Existen fundadas sospechas de que ha nacido, o está a punto de nacer, un nuevo idioma. Sin nombre por el momento. Un idioma que casi todos hablan, casi nadie entiende y que no se enseña en ninguna parte. Tiene otras rarezas. Talvez la más notable sea su permeabilidad, o adaptabilidad: es una lengua que puede emplearse en cualquier lengua. Utiliza —o mimetiza— palabras castellanas, francesas, inglesas, con una soltura camaleónica que debería poner verdes de envidia a los fanáticos del esperanto.
Virtud extra: suena bien. Traducida a él, la más pobre de las ideas se viste con elegantes ropajes, y un mísero lugar común adquiere tonalidades filosóficas. El vulgar “tengo flojera”, por ejemplo, se convierte en un profundo: “No me siento motivado”. “Decir algo” pasa a ser “formular un planteamiento” Cualquier enredo se sublima transformándose en “problemática” y si afecta a varias personas, “problemática sectorial”. ¿Que a alguien lo dejaron fuera de esto o aquello? Formidable: el tipo puede declararse “víctima de un proceso de alienación”. ¿No le alcanza la plata hasta el fin de mes? Entra, automáticamente, a definirse como “elemento socioeconómico postergado”. (Con su plural: “sectores de menores ingresos”). Bajo ese título —que no cuesta un diez— le seguirá faltando el vil dinero, pero el fulano se sentirá un poco mejor. En otras palabras, aunque no se haya “realizado”, tendrá una “inquietud vivencial”.
El proceso de transfiguración que permite la nueva lengua es vastísimo. Integrador. Masivo. Los chiquillos que arman barullo en clase de trabajos manuales serán, por obra y gracia del vocabulario, “un grupo de presión”. Y el profesor estará menos incómodo si no logra establecer un “orden” que se ha “escleritizado” por corresponder a “las viejas estructuras”. O, mejor, a estructuras “obsoletas”.
Nadie que se respete puede, hoy por hoy, conformarse con ver cosas: “visualiza objetos”. Y hay que ser harto penca para limitarse a entender: el verdadero hombre al día “realiza”, ya se trate de la intención de una película de Bergman, ya de la situación general del país, ya del simple hecho de que se encuentra pasado en su cuenta bancaria.
Hasta los errores y desatinos adquieren —bajo el toque mágico del chorísimo idioma— contornos seductores. Cuando algo está hecho al lote, llega a sonar deseable si se lo “diagnostica” como “’inserto en un esquema asincrónico”. Y el viejo balance que no cuadra pasa a investir cierta indudable majestad al traducirlo como “el imperativo de compatibilizar la cuantificación del movimiento contable”.
Incluso las pérdidas duelen menos si se las bautiza de “cifras deficitarias”.
¿De dónde salió toda esta palabrería… perdón: terminología? Al parecer, nos llegó “por la vía” de “tecnocracia”, pero ha ido “diversificándose”, y ya no se habla solo “a nivel de expertos”, sino también en los “sectores de más bajos ingresos” culturales.
Hacía, falta.
Porque, la verdad, resultaba un poco latoso dedicarse a conversar leseras que se llamaban leseras, y no “inquietudes”, “preocupaciones existenciales” o problemas de operatoria”.
Aburría llamar por teléfono, en vez de “promover un contacto interdisciplinario”. O leer un libro para saber lo que dice, y no para “recoger el mensaje”.
Y —¿qué duda cabe? —sale más digno “cuestionar la validez de las actuales estructuras de poder” que reconocerse, prosaicamente, inútil o fracasado.
Por otra parte, el nuevo idioma tiene la ventaja insuperable de ser lo bastante ambiguo como para que cada cual lo entienda a su manera. Es lo que se llama “instrumentar el diálogo”.
Y contiene “aportes” difíciles de discutir. Aportes, digámoslo, “en profundidad”.
Tómese, por ejemplo, el término “concientización”. Es difícil que se haya inventado una palabra más fea después de barragana, o chotacabras. Y, al propio tiempo, no cede en siutiquería a expresiones como “ebúrneo”, “mácula” o “terneza”. Su creador
debe de haber tenido una sensibilidad lingüística equivalente a las cosquillas de un hipopótamo.
Vivencial, en cambio, suena lindo. Y alienar. ¡Sensibilizar!
Permear…
En fin.
El hecho es que, gracias a la nueva lengua, vivimos una verdadera revolución verbal. Quizá irreversible.
Un proceso acelerado de blablificación intensiva, que permea de alto a bajo a todos los grupos socioeconómicos, cuál más cuál menos.
Talvez sigamos igual de incomunicados que antes, pero “sonamos” mejor.
Y habría que ser muy obsoleto, alienado de frentón, para preferir llamarle al pan, pan (en lugar de “implemento alimentario básico”) y al vino, vino (en vez de escapismo por la vía etílica).
(Diciembre de 1968)