Chile es un país chiquitista.

Nuestros abuelos, después de almorzar a lo heliogábalo, describían los platos con lenguaje microscópico: habían comido una “cazuelita de pava”, un “pebrecito”, “chuletitas de chancho con papitas fritas”, todo regado con “vinito” tal o cual, y coronado con “sandiíta”, “meloncito” o “panquequitos”.

Y el broche de oro:

—Una agüita caliente, por favor.

—Un matecito para mí.

Después vinieron los “cafecitos”, divididos en café y polvitos de color café.

Los historiadores saben que las mentadas “cazuelitas” y demás “itos” e “itas” habrían servido hoy para alimentar a un regimiento de tragones contemporáneos.

Pero los achiquitábamos.

Y fuimos más lejos. Una curda de padre y señor nuestro se denominaba “fiestecita” “¡Fiestecita que nos pegamos!”,

ponderaban —y todavía ponderan— los noctámbulos. Ese genio nacional, el maestro capaz de arreglar cualquier cosa y muchas otras, se conocía como “el hombrecito”.

“Hombrecito” también pasó a ser el símbolo homeopático del machismo: hay que ser “hombrecito” para hacer esto o aquello.

Cuesta ganarse el título. Una vez dueño de él, el tipo empieza a buscar, para collera, a una muchacha que sea “muy mujercita”.

¿Interpretaciones? Sobran. Siempre sobran las interpretaciones. Hay quienes ven en el fenómeno una actitud de apocamiento: el diminutivo nace de un complejo de inferioridad. Según otros, sucede al revés: el chileno disminuye lo que ofrece para que no haya duda de lo grande que es.

Una tercera escuela…

No: esa es demasiado enredada.

Lo interesante es anotar que se trata de un hecho —proceso que les llaman— eminentemente dinámico. Busca nuevas formas. Y las encuentra. Y renueva las viejas estructuras del chiquitismo.

Así es como hoy, señores, estamos frente al surgimiento del “vacilacionismo”, o “unpococomismo”, que también así suele designársele.

Observémoslo en acción.

Se reúne un grupo de intelectuales, intelectualoides o simples elucubradoras. Debaten un tema. O se debaten —lo más frecuente— por las zonas periféricas del tema. ¿Y cómo se expresan?

—Pareciera —dice uno, violando desenfrenadamente la gramática— que lo más indicado sería celebrar nuestro aniversario con un desfile de los barcos de la Armada por el Mapocho. Es como popular, ¿no?

Un hombre práctico pide la palabra:

—No sé —afirma categórico— pero yo diría que esa proposición es como totalmente absurda…

Otro vigoroso lo respalda, casi hasta la insolencia:

—Sí, como que haría falta, ¿no es cierto?, poner los pies un poco en la tierra…, no sé.

Lo que sugiere, entre plato y plato, es poner de frentón los pies en la tierra. El “no sé”, el “un poco” y el “como que” son los adornos neochiquitistas, considerados hoy, ay, indispensables.

¿Más aplicaciones?

—Dos más dos son un poco cuatro.

—Colón como que descubrió América.

—Pareciera que estamos en 1970, no sé…

—Quiero ser como muy concreto, como perfectamente claro, como inconfundible, no sé…

Y la cúspide:

—Es un poco demasiado.

Es.

El “unpococomismo” nos está un poco comiendo. No hay reunión ni simple conversa en la cual un sesenta a setenta por ciento de las palabras vertidas no pertenezcan a este vocabulario de la vacilación mental, del autoencogimiento. Imagínense a Arturo Prat arengando: “Muchachos, la contienda es un poco desigual. Mientras yo pareciera que vivo, esa bandera permanecerá como en su lugar…”

¿Quién lo habría seguido en el abordaje?

Un poco como nadie, no sé…

(Septiembre de 1971)

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