ciertos puntos comunes con la llamada “crisis moral”. Contra lo que se insinúa o se dice, no son culpa de la tele ni menos de sus víctimas, los jóvenes. En gran medida son un fracaso de adultos que la lamentan sin discurrir nada eficaz para superarla. O discurriendo remedios que la agravan.
(Septiembre de 1992)