Si uno recorre aunque sea una pequeña porción de Europa, y va mirando alrededor y comparando experiencias, no tardará en percibir que aquí existen por lo menos dos categorías diversas de países.
A la primera pertenecen aquellos que impresionan ante todo por cierta atmósfera orden racional que se respira en ellos. Pueblos donde las normas son precisas y las acepciones, escasas. Donde uno sabe casi invariablemente “a qué atenerse”. Donde el trabajo y el esfuerzo suelen ser los caminos para conseguir o hacer las cosas. Y donde Ias cosas que se hacen, o que se obtienen, o que suceden, pueden explicarse en términos lógicos.
Se trata de los que podríamos llamar países laboriosos.
Alemania, desde luego, es el primer ejemplo que a cualquiera se le ocurre. Pero están también Inglaterra, o Bélgica, o, en buena medida, Francia. Además —inevitablemente— de la cronométrica Suiza.
La otra categoría incluye, en cambio, a esos pueblos en apariencia caóticos, donde lo que uno observa a primera vista (y a segunda, y a tercera, y aun a cuarta vista) es una mezcla de desorden e irracionalidad. Donde se diría que imperan las excepciones, y las normas se dan solo por azar. Allí se trabaja, sin duda, y hay talento y tesón, pero de algún modo no da la sensación de que fuera eso lo que logra que las cosas se hagan.
¿Explicar? Nadie es capaz. Hace unos meses, la revista Time, que se publica en un país laborioso, puso a un impresionante equipo de periodistas a averiguar “Por qué funciona Italia”. Cumplieron un excelente sondeo de lo insondable. Descubrieron muchos datos asombrosos. Y anduvieron a un paso de alcanzar su objetivo.
Pero faltó. Siempre falta.
Países como Italia o España —y algunos agregan Irlanda, Grecia— funcionan más allá de la lógica, o con soberana independencia frente a ella. Son países milagrosos.
No, claro, no debe generalizarse. Siempre es malo generalizar. Lleno de peligros. Pero, con las salvedades necesarias para no entontecer el asunto, sí puede afirmarse (y hay respaldo estadístico) que en Italia los trenes se atrasan más a menudo que en Inglaterra o en Bélgica, por ejemplo.
Lo cual no significa que la persona no llegue ni que sufra. Existen compensaciones.
Días atrás, en el trayecto entre Pisa y Génova, una muchacha se bajó en la estación a coger flores. De pronto, el tren reanudó la marcha; por algún motivo ella no se dio cuenta a tiempo, y entonces pudo verse una escena desgarradora: la pobre corría tratando de subirse, gritaba algo en algún idioma… En vano. Agitaba los brazos, en vano.
No llevaba una cartera, nada. Hacía, casi, una figura de ballet, con esos saltos y esos ademanes graciosos a pesar de su angustia. Nadie que se sepa dejó de compadecerse. Ni de imaginar el drama. ¿Con quién iba? ¿Sola? ¿Cómo iba a recuperar su equipaje? ¿Con qué pagaría otro boleto?
Aún hervían las conjeturas cuando el tren se detuvo, retrocedió un poco, recogió a la jadeante muchacha. Alivio universal. ¡Bendito atraso, bendito país, bendito desorden!
Italia, comentan los que entienden, es el país europeo al que menos trastornos acarrea la recesión mundial. Apenas representa un grado más en la inseguridad, vertiginosa muchas veces, de la vida cotidiana. Apenas una vuelta adicional de tuerca en la incertidumbre.
Profesionales de la inflación, diestros acróbatas de la política, ingeniosos, alegres, los italianos dan la impresión de personalizarlo —o sea humanizarlo— todo. Un guardia del metro, al ver a una joven turista que no sabe por dónde entrar, no le dice:
—Il biglietto, signorina.
No. Adopta el aire, la postura, los ojos seductores de un galán de ópera o teatro, y la invita:
—Vienni qui, dolce fianciulla.
La dulce doncella no entiende nada… Entiende, sí: entiende la cordialidad y quizá, un poco, la malicia sana. Las palabras dan lo mismo. Se ha establecido un breve vínculo, se ha roto la rutina, cada cual puede continuar en lo suyo. El guardia, fumando y discutiendo el fútbol, y la fianciulla visitando las ruinas del Foro.
Y en fin, si uno se cansa de tener que prever lo imprevisible y de no poder prever lo previsible, si quiere variar y “saber a qué atenerse”, la solución es facial: Suiza queda a un paso.
(Junio de 1982)